Ya sabía lo que se venía.
Su padre estallaría de furia si no llegaba a tiempo, y sabía que no alcanzaría.
No obstante, llevada por la rebeldía que, de vez en cuando, añoraba, decidió faltar ese jueves a la escuela.
Salió a recorrer la ciudad y llegó al Parque de los Novios, siendo una de las pocas almas solitarias que caminaba en él un jueves por la mañana. Se sentó en una de las tantas bancas ya viejas que lo adornaban y sacó de su maleta un libro de tapa dura de color azul. Leyó durante cuarenta minutos y cuando sus párpados comenzaron a caer cansados bajo la luz cálida que el sol reflejaba en las hojas del ya envejecido libro, tomó agua de su botella y le dio otra vuelta al parque. Se compró un chocorramo para comer mientras caminaba y, volviendo, en TransMilenio, bebió un vasito de tinto que le ofreció una anciana al lado de una estación abarrotada.
Al ver su reloj, que apuntaba ya las dos de la tarde, atravesó el portal Tunal y echó a correr por la avenida Boyacá como una adolescente poseída por el miedo, pues recordó que debía recoger a su hermana del jardín de niños a las tres, y no le quedaba dinero para el taxi.
—¿Me olvidaste?
—No.
—Pensé que me habías olvidado.
—Pues, no.
—Es que no llegaste y... ¡Era la última niña de mi salón!
—Pero ya no.
—¡Catherine! Me olvidaste, ¿verdad?
—Ya te dije que no...
Su hermana pequeña hizo un mohín y se cruzó de brazos, indignada, exagerando sus gestos.
—Hermana... A veces siento que no me quieres —dijo Azul a Catherine, viéndola con ojos casi cristalizados.
Catherine, quien estaba exhausta, se detuvo a la mitad de la acera e hizo que Azul se sentara en el andén.
—Mírame a los ojos, Azul.
Ella, sin rechistar, lo hizo.
—No hay nada que ame en este mundo más que a ti.
Al llegar a casa, Azul se fue a dormir y Catherine al comedor, en donde estaba su padre esperando su regreso, junto al sonido de lo que ella sentía como un arma, el tic-tac del reloj que marcaba las tres y media de la tarde.
Al sentarse a su lado, bajó su rostro para no verle a los ojos y se dispuso a decirle un "hola" ambiguo, estando segura de que, si levantaba la mirada, vería sus ojos bañados en furia y tendría que tensar su cuerpo para no sentir sus gritos apuñalar su musculatura. Sin embargo, lo que gobernó en la mesa fue silencio; era uno tan incómodo que obligó a la muchacha a levantar la vista y ver a su padre a los ojos, para divisar así su ceño fruncido y sus labios apretados. Juraba que le daría una cachetada y explotaría frente a ella.
Con ese miedo en sus nervios, observó a Raúl levantarse de su silla y apretar su hombro, sermonear su impuntualidad en voz baja y después de haber clavado sus dedos en su cuerpo por varios segundos, plantó un golpe seco en sus costillas antes de soltarla y ella dejó escapar todo el aire que había contenido. Se retiró enfurecido del comedor, dejando a Catherine con un ardor indescriptible, pero, en lugar de estar en la parte superior de su brazo, este se hallaba en el hoyo más profundo de su pecho: la culpa y el llanto que se tragó justo en ese trozo de su alma que aún podía llamar "papá".
Prefirió subir a su escritorio y pasar horas en él sin haber almorzado mientras dibujaba garabatos en una libreta pequeña.
Al anochecer, su padre tocó su puerta y entró a su habitación sin decir palabra, plantando un beso en su mejilla sin mirarle a los ojos. —Lo siento —dijo, pero la frase no movió nada en la muchacha todavía acojonada. Se inclinó para darle un vaso de agua de panela con galletas y volver a la cocina, sin esperar ninguna respuesta.
Catherine permaneció inmóvil. La mejilla en la que Raúl había apoyado sus labios se calentó por un momento, pero se enfrió al mismo ritmo que la bebida olvidada sobre el escritorio. Dejó las galletas en su maleta y el vaso a medio beber en su escritorio, aun con ropa se acurrucó bajo su lecho y, con los ojos cerrados y una sonrisa casi real, susurró para sí:
—Está bien. Te perdono.
Pensando en ello, no dio buenas noches a nadie y solo se durmió.
En la mañana, mientras se vestía, vio en el espejo un hematoma en el lado derecho de sus costillas. La tocó apenas con la yema de los dedos; dolía menos de lo que pensaba. Se aplicó la crema ya casi gastada de su tocador y, sin más, la tapó con la camisa.