—Mierda, tengo que colgar. Te escribo luego —dijo al borde del llanto para abandonar la llamada con Catherine.
Entonces se quedó callada, escuchando cómo la puerta del cuarto del fondo se abría. Soltó su teléfono y con cuidado se puso los zapatos ya bajando de su litera. Cuando el silencio en la casa fue tan inmenso, escuchó los pasos que se acercaban al jarrón hecho añicos al otro lado de su puerta. La pelota se detuvo, sus hermanos también. Con cautela, caminó hasta el borde de su puerta para ver la sala con Marck y Olivia paralizados, mientras la mayor lo tomaba del brazo con fuerza; desde ahí, alcanzaba a escuchar la respiración entrecortada de sus hermanos.
—Fue sin querer, te juro que fue sin querer... —decía el pequeño, mientras su hermana se agachaba para recoger los fragmentos de cerámica en el suelo.
—Cállate, solo cállate, no digas nada...— Escuchó Megan murmurar de su hermana, rogándole casi de rodillas a Marck que mantuviese ese silencio.
Silencio. Ese que se vería interrumpido en pocos segundos.
—¿Qué rompisteis? —susurró Christopher, cuando llegó al lado de ambos muchachos, con una voz casi calmada, casi.
Ninguno respondió, ni Olivia, que se cortó la piel del dedo pulgar con el filo de un pedazo, ni Marck que yacía estático ante la presencia de Christopher, ni Megan, quien se escondía detrás de su propia puerta para ver la discusión.
Se repetía a sí misma, en su mente, una oración católica en la que no creía, solo para sentir una falsa seguridad. Tomaba el pliegue de su camisa en el cuello y, tratando de no hacer ruido, respiraba con cautela.
—¿Se han quedado mudos? ¡Contesten, bola de inútiles!...
—Lo siento, lo siento —susurró Marck.
—Ha sido un accidente... —mencionó Olivia, cuando ya había recogido los pedazos en una bolsa y se disponía a incorporarse.
—¡Con vosotros siempre es un accidente!
El grito atravesó tan rápido a Olivia que, incluso antes de entender lo que Christopher quiso decir, su cuerpo se tensó y sus manos quedaron temblando, lo que ocasionó que esos pedazos que acababa de levantar volvieran a rendirse con la bolsa junto a sus zapatos.
—¡Perdón!
—¡Nada de perdón, niña! ¡Ni fuerza en las manos ni en los ojos tienes para al menos sostenerme la mirada... no vengas a pedirme perdón!
Y Marck, viendo los ojos de su padrastro estallados sobre su hermana, rompió a llorar.
Bajó la cabeza y, tomando algo de la valentía que tanto le hacía falta cuando Christopher estaba en el mismo plano que el chico, levantó su débil puño y lo golpeó para alejarlo de Olivia. El golpe no tuvo fuerza, fue más bien un empujón, pero fue lo suficientemente firme como para alejar su mirada de la chica con anteojos y plantarla en el muchacho bajito, que no pudo mirarle al rostro.
—¿Qué has hecho...? —susurró el hombre, quien retrocedió y se quitó la chaqueta.
De nuevo, silencio. El niño temblaba tanto que su garganta se había cerrado y sus lágrimas ya tocaban su mandíbula.
—¡¿Qué has hecho?! — Levantó la mano, tirando pequeñas gotas de saliva a la cara del chico con aquel grito.
Olivia, quien desesperada por la situación y por no saber si la prioridad era ella o la bolsa de lo que quedó del jarrón, se puso en medio de Christopher y Marck, siendo empujada hacia este último cuando el hombre mayor le soltó su mano con furia.
Ese fue el detonante para que Megan, asustada y con los ojos cristalizados, saliera de su habitación y se pusiera detrás de Marck, tratando inútilmente de igualar la altura de su padrastro.
—¡¿Y tú qué tratas de hacer?! —gritó, lo suficientemente alto como para dar miedo, pero igual de cansado, para dar lástima.
—Christopher, dejadlos...
—¿Qué harás si no lo hago? —musitó, bajando su rostro a su altura y respirando en su nariz.
Megan sintió cómo se le subía el miedo al cuello al percibir lo helado que estaba su aliento, ese que rozaba con su propio rostro. Trató de tomar su teléfono para llamar a su madre, pero lo dejó sobre su cama y ahora se sentía a kilómetros.
Olivia trató de tomar la mano de Marck, acción que el chico evadió al sentir que Christopher podía verlo de reojo y olería su miedo y el sudor en su mano.
A la sala llegó Allan, ajeno a la situación, pero entendiéndola al ver las lágrimas de su hermano ya cayendo en el suelo. Al no recibir respuesta de Megan y haber clavado sus ojos en las pupilas bizcas de la chica, Christopher dijo:
—Mh, eso creí. —Y sonrió burlonamente para alejarse de su rostro—. Recojan ese desastre.
Lo vieron tomar una cajetilla de cigarros y salir al portón, cerrando la puerta con fuerza cuando ya se encontraba afuera.
—¿Estáis bien? —preguntó Allan, haciéndose ver.
—Sí, no pasó nada —sollozó Marck, tratando de calmar su llorar y tomando la pelota en sus manos—. Será mejor que juguemos otro día, y afuera, y sin Christopher.
—¿Seguro que estás bien? —repitió su hermano.
—¡Que sí!
Cuando el ruido de la discusión cesó y se encontraban ya en sus habitaciones, invadidos únicamente por el ruido de los sollozos de Marck que aún no se tranquilizaba, Megan volvió a su litera. Quiso volver a llamar a Catherine, pero se sentía tan absurda. Prefirió escribirle a Cortés, pero en España ya era la una de la mañana y su respuesta tardaría horas en llegar; entonces fue a la cocina por algo de comer, pero solo quedaba medio banano con manchas blandas, uno que alguno de sus hermanos dejó. Prefirió servirse una taza de café, tomar dos sorbos cuando aún estaba caliente y, al escuchar la puerta abrirse, dejó el vaso sin terminar en la encimera y se fue sigilosamente hasta su habitación, para no volver a salir hasta que amaneciera el día siguiente.
Apenas el sol pegó con las tejas de lata, Christopher se despidió como si nada pasara. María, Owen y Allan, ajenos a la tensión, comían tranquilos mientras Marck miraba el plato sin apetito. Olivia y Megan intercambiaron miradas en silencio y volvieron a fijar su vista en el plato. La mesita en la que el jarrón se encontraba el día anterior seguía intacta, a excepción del manojo de llaves que reemplazaba la pieza que ahora estaba despedazada dentro de una bolsa, esperando a que alguien se apiade de ella y la dejara en la basura. Nadie habló del tema, ni siquiera cuando su madre preguntó por el jarrón antes de salir con María al jardín de infantes.