Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 3 - Castigo

Aquel día, la silla que tenía el nombre de Andre grabada en la madera de la mesa de su pupitre estaba vacía. A decir verdad, cuando Catherine la vio sin ocupar no se sorprendió, ya que la chica solía hacer eso en la semana de introducción cada año. En ocasiones, ciertamente, la envidiaba, quisiera poder faltar a gusto algunos días, cosa que no saldría de sus fantasías.

A las once y media de la mañana, entró al salón de clases el maestro de historia y geografía José Faustino Prada, considerado por la mitad de bachillerato como un hombre injusto e inmoral ejerciendo su labor como profesor. Ciertamente, era del agrado de muy pocos y repudiado por muchos, quienes no se atrevían a interrumpirle debido a sus estrictas reglas y a su ánimo poco agradable. Sumado a esto, sabían que las interrupciones a su persona no darían fruto alguno, pues era hijo de la rectora y con su cabeza, sin un ápice de pelo, dejaba mucho a la imaginación frente a su mal genio y su falta de consecuencias directas.

—Nada de chistecitos esta vez. No me pagan lo suficiente como para soportar a un montón de adolescentes desordenados e indisciplinados. Iniciemos de una vez; observaremos lo que vamos a ver en el trimestre, ¿bien? Bueno...

La clase comenzó y, en menos de quince minutos, el ambiente se había tornado triste y aburrido. Catherine, sin un hilo de paciencia o energía, se durmió accidentalmente. La despertó un grito terrible.

—Eh, ¡Señorita Meyer!

—¡Perdón! -exclamó asustada, casi sobresaltada

—¿Mucho sueño da mi clase, acaso?

"Sí, la verdad es que sí", pensó, pero se limitó a decir:—No, no. Lo lamento.

—Ajá... Y supongo que nuestra nueva compañera opina lo mismo -añadió, dirigiéndole una mirada de desprecio a Megan justo cuando guardaba su teléfono.

—Solo estaba revisando algo rápido...

—No me quieran ver la cara de pendejo —cortó el maestro, con tono seco—. Ya saben cómo soy. Se salen del salón, por favor.

—¿Perdón? Yo no he hecho... —trató de exclamar Megan, cuando vio a Catherine levantarse y salir por la puerta en silencio.

—Su turno. No interrumpa la clase. No tengo paciencia con nadie, y debería saberlo. Ya es hora de que vaya aprendiendo ciertas reglas conmigo, señorita. Antes de irme, me deja su nombre firmado, para tenerla muy en cuenta... ¿Que acaso ustedes no saben lo importantes que son las primeras impresiones?

Y antes de que su cerebro estallara en miles de trozos, bajó la cabeza y, refunfuñando, al igual que su compañera, salió del aula.
Ingresaron a la coordinación formativa y se sentaron en el pequeño espacio destinado a estudiantes con mala reputación.
Firmaron una hoja de compromisos y, como si fuese una sentencia, quedaron obligadas a permanecer allí hasta el recreo.

Cuando el coordinador salió de la oficina, confiando ciegamente en que las jóvenes mantendrían su compostura y silencio en el sitio después de haber decomisado sus dispositivos móviles temporalmente, Catherine soltó un susurro mientras veía la ventana del sitio y consideraba el porqué y, sobre todo, ¿por qué con ella?

—Megan —susurró.

—¿Qué? —Le dijo bastante irritada.

Justo antes de que Catherine hablara, ya había notado que los mechones violetas de su compañera se tambaleaban en silencio sobre ella, observando un cuaderno y un lápiz que reposaban en su regazo.

—¿Qué haces? — preguntó con curiosidad.

—Solo escribo.

—¿Escribes?

—Poemas.

—¿Sobre?

—No te incumbe — Y cerró su cuaderno.

—¿Qué te pasa?

—Me pasa que estoy enojada. Me pasa que estamos castigadas por un maldito malentendido con un maldito profesor. Me pasa que estoy concentrada y quiero que haya silencio total, ¿vale?, ¿es mucho pedir?

—Te caigo mal, ¿verdad? —pronunció Catherine, como si suspirara desesperanza.

—No te conozco, es todo.

—Podríamos...

—Solo cállate —interrumpió—. Y sea lo que sea, no, no "podríamos" nada.

Catherine se calló. No sin antes fijar su vista en esa mano delgada que escribía poemas desordenados en una libreta vieja. Dos horas sin encontrar ningún hobby y sin ninguna charla fueron las que, incómodamente, pasó la muchacha observando a aquella española de ojos bizcos.




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