Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 14 - Amigas

Entrando a la casa de Andre, Catherine cerró el paraguas y caminó por el pasillo sumamente cabizbaja.

—¿Todo está bien? —intrigó Andre.

—Sí, algo así. Eso creo.

—¿Confío en ti o saco mis propias conclusiones?

—Haz lo que quieras... —murmuró, sintiendo un arrepentimiento enorme al dejar a la muchacha sola bajo la tormenta.

Con lentitud, llegaron al escritorio después de comer un poco y, mientras Andre se sentaba frente al teclado para escribir el guion, Catherine se sentaba tras ella, totalmente dispersa.

Tecleó un instante para opacar el silencio que permaneció por los siguientes quince minutos, siendo interrumpido muy de vez en cuando por alguna pregunta de Andre hacia Catherine en cuestión del trabajo que hacían acompañado de algún suspiro de la muchacha de anteojos.

¿Así se siente la culpa?

¿Así se siente la maldad?

Que extraña forma de sentirse muerta.

¿Acaso así se siente bajar al infierno?, ¿olvidar las lágrimas ajenas?, ¿hundirse en la desesperación y voltear hacia el otro lado, dejando a un alma joven morir? «Necesito que me ayudes», le había dicho. «Por favor», había suplicado y ella, en la desesperanza y la confusión, solo dio la vuelta.

¿Así se siente morir y bajar al infierno?

—Catherine... —susurró Andre, con sumo nerviosismo—. No estás bien.

—No, no lo estoy... Tienes razón.

—¿Por qué? ¿Es por ella?

—Se podría decir que sí. Me siento... extraña.

—¿Querías ir con ella? —preguntó aun sin mirarle el rostro.

—Quería ayudarla, pero te prometí que estaría contigo hoy. No podía dejarte.

—Así como tampoco podías dejarla a ella.

—¿Qué querías que hiciera entonces?

—No me refiero a eso. Lo que digo es que entendería si te hubieras ido; aunque agradezco que estés conmigo, es cierto.

¿Realmente estaba agradecida?

—¿Crees que debí ir?

Andre, en un movimiento lento, giró su silla para encontrarse cara a cara con la chica que ahora trataba disimular su desesperanza.

—¿Te digo la verdad? Creo que deberías dejar... deberíamos dejar de fingir —espetó, apretando las manos e inundándose de recuerdos que ya no disfrutaba recordar.

Sí, así se debe sentir morir.

—¿De qué estás hablando?

—Tú sabes de qué estoy hablando, Catherine.

—No, no te entiendo.

—Sí, sí lo haces...

—Andre, yo en serio...—fue interrumpida por su amiga, minutos antes de salir de su casa con lentitud, intentando no llorar y, de la misma forma que Megan, confundiendo sus lágrimas con las gotas que inundaban la ciudad, así como su sollozo lo hacía con su interior.

Llegó a casa, sus piernas dolían, su corazón también.

—¿Estás bien? —preguntó una voz dentro de la casa. No era su hermana.

—Yo...— No podía hablar. Quería responder que sí, con la misma naturalidad que siempre la caracterizaba; le fue imposible.

—No estás bien, Catherine, no estás bien.

Se incorporó para ver las escaleras que apuntaban a su habitación, preparándose para subir los escalones contando sus pasos, sin darse cuenta.

Se topó con su padre.

—Lo siento, lo siento tanto... Puedo explicarlo, realmente puedo explicarlo—. La ansiedad era demasiada, los recuerdos le pesaban y, por un instante, quiso desaparecer. Quiso devolver el tiempo, decirle a Andre que la quería, que lo lamentaba profundamente; mencionarle que, como ella, nadie la había acompañado toda su vida. Era su primera y única amiga. Era. Lo dejó muy claro:

—Dejemos de fingir que nos importamos. Ya no me escribes, ya no te hablo. Ya no sé de tu vida, ya no te cuento la mía. Ya no me importas.

—Pero... —soltó, sintiendo como se le quebraba el pecho en pedazos.

—Tú más que nadie sabes que tengo razón.

Y la tenía.

—No puedo solo irme, no me puedes soltar así. No podemos —dijo Catherine, susurrando esa última palabra.

—No, es cierto. Tienes razón. Pero ya no puedo seguir fingiendo que te quiero.

—Pero yo te quiero.

—Yo también.

—Entonces, ¿de qué estás hablando? Acabas de decir que...

—Lo sé, Catherine, lo sé—. Y en su mirada entendió todo.

La quería y en magnitud. La quería, enormemente; tanto que podría vivir por ella. La quería: quería sus recuerdos, sus risas; quería volver a lo que eran. No, no. Deseaba profundamente volver a lo que eran.

Porque así ya no sentiría que se está muriendo.

—No puedo dejarte...

—Pero ya lo has hecho. Lo has hecho muchas veces y tú lo sabes.

Y lo sabía.

—Pero te quiero —susurró rogando, incluso sin esperanza de que dijera que "sí".

—Yo también, Cathe... pero no aquí. Te quiero, pero lejos.

La quería como un recuerdo, como una sombra, como una etapa. La quería como quería los recuerdos de su infancia, como quería los helados de sabores que le causaban choques anafilácticos. Como el cielo: hermoso, pero ajeno.

Lejos. La quería como quería a sus máculas en el rostro, como quería las estrellas que derriten cuerpos, así como su futuro incierto del cual tenía tanto miedo.

La quería enormemente, pero lejos. Ya no podía seguir fingiendo que podía tenerla a su lado todo el tiempo, o se convertiría en esas estrellas gigantes, y la quemaría por su gravedad.

Andre no podía seguir fingiendo, Catherine tampoco.

Entonces salió por la puerta, susurrando un "perdón" y besándole la mejilla, compartiendo un último abrazo, juntando sus corazones por última vez. Esta vez, no latieron en sintonía. Hacía mucho que sus corazones ya no latían en sintonía.

—Perdón —respondió la muchacha de máculas, aceptando su destino y el de la chica de anteojos frente a ella. No sabría cómo mirarla al día siguiente ni los que le siguieran, y solo una cosa tenía claro: ya no podía salvarla. Ya no podían salvarse.

No podían estar juntas solo por la nostalgia de algo que fue y ya no será nunca jamás.




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