Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 6 - Hermanos

Azul era inquieta, berrinchuda, caprichosa y muy llorona; sin embargo, era la adoración de Catherine desde que ella nació. Primero la odió con toda su alma y luego simplemente aceptó su existencia. Después, no pudo hacer más que amarla completamente.

Gozaba de un cuerpo extremadamente alto para una niña de seis años, había aprendido a leer de forma lenta y le gustaba dibujar mamarrachos en un pequeño tablero que tenía pegado a la pared de su cuartito. Sus ojos eran azules, iguales en forma y tamaño a los de Catherine; su cabello era castaño claro, casi parecía rubio, cosa que contrastaba con su piel, que era oscura y opaca; además tenía pecas muy relucientes en sus pómulos, lo que hacía que su rostro de niña infantil fuese aún más tierno. Sonreía casi siempre y adoraba jugar a todas horas; por lo que llegaba cansadísima del jardín de niños y, después de hacer sus deberes, dormía hasta la mañana siguiente.

Era muy inteligente y solía salir a caminar o a correr con Catherine cuando esta le daba permiso (cosa que, de hecho, casi nunca pasaba). Aun así, entre las dos, no había la mejor relación fraternal.

Eran muy diferentes. Quizá demasiado.

Catherine era solitaria, seria, algo triste y de pocas veces sonreír; lo más probable, es que su comportamiento medianamente antipático haya sido causado por las exigencias de Raúl que, lejos de formarla como una adolescente que resalte entre la multitud, ella prefería bajar la vista y mantenerse desapercibida, como si todo girara alrededor de su presencia y no pudiese ni quisiese hacer algo por detenerlo... mientras que Azul tenía energía de sobra para vivir una vida de miles de colores y millones de emociones.

Ella era la que giraba alrededor de su hermana cuando no deseaba ver nada más reluciente que su supuesta presencia desapercibida y, a decir verdad, le gustaba ver los ojos agotados de la muchacha cuando lograba verla al rostro. Sin embargo, y por fortuna para Azul, no había nada más reluciente en la vida de la mayor que su plena y meliflua existencia.

Catherine no hallaba forma de entender cómo la amaba tanto, ¿ómo hacerlo, si es Azul la que le da vida a sus propias sonrisas? Es ella, pues, quien nunca se apaga y siempre permanece con alegría. Es ella quien, con sus labios delgados y sus dientes chuecos, ríe a montones y llena la pequeña casa de algo que suele escasear constantemente: ilusiones. Azul es la única que existe plenamente para Catherine. Azul es la única a la que puede amar realmente. Es ella quien le enseña a bailar y la obliga a activar su instinto maternal para calificar sus dibujos más horribles y llenos de decenas de combinaciones mal hechas con colores baratos.

No había manera de amarla más, si es que una dimensión de amor más grande existiera en el mundo, la cual sería inalcanzable incluso para ella e, incluso así, cada día encontraba una nueva forma de alcanzarla. No se podía imaginar una vida sin ella, sin su risa irritante cada día, o sus reproches infantiles cuando quería ver a su padre en momentos poco convenientes.

¿Qué sería de la muchacha sin la compañía de la niña, o sin su rutina diaria de velar por ella? Moriría; no, no solo moriría: desaparecería del universo entero si su hermana no existiera. Es que, ¿Era acaso posible? ¿Cómo poder vivir sin el único rastro que había dejado su madre antes de fallecer?

¿Podría ella fallecer también, dejando a su padre en completa soledad y tomando de la mano a su hermana y a la mujer que hacía seis años no veía en otro plano? Porque hay planos en donde ella no puede soportar no estar, en donde lo único que anhela es ser gobernada es el silencio y su propia mente...

Y quizá ese mismo anhelo la razón por la que Megan había optado por despertar temprano ese sábado, mientras su mundo seguía curso indiferente a las dos hermanas huérfanas de madre.

Usualmente, esos días todos se levantaban cerca del medio día y terminaban desayunando casi a la una de la tarde; así que Megan se despertaba tempranísimo para tener un espacio en soledad casi total y en silencio pleno.

Despertó a las siete y media de la mañana y se bañó con agua fría (los sábados no tenían agua caliente y aún no sabía el porqué), se puso la ropa más vieja y cómoda que tenía y comió una manzana del refrigerador. Se sentó en su cama (con cuidado de no mover la de abajo, pues era un camarote bastante inestable) y tomó el libro que no había podido leer esa semana, con el propósito de terminarlo esa mañana.

Sin éxito, dos horas después, tuvo una interrupción.

Pss... Megan... —escuchó susurrar bajo de ella.

—¿Qué quieres? —devolvió el susurro.

—¿Por qué estás despierta?

—¿Por qué estás despierta tú?

—Tuve una pesadilla...

—Pues vuelve a dormir.

—No puedo, hace frío y hay mucha luz...

—¡Ni creas que voy a apagarla! Estoy leyendo.

—¡Shhh! No hables fuerte, que despertarás a Owen.

—Solo vete a dormir de nuevo...

Nah...

—Entonces solo cállate y no me interrumpas.

—Vale...

Olivia, su hermana menor, tomó su teléfono y comenzó a hacer scroll en él durante las dos horas siguientes.

A las once y media de la mañana, despertó su madre y ella supo que era momento de iniciar el día definitivamente.

Un toc-toc sacó a Olivia de su concentración en su teléfono y la obligó a abrir la puerta.

—Bueno, arriba, que hay que comprar el desayuno... ¡Owen! Vamos, niño perezoso. —decía su madre desde la puerta.

Un quejido cansado se escuchó desde el otro lado de la habitación y Owen alzó los brazos para cubrirse los ojos: la luz del bombillo picaba en su cara y la claridad del sol por la ventana le resultaba demasiado contrastante.

—Ya voy...

—Allan ya está despierto, mucho antes que yo, y se ha puesto a tocar el piano. He tenido que pedirle que bajara un poco el volumen, no fuera a despertarse Christopher... pero nada, al final se ha despertado igual, con esa tos que tiene.




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