—Oye, he visto a la niña de pelo morado en tu salón, ¿es tu amiga?
—No Azul, no lo es. Solo se sienta junto a mí.
—Sí, pero parece tu amiga. Solo que no se ve tan mala como Andre.
—Andre no es mala.
—¡Lo es! ¿No has visto sus ojos...? Quizá por eso, papá no la quiere...
—Tú sabes que a papá no es que le caiga bien todo el mundo...
—Ay, ¡pero a ella la odia! Acéptalo -soltó con tono burlón mientras jugaba en la silla del comedor, preparándose para comer una porción de arroz con huevo.
—No voy a aceptarlo... —murmuró Catherine, sirviendo dos platos de comida.
—Después de lo del armario, la odia...
—Ya, bueno, sí la odia, un poquito.
Después de unos pocos minutos, Azul dijo:
—Deberías invitar amigas a casa.
—¿Qué...? -exclamó Catherine, a punto de atragantarse con una cucharada de arroz que no había alcanzado a digerir.
—¿Por qué no? A papá le gustaría... ¡Él me dice que debo hacer muchos amigos en el jardín! A ti también, obviii...
"Sí, sí. Supongamos que sí".
—Bueno, pero no le agradaría que alguna viniera a casa. Tú ya has dicho, él detesta a Andre.
—Sí, pero no a la niña nueva de pelo morado.
"No, no la detesta porque no la conoce".
—Déjame hablar con él más tarde...
—¡Vale!
Y hubo silencio el resto del almuerzo.
El resto del día pasó sin ruido. En la noche, con la luz del celular sobre la cara, Catherine escribió:
¿Te gustaría venir a mi casa el viernes?
Recibió respuesta al instante.
—No quiero decirle a mi mamá que escapé... —mencionó Megan, entrando a la casa de Catherine el día pactado.
—¿Te escapaste?
—Me escapé. Debería estar acompañando a mi hermano en su práctica.
—Y, ¿él no dice nada?
—No. Quizá se quede jugando Xbox en la calle sabiendo que no hay nadie quien lo supervise. Él no dirá nada.
—Yo... No podría mentirle a mi papá —mencionó Catherine cuando estaban ya a pocas puertas de su casa.
—Yo no suelo hacerlo. No me taches de mentirosa —dijo Megan, sonriendo.
—Pues, no lo hago...
Megan rio, para decir:
—Supongo que luego le diré a mi mamá que, no lo sé, se me atravesó una abuelita en el camino.
—Algunas veces eres un caso perdido...
—Lo sé, lo sé.
Y fingió una sonrisa.
¿Ser un caso perdido? ¿Sería maduro ofenderse por una broma? No, y no pensaba hacer nada indebido al lado de una joven que parecía tener un aire muy adulto.
Sin embargo, para retraer aquel sentimiento, se hundió en los recuerdos en los que esa frase era la protagonista, en Andalucía, España, junto a su padre, a quien casi no veía.
—¡Megan! -La llamó este con emoción.
—Hola, papá -dijo alegrándose por salir del avión a ese hombre alto, de tez clara.
—Por fin has llegado, ven, te ayudo con tu maleta.
No respondió, le dio su maleta y siguió su camino a la salida, pararon un taxi y fueron hasta la casa.
Su padre siempre había vivido en España. Tras el divorcio con la madre de Megan, su hogar fue una ciudad pequeña en Andalucía, al sur del país, y no podía evitar tener el acento andaluz pegado en el paladar. A Megan, sin importar en qué parte del planeta estuviese, le sucedía lo mismo, pero con el madrileño.
—¿Quieres ver a tus hermanas? — Le preguntaba Edward, su padre.
—¿Está Matilda?
Matilda era su madrastra. Era una mujer altísima y muy bonita, quien gozaba de un cuerpo voluptuoso y de una tez blanca llena de vida. A pesar de su sonrisa blanca y del semblante carismático que aparentaba, su principal característica definitivamente no era la alegría.
La última vez que Megan cruzó el océano para estar con su padre en alguna fecha importante, como lo fue la Navidad del año pasado, la mujer no permitía descanso alguno en la muchacha. Ahora que Megan tenía dos hermanas recién nacidas, se responsabilizaba de cuidarlas mientras Matilda observaba algún programa televisivo sin sentido. Era agotador, demasiado.
—Sí, está en casa—. Le respondió su padre.
Megan hizo un mohín y permaneció en silencio.
Al llegar, su madrastra la mal miró. Megan, tratando de ignorarla, se dirigió al cuarto en el que se establecía siempre que iba, acomodó su ropa y llamó a su madre. «Ya he llegado a España, estoy en casa de papá» le dijo, y colgó.
—Entonces... ¿Qué quieres hacer? —preguntó Catherine, mientras abría la puerta de su casa, atrayendo a Megan de sus recuerdos.
—Supongo que ver una película está bien.
—¿Ver una película? ¿En serio?, ¿es que acaso todas tus primeras salidas son al cine? —dijo sonriendo, como si supiera de qué hablaba.
—Entonces solo hablemos.
—Te enseñaré mi habitación...
Cuando entraron, fueron bienvenidas por un grito de júbilo que salió disparado de la cocina:
—¡Cathe! ¡Volviste! -gritó mientras corría.
—Ugh, me fui media hora...
—¿Y esa quién es? ¿Es tu amiga?
—No es mi amiga, solo está de visita.
—¡Yo no invitaría a una chica nueva a la casa si no fuera mi amiga!
—Qué bien que no soy tú...
Una hora después, estaban sentadas sobre la cama de Catherine riendo a alto volumen.
Y entonces Catherine vio sus dientes y se fijó en que los incisivos superiores estaban torcidos, a diferencia del resto de su dentadura perfecta. Le pareció sumamente tierno.
Cuando las dos se calmaron, el silencio gobernó la habitación, entonces Megan decidió preguntar:
—¿Tú eres colombiana?
—Claro que sí. Tú... aparentemente, no.
—No, ya lo había dicho, soy de Madrid, aunque los últimos años los pasé en Andalucía...
—¿Cómo es por allí?
—¿Madrid? Es muy grande, mucha gente, pero lindo. Me gustaba ir al parque del templo de Debod, es un monumento egipcio... allí se ve todo Madrid en un anochecer maravilloso. Andalucía, bueno, es lindo, pero no vi mucho... Linares era una ciudad pequeña, nada que ver con Madrid, ¿sabes?