Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 2 - Impresión

¿Qué tan atractiva tiene que ser una presencia para que nunca se deje de mirar directamente? ¿Qué tan brillante tiene que ser un color para impregnarse en lo más profundo de una pupila y ser capaz de cambiar el color de su iris? ¿Qué tanto puede soportar el ojo humano sin pestañear, para no perder ni un solo momento de alguna vida?

Apenas había entrado hace un minuto, y había capturado la vista de todo el mundo a su alrededor.

Megan era extraña. No extraña en el sentido incómodo, sino que extraña de un modo tan inigualable que era casi imposible aguantar las ganas inmarcesibles de mirarle todo el tiempo y curiosear en su apariencia los rasgos más profundos de su alma. Con las pulseras de cuero en sus muñecas que se mantenían firmes cuando levantaba sus manos a diferencia de los collares de hilo rojo y negro que se balanceaban en su cuello; el pequeñísimo tatuaje de un corazón sobre su clavícula; los tres anillos que tenía en su mano derecha y otros dos en la izquierda; los aretes en forma de astros que tambaleaban en sus orejas; sus ojos negros, bizcos y pequeños, bajo las cejas pobladas que eran, de vez en cuando, cubiertas por sus mechones totalmente morados... Ella era un imán de atracción inmediato. Incluso con el uniforme (de color negro, a diferencia de todos los cursos menores) y el buen porte de este, se veía totalmente diferente, completamente discordante.

Desde el momento en el que puso su pie izquierdo y su cuerpo delgado dentro del aula, nadie dejó de mirarla.

Catherine no podía desviar su vista y, ciertamente, no le gustaba eso. Odiaba no poder de mirar a una presencia, porque entonces significaba que aún tenía "eso" y ella no lo quería.

—Hola... Me llamo Megan, soy española... eh...

Aquellas fueron las únicas palabras que pronunció cuando fue, incómodamente obligada, a presentarse frente a todo el curso.

—¿Quién matricula a su hija en el último año...?—susurró Andre, detrás de Catherine.

No hubo respuesta.

Con Catherine, jamás había respuesta y Andre ya se había acostumbrado a ello.

El primer bloque del primer día se aproximó: Matemáticas. Sí, dos horas de Matemáticas, un lunes a primera hora.

Para fortuna de aquellos que no durmieron bien la noche anterior, el maestro solo hizo una inducción aburrida y una reflexión genérica y repetitiva sobre el respeto y la obediencia. En esa clase, Catherine tuvo el tiempo de dormir. Despertó por un pequeño quejido: era Megan, pidiendo que le devolvieran su arete.

En Artes, su vista se iba de vez en cuando, y logró divisar un delineado delgado por medio del rabillo de su ojo, que se topaba con sus propios anteojos negros.

En Literatura, se fijó en el diseño de todas sus joyas: eran estrellas.

Pasaba el recreo y su atención iba únicamente dirigida al color de los audífonos que se ponía en las orejas: negros y rosados.

Mientras transcurría Química, pudo observar el título del libro que leía: Akelarre, de Mario Mendoza.

A la hora de salir, notó que los caminos para dirigirse a sus casas eran totalmente diferentes.

—Eh, Catherine, ¿te acompaño? —preguntó Andre, cuando estaban caminando cerca, ya fuera de la escuela.

—¿A recoger a Azul?

—Sí.

— Está bien.

—Ella me cae bien.

—Tú le caes mal —exclamó Catherine, sin chistar.

—A tu hermana todo el mundo le cae mal.

—No lo sé, es una niña odiosa...

—Igual que tú.

—Ey, eso no es cierto.

—Claro que sí—. Andre exhaló fuertemente. El sol estaba ardiendo con fuerza esa tarde. — Pero bueno, cuéntame, ¿por qué la veías tanto?

—¿Ver? ¿A quién?

—A la nueva, Cathe, la de pelo morado.

—Ah, la española...

—Sí, la mirabas como si te disgustara.

Y Catherine calló, el sol picante tampoco ayudaba a refutar contra la teoría de Andre que, una vez imaginada, se mantendría firme.

Sí, la había visto múltiples veces, y no porque le disgustara.

—No... solo la estaba analizando.

—Ajá, "analizando" —Andre hizo comillas con sus dedos.

—No puedes decir que no es interesante.

—Es tu manera rara de decir que te cayó bien.

—O de decir que aún no decido —replicó, cortante.

Catherine apretó la correa de la mochila. Qué molesto era que alguien tan... llamativa hubiese aparecido así, de la nada. Como si el mundo la hubiera estado esperando y ella no pudiera dejar de observarle.

—¿Sabes...? —dijo Andre, mientras metía un chicle ácido a su boca.

—¿Qué?

—Creo que a toda tu familia le caigo mal...

—No los culpo. Eres irritante.

—Eso me ofendió.

—Esa era la idea.

Le sonrió de lado, como si expresara con esa sonrisa un pedazo de burla falsa. Pero ambas sabían, muy dentro de ellas, que eso era cierto, no era una falsedad.




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