Ella Es Mi Promesa

Capítulo 4-2

Dejé que ella caminara delante de mí, absorto en el arte que era su presencia. Mientras avanzaba por el camino adoquinado, su figura se movía con la gracia de un baile que solo la vida podía componer. El sol del atardecer se colaba entre los edificios antiguos, bañándola en un resplandor dorado que destacaba la suavidad de su piel y el destello en sus ojos.

El viento jugueteaba con las hebras de su cabello, deslizándose como las notas de una melodía que solo yo podía escuchar. Dejé que mis ojos se deleitaran con cada detalle: la forma en que sus pasos se sincronizaban con la cadencia de la música callejera, el brillo de sus ojos ante la magia que envolvía el Viejo San Juan.

La ciudad, como un escenario mágico, se convertía en un socio de baile que respondía al ritmo de su movimiento. Las sombras danzaban con ella, creando una coreografía única que solo el amor y el atardecer podían conjurar. Cada rincón parecía iluminarse con la luz que ella irradiaba, como si el sol y la luna compitieran por resaltar su belleza.

Mientras la observaba, mi corazón bailaba al vaivén de su gracia. Cada paso que daba resonaba como una nota en la partitura de nuestra historia. Detrás de ella, me sumergía en el éxtasis de contemplar su esencia, y el mundo a nuestro alrededor se volvía un telón de fondo perfecto para este instante eterno.

En el fascinante baile entre las sombras y las luces, permití que mi amor por ella se expresara, como un suspiro tierno, en cada parpadeo del sol que, con melancolía, se despedía de nuestro pequeño rincón de complicidades. Ella, mi musa en este escenario de ensueño, continuaba su danza mientras la ciudad se sumía en una sinfonía de colores y emociones. En ese momento, San Juan se convirtió en un cómplice silencioso de mi admiración, guardando en sus callejones empedrados la imagen eterna de mi amada, iluminada por el resplandor mágico del atardecer.

Guiados por el vaivén de sus pasos, llegamos a la Plaza de Alma, un rincón encantador que irradiaba una atmósfera vibrante y tropical. En el centro de la plaza, una fuente de mármol lanzaba sus aguas al cielo, creando un suave murmullo que se mezclaba con el canto alegre de las palomas que revoloteaban alrededor.

—Este lugar es como un pedazo de paraíso en medio de la ciudad —comenté, mientras nos acercábamos a la fuente.

Ella asintió, observando las palomas que se posaban en la orilla de la fuente. Nos sentamos en uno de los bancos que rodeaban el área, y disfrutamos del espectáculo de colores y sonidos que la Plaza de Alma ofrecía.

A lo lejos, un puesto de café desprendía aromas tentadores que se mezclaban con las fragancias tropicales que flotaban en el aire. Las mesas, decoradas con detalles caribeños, estaban dispuestas de manera acogedora, invitando a la gente a sumergirse en la calidez del lugar. Seis mesas con sombrillas que jugueteaban con la brisa, creando sombras danzarinas sobre los manteles de colores vivos.

—¿Te gustaría un café? —le pregunté, señalando el puesto cercano.

Ella sonrió, y asentimos juntos. Nos dirigimos hacia el puesto, donde el aroma del café recién preparado nos envolvió. Mientras esperábamos, escuchamos la risa y las conversaciones animadas de las personas que compartían mesas lado a lado, creando una sinfonía bulliciosa y cálida.

Nos sentamos en una de las mesas, la más cercana a la fuente, y nuestras manos se encontraron en el centro de la mesa. Las palomas continuaban su danza, y el sol, ahora descendiendo hacia el horizonte, teñía el cielo con tonalidades anaranjadas y rosadas.

—Este lugar tiene algo mágico —comentó ella, observando a su alrededor con ojos llenos de admiración.

Asentí con una sonrisa, percibiendo cómo la energía animada de la plaza se mezclaba con la ternura de nuestro momento. Pronto, el café llegó, y entre risas compartidas y el delicado tintineo de las tazas, la Plaza de Alma cobró vida, convirtiéndose en el telón de fondo ideal para inmortalizar nuestro encuentro en esta ciudad repleta de historias y romance.

Mientras saboreaba con deleite el sorbo de café, mis ojos se perdían en la maravilla que era aquella plaza, un rincón oculto entre los abrazos de edificios centenarios. Cada trago era un encuentro íntimo con la calidez que acariciaba mis sentidos, dejando escapar el vapor que nublaba mis ojos y revelaba la presencia de una fuente al extremo de la plaza.

Mientras las palomas danzaban en el aire, guiadas por la risa de los niños que correteaban, el susurro del agua al caer llamó mi atención. Mis ojos se dirigieron hacia las cuatro estatuas, erguidas en un círculo de concreto, marcando los puntos cardinales. Allí, en ese instante mágico, la esencia de la plaza se volvía tangible, como si cada elemento conspirara para crear un rincón de serenidad en medio del bullicio de la ciudad.




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