Así como esa noche, en España; en casa de Edward, su papá.
Pasaron dos días desde que había llegado a su cuarto y, algo que le fascinaba indudablemente de esa casa era su inmensidad, pues tenía un cuarto más grande que el suyo en Bogotá, pero solo para ella. El primer día ella fue quien se encargó de dormir a las gemelas en su coche, sonriendo en silencio cuando las bebés dormían profundamente. Edward, que hacía arroz mientras Megan estaba con sus hermanas, conversaba un poco con la muchacha para no sentirla tan distante.
Matilda, por el contrario, estaba afuera.
Cuando amaneció al día siguiente, deseaba ir a la casa de Anaís, en Cebreros, a cinco horas en auto... Se acercaba Navidad, así que quería ver a su mejor y única amiga por un tiempo antes de regresar a Colombia para celebrar las fiestas. Después de rogar durante más de dos horas y haber ayudado con la cocina, su padre aceptó.
Matilda, por el contrario, dijo que no.
Permaneció entonces en su cuarto, agazapada, hablando con la muchacha por teléfono toda la tarde, cuando llegó su padre y se sentó en la cama junto a ella a acompañarla en la conversación. Una hora después, colgó la llamada y, aun teniendo a Edward a su lado, comenzó a desplomarse en un llanto sutil, para no levantar sospecha alguna.
—¿Quieres ir?
—Sí.
—Para las próximas vacaciones tendré mi propio auto, ya verás. Y así Matilda nos diga que no, nos vamos a escondidas un día... ¡Qué va! Toda una semana.— Le había prometido, sin entender la razón de sus lágrimas.
Al anochecer, se plantó en la ventana y, de nuevo, llamó a Anaís.
—Linda, ¿no has podido convencer a tu madrastra?
—No quiero intentarlo —contestó, seca. —Dirá que no... es una perra. Ni siquiera es capaz de cuidar a las bebés.
—¿Y si tiene depresión postparto?
—Si la tiene, no me importa. No hará que me compadezca de ella. Es mala, es muy mala. Se ve en sus ojos, en la forma de caminar, en cómo come e incluso, en cómo me habla cuando comemos en la mesa. Siempre es un "yo a tu edad era mejor", ¿qué importa si lo fue...? Es mala. Es muy mala. Es una perra.
—Venga ya... baja la voz, que podría oírte.
A espaldas de Megan se alzó, por un instante, un frío que prefirió ignorar.
—Debe estar con las gemelas, no me escuchará... pero, si me escucha, ¡qué bueno!, para que sepa qué siento por su presencia tan asquerosa...
—Vale, Meg, te entiendo. Entonces, ¿no podrás venir?
—Lo más probable, es que no.
—Te extraño.
—Y yo a ti.
—No, Meg, en serio... te extraño. Ya sabes. Sabes a lo que me refiero.
—Pero...— Ella también extrañaba lo que eran antes del fin del verano, antes de viajar a Colombia. Antes de todo. Antes de Christopher.
—Si es necesario que yo me escabulla y tome un tren a Linares, lo haría. Pero te extraño —pronunció Anaís, consumada por la tristeza.
—Bueno, yo también tuve esa idea —resopló la muchacha.
—Claro, y encontrarnos a la mitad del camino.
—¡Obvio! —rio—. Y que ambas ventanas se crucen.
—No sería mala idea —musitó Anaís—. Y mandarte un abrazo.
—¿Solo un abrazo? Yo te mandaría un beso.
Entonces, hubo una pausa larga. Es decir: muy larga y llena de silencio.
—Eh, lo siento —suspiró Megan—. Lo siento, en serio.
—Tranquila, está bien.
—No, lo siento... Yo te escribo mañana.
—Claro, mañana.
—Hasta mañana... —murmuró y colgó.
Se dejó caer de nuevo en la repisa de la ventana mientras veía el cielo: totalmente oscuro. Así como estaba su habitación al voltear y verla sin un ápice de luz.
Oscuros también, los ojos de Matilda, quien escuchaba desde la puerta esa conversación, oyendo cómo la muchacha la ofendía para después lanzarle un beso a la chica al otro lado de la línea.
De la misma naturaleza sombría se encontraba la casa de Megan, en Bogotá, cuando llegó esa tarde y se había cortado la energía a causa de la tormenta.
Quería llorar, hundirse en su cama toda la tarde a soltar todo: Christopher, Catherine, la soledad de su salón de clases, la indiferencia que tenía ante ese nuevo espacio que tanto odiaba, hacia ella misma y su vida entera, colmada de sollozos. Pensó en raparse su cabello, dejarlo crecer y pintarlo de nuevo, para que no la vieran solo por sus defectos: sus ojos bizcos, su delgadez casi extrema, su familia rota igual que ella. Por un instante, incluso, consideró salir corriendo y escabullirse en un barco para llegar a España y ver a su papá, a sus hermanas y a Anaís; deseaba confesarle a todos lo mucho que los extrañaba, la cantidad de veces que aún aparecían en sus sueños, que aún no se podía acostumbrar al frío de Bogotá y a su clima impredecible. Pero entonces recordó que la primera razón por la que corrió hacia Catherine fue por Anaís, y ahora consideraba si debería entrar a su casa y ver a su padrastro: el segundo motivo por el que iba a llorar.
Sin opciones, abrió la puerta y se topó con los mellizos en el comedor, alumbrados por una vela en el centro, mientras todo permanecía en silencio.
—¿Qué pasó? —alcanzó a decir.
—Le ha caído un rayo al transformador, se fue la luz en todo el barrio... —gritó, a causa del ruido de la lluvia que poco hacía entender las palabras.
Ella, entendiendo, no preguntó más y se fue a su cuarto. Tenía suerte: si lloraba, nadie iba a escucharla.
Durmió con los ojos rojos, cansados de tanto lagrimear y, cuando despertó, su familia comía en silencio en el comedor aún oscuro, mientras ella yacía casi inmóvil en la litera. Sin querer comer, al menos, no por esa noche, tomó su teléfono y quiso escribirle a Anaís.
A su mente llegó el momento en el que Catherine mencionó ese nombre por primera vez:
—¿Quién es Anaís? —preguntó cierta ocasión, cuando estaban en las escaleras.
—Es una amiga, vive en Cebreros, cerca de Madrid.
—¿Tu mejor amiga?
—Mejor y única, creo yo. Es muy bonita conmigo, la extraño muchísimo.