Catherine y Andre habían sido inseparables desde niñas. En cierta ocasión, incluso, cuando la de anteojos sabía que tenía prohibido traer amigas a la casa, decidió tener una tarde de películas a sus trece años dentro de su habitación; después de eso, Raúl quedó con la impresión manchada de Andre, quien, irónicamente, también estaba comenzando a mancharse en su rostro en dicha época.
Incumplía reglas por ella y salía de su zona de confort para sentir una amistad más amena: real. Andre, por su lado, era la de las ideas ostentosas: escaparse al parque más cercano. Ir al cine fingiendo tener más de dieciséis para ver películas de terror. Vender dulces en el colegio y crear una mafia secreta de tareas en tres cursos distintos. Algo más tranquilo, pero no menos propio de ella, era tardarse diez minutos más en llegar a casa para comprar un helado y comerlo sentadas en las escaleras del puente peatonal.
Cuando Andre comenzó a presentar síntomas de vitiligo, Catherine estuvo ahí; y cuando la madre de la muchacha falleció, fue Andre quien la acompañó en el proceso e incluso se ofreció a ir al funeral, sin éxito.
Catherine y Andre habían sido inseparables una vez.
—Podríamos ir al cine —dijo Andre, después de salir del colegio, con un entusiasmo que ya no lograba contagiarle a su amiga.
—Hoy no puedo. Recojo a mi hermana. Ya lo sabes.
—Bueno, ¿y la otra semana?
—Lo pensaré...
—¡Cathe...!
—Vale, vale. Está bien, te lo prometo. Trataré de escabullirme y salir contigo la próxima semana.
Y la muchacha, sonriendo, celebró.
Caminaron un largo rato hasta tener a Azul con ellas quien, lejos de disimular, sacó su lengua a Andre y tomó la mano de su hermana mayor en silencio. Mientras caminaban a su casa, Catherine escuchaba en silencio lo que Andre le decía, sin interrumpir ni aportar a la conversación. En un momento dado, se detuvo en seco y digo:
—Creo que hasta aquí me acompañas.
Ya estaban en la esquina de la cuadra.
—Sí, hasta aquí. Nos vemos mañana.
—Nos vemos mañana, Andre... Avísame cuando llegues a casa.
—Lo haré esta vez —prometió sonriendo, para después irse.
Y entonces la calle pareció demasiado grande y silenciosa, incluso para dos hermanas y un perro acostado en la otra acera.
—No me cae bien —murmuró Azul cuando ya estaba sentada en el comedor.
—¿Por qué?
—Porque es gorda y fea, y tiene manchas en la cara —murmuró, con el ápice de inocencia que le habían dejado esas palabras aprendidas de algún lugar.
—Primero... —suspiró —, se llaman máculas, no solo manchas. Y segundo, no seas irrespetuosa, ella es mi amiga.
—Ni le hablas, solo escuchas.
—A veces es más importante escuchar, niña.
—En fin, ¡es gorda y fea!
—Le diré a papá que te dé una lección de respeto...
Sirvió frente a la niña un plato con dos sandwiches de jamón y queso, y un yogur en vaso, recordando su promesa: salir la otra semana, escabullirse, ir con ella; no sabía si ahora, después de tanto, sea capaz de hacer una de esas tres cosas.
Como era habitual en ella últimamente, Andre olvidó decirle a Catherine que ya había llegado a casa y esta, más que preguntarle directamente, lo olvidó. En lugar de eso, puso música en su teléfono y comenzó a bailar en su cuarto mientras veía el anochecer por su ventana que daba al occidente de la ciudad.
Su hermana dormía plácidamente en su cama después de merendar y ella, quien esperaba la llegada de su papá a las siete de la noche, se sumía en su propio mundo. De repente, la música en su teléfono se detuvo: una llamada entrante.
Pensó que era su padre, pero fue grata la sorpresa al ver que la que llamaba, era Megan.
—Eh... ¿Hola?
—Catherine, hola, ¿cómo vas?
—Bueno, supongo que bien, ¿y tú?
—Bien, igual. Oye, de verdad me da mucha vergüenza decirte esto, pero... hoy no he entendido casi nada de filosofía y he visto que tú sí, tomaste apuntes toda la clase, no sé si me los puedas pasar más tarde...
—Ah, ¡claro! Yo te los paso de una vez si quieres —mencionó, dándose cuenta de que Megan acababa de confesar que la había estado observando.
—Ay, de verdad te agradezco...
—No hay de qué. Pero... ¿Por qué me llamaste? Pudiste escribirme y te haría el favor igual.
—Bueno... sería mentira si te digo que no lo consideré; sin embargo, creo que quería hablar con alguien, ¿sabes?, no tenía ganas de hacer mucho y bueno, tú eres la única persona con la que he hablado desde que llegué, ¿vale?
—Vale, te entiendo.
Durante los minutos siguientes, conversaron de banalidades: el clima, las clases, la ropa o de si alguna vez se pondrían en sus prendas algún lazo de color rosado como era tendencia; Megan respondió que sí, aunque no tenía, y Catherine negó, asumiendo que ella sí guardaba lazos de esos colores en la parte trasera de su armario.
—No pensé que tú...
—Lo traté de probar con Andre, ahí sigue el lazo, no me siento cómoda poniéndomelo en mi cuerpo... —Entonces, comenzó a escuchar un bullicio proveniente del auricular de Megan—, ¿por qué hay tanto ruido?, ja, ja.
—Ah, es mi hermano, está jugando fútbol dentro de casa con Olivia: la melliza.
—¿Son muy revoltosos?
—Es como tener a cinco "mini yos" corriendo por toda la casa, pero todos y cada uno de ellos tiene algún rasgo tan distinto al otro que me hacen creer que quizá no somos de la misma familia —bromeó mientras recordaba la discusión enorme que había tenido con su hermana la tarde anterior. "Si eres tan buena arreglando a las personas, inténtalo con Christopher", le había gritado después de que ella insistiera en sacar a Megan de su habitación.
—Dios, y yo no puedo ni con Azul...
Catherine calló, porque el bullicio proveniente del lado de la muchacha cesó espontáneamente. Entonces, se escuchó un crujido que no alcanzó a entender bien por la distorsión del sonido y, de repente, un grito vulgar.