Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 9 - Órbita

Ahora su madre era como Saturno.

Grande, esférica, extraña, ligera... y ahora, con un anillo.

—¡Megan, Megan!

—¿Sí, mamá...?

—¡Ay! ¡No hay nada que pueda arruinar este día!, ven, ve y compra una torta de queso y... ¡Y un pollo broaster!, cenaremos como es debido.

"Como es debido", ya era hora, a veces ni siquiera cenaban.

—¡Vamos a celebrar! Porque tu mamá se va a casar.

Y la puerta se cerró detrás de Megan, quien salió con un billete en la mano, llorando, porque su madre se casaría con el rubio olor a cigarro.

En otro sitio, había una chica que se ajustaba un bolso a su cintura.

En el camino, mientras extrañaba su bicicleta que hacía semanas Christopher había usado para generar un sistema de bombeo de agua, Megan se limpió las lágrimas y maldijo en susurros tan bajos que ni siquiera ella se llegó a escuchar; hasta llegar, de esa forma, al asadero más cercano y esperar veinte minutos por su pollo broaster.

Tiempo que aprovechó alguien para salir corriendo de su casa.

Finalmente, con una caja de icopor en la mano, que contenía un pollo entero, se aproximó a un supermercado y así comprar esa torta de queso, porque claro, hay familias raras y otras que cenan pollo con torta.

En el pasillo, junto a la nevera, se detuvo. Sus ojos bizcos se abrieron; y Catherine, quien se ejercitaba todos los sábados como era costumbre, se sintió observada por una presencia tímida que no logró localizar. Tomó una botella de agua. Con una gota de sudor escurriéndole por la frente y otra similar reluciendo en sus muslos cubiertos por un short rojo, salió del establecimiento después de pagar la bebida, como ya estaba acostumbrada.

En ese corto tiempo, Megan, quien se había quedado en shock por su presencia, no detuvo su mirar.

En el camino a casa, pensó sobre el color rojo que debió tomar su rostro pálido, el temblor de sus manos por la impresión o el quejido que hizo al encontrarse con la muchacha por sorpresa. Incluso, volvió a pensar en Saturno: un enorme planeta, con asteroides girando a su alrededor, siendo atraídos simultáneamente para formar un anillo.

Quizá Catherine era Saturno, y Megan el asteroide.

Después de correr, se cubrió la cintura con la chaqueta cortavientos que traía, para así evitar la mirada perversa de algunos hombres mayores.

—¿Cómo te fue? —preguntó su hermana.

—Bien, como siempre.

—¿No hubo nada raro?

—Hasta donde sé... no.

—¡Qué bueno! Odiaría si te pasara algo.

—Sí... bueno, voy a ducharme.

—¡Espera! — La detuvo la niña, antes de que la mayor fuese por su toalla. — ¿Algún día podré ir a correr contigo?

—Déjame pensar... no.

—¿Por queeeee? —refunfuñó.

—Porque no. Tú corres muy lento.

—¡Puedo ir en tu espalda!

—Ja. Ni de broma.

—Ay... está bien. — Dicho esto, se sentó en el puff junto al interruptor del baño

—Me voy a bañar, hablamos ahorita.

—Bueno...

Mientras Catherine caminaba hacia la puerta del baño, Azul mencionó:

—¿Sabías que papá le pegó a la tía por decir que mamá amaba los eclipses de luna?

Y Catherine quedó quieta, callada. Simulaba sonreír con incomodidad, dos segundos que le parecieron intensamente largos. Por un instante en su vida, solo hubo silencio: la respiración de su hermana, el ruido de los autos en la calle, el sonar del viento pasando; todo se había desvanecido, para dejarla únicamente a ella acompañada de Azul en un desasosiego. Catherine, dudando, le preguntó de vuelta:

—¿Qué...?

—Sí. Dijo que eso fue lo que la mató.

—¿Viste cuando la golpeó?

—Lo escuché cuando fuimos a su casa... luego nos fuimos.

Catherine se agachó a su mirada y la besó en la frente.

—Gracias por contármelo, le hablaré a mi papá.

Diciendo esto, entró al baño.

Esta vez, la ducha duró mucho más de lo normal. Realmente, no fue porque sus músculos estuvieran más entumecidos o porque el agua, casualmente, hubiese salido caliente; la verdad es que duró 15 minutos bajo el chorro, paralizada, recordando que su madre murió un mes después de ver el eclipse lunar de aquel año con Catherine.

Ella, de hecho, no era tan parecida a su madre, quien tenía el pelo ondulado y Catherine un poco lacio. Su nariz era sumamente fina y la de la chica era pequeña y redonda. Incluso su forma de caminar era distinta, la de Catherine era un tanto más tosca, su madre caminaba como si fuera una escultura esbelta.

En toda su fisionomía, lo que realmente compartían eran sus ojos: azules, amantes, con brillo en la pupila... y a veces, rojos.

A sus diez años, se había enamorado por primera vez.

Aún lo recordaba, lo sentía en sus vellos erizados cuando la ocasión volvía a su memoria. Su madre abrazándola con suavidad en la ventana, lejos de Raúl, mientras observaban con un amor melifluo el color carmín de la luna. El carmín del amor, de los labios de alguna mujer bella en cualquier rincón del mundo, las rosas que recién se abren para darle color a un jardín enorme, del fuego en la chimenea de alguna casa del norte de Bogotá, el color del cielo en el ocaso, de las frutas mejor vistas al ojo humano; el carmín del corazón que late cuando está enamorado.

Aquella noche, su madre embarazada de Azul tomaba sus manos heladas frente a la ventana. Raúl estaba furioso; consideraba que, estando embarazada, exponerse a un fenómeno astronómico sería una barbaridad. Sin embargo, ella hizo caso omiso y se fue con la pequeña de 10 años a observar al astro fundirse en fuego.

En el inicio de la madrugada inició la fase total y sus ojos le siguieron el ejemplo a la luna: se tiñeron de rojo.

Enamorada, se durmió en la ventana con el calor de la mujer sobre ella.

Un mes después de aquel suceso, había fallecido en el hospital por el complicado trabajo de parto de hacía algunas semanas. Desde ese instante, los ojos de Raúl se tiñeron de rojo, pero no el rojo del amor; el rojo de la sangre.




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