Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo. 4 - Raúl

Inspiraba un aire triste y acojonado. Siempre fue así —al menos, desde que el amor de su vida falleció—.

Era muy alto, como un habitante de alguna tierra lejana en donde la estatura es de un promedio de casi dos metros. Además, muy blanco. Parecía, a veces, un ser de luz o un ángel de la guarda que veía siempre hacia abajo con una determinación inconfundible.

A pesar de ello, lo que más brillaba en su cuerpo no era él mismo, sino las lágrimas pesadas que caían de vez en cuando de los dos luceros que iluminaban tanto su camino.

Así era Raúl: triste. No solo era triste, sino que también se enojaba fácilmente. Las lágrimas a veces le pesaban tanto que, sin darse cuenta, soltaba ese peso con gritos soeces; los vidrios de su casa retumbaban cuando él hablaba, y por ello prefería gozar del silencio.

Comía en silencio.

Bebía en silencio.

Se duchaba en silencio...

Su segundo nombre podría ser "silencio".

Preferían no hablarle. Optaban por ni mirarlo. Cualquier actitud, no pulcra, lo enojaba...

Así era Raúl.

Así era el padre de Catherine.

Estaba encerrado en un ciclo de trabajo abrumador, pues salía tempranísimo y terminaba al anochecer, pero una hora en transporte público hasta llegar a su casa lo abrumaba tanto que, instintivamente, llegaba a dormir o ver televisión. Pocas eran las veces (aunque valiosas si se menciona así) en las que podía intercambiar miradas, palabras y tiempo con sus dos hijas. Sin embargo, dichos momentos eran cortos, pues su depresión volvía a él en un santiamén y las dejaba solas, cosa que no era novedad.

El martes en el que Catherine fue castigada, Raúl fue llamado por el colegio para informarle la noticia. Esa tarde pidió permiso en su fábrica de muebles y enseres para salir con anticipación. Llegó justo antes de que el atardecer desapareciera por completo, azotando la puerta al entrar.

El mismo día, justo cuando Catherine entró a casa, se sentó a leer en su cama para recordar el escribir de Megan en la sala de castigo, en donde se quedó dormida...

Despertó por el azotar de una puerta que tanto reconocía.

Había olvidado lo pesadas que eran las manos de Raúl sobre el cuerpo de cualquier persona; sus golpes, secos y duros, hacían retumbar las entrañas de todo ser vivo; su mirada hecha añicos por la desesperanza y la furia... e incluso así, daba lástima en lugar de miedo.
Aquella noche, después de la golpiza, Catherine intentó dormir, mas no podía. El dolor en su cuerpo se lo impedía ¿Quién dormiría con el dolor de diez golpes en toda su espalda? Ni el más fuerte podría hacerlo y ella estaba segura de esto. Volteó hacia derecha e izquierda, arriba y abajo, y nada, absolutamente nada, sus ojos no descansaban, su mente seguía despierta y su cuerpo adolorido.

A las cinco de la mañana despertó, preparada para ir a la escuela, con solo una hora de sueño.

Catherine temblaba bajo la ducha fría que acariciaba lentamente los grandes moretones que presumían de su presencia en sus atléticas piernas.

Caminaba de forma coja al salir de la casa, sin comer un ápice de comida, y sin despedirse de papá.

—¿Estás bien? —preguntó Andre cuando vio a Catherine entrar al salón por la mañana con las piernas temblando.

—Sí, tranquila, es que hice un mal ejercicio ayer en casa y me duelen mucho las piernas. No pasa nada.

Andre confió, y volteó a su puesto para seguir jugando Triqui con su compañero.




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