Se refugió en su cama toda la noche, con ese insomnio que la había comenzado a acompañar de vez en cuando desde hacía algunos meses.
Como dormir se le hizo imposible, mantuvo sus ojos abiertos mientras escuchaba la llovizna nocturna que chocaba con el techo.
Llovió hasta que amaneció y la muchacha se cubrió con otra cobija; aun así, Catherine aún sentía frío.
Megan, por otro lado, salió de su casa con temor, pisó un charco hasta mojarse la media y se quejó en murmullos solo audibles para ella. La energía para caminar junto a la ciclovía hasta llegar al colegio se le agotaba de forma tan rápida, que decidió sentarse en el andén de una casa para descansar sus piernas; sin embargo, terminó corriendo quince minutos después porque se había quedado dormida, cabeceando sobre su propio cuerpo. Ese día Megan salió sin desayunar, sin maquillarse y solo despidiéndose de su mamá. No usó joyas, apenas y se puso sus pulseras; temía que reflejaran luz y Christopher la captara.
Como se volvió usual en el recreo, estaba sentada en las escaleras; esta vez masticaba un pan con queso mientras bebía un jugo de guayaba, observando a la vez sus zapatos: uno sumamente sucio por el charco que había pisado antes. Aún sentía sus dedos húmedos.
—Megan…—. Escuchó decir, saltando por la sorpresa. Era Catherine. La ignoró y siguió comiendo, esperando a que ella no insistiera; no lo hizo.
Se sentó a su lado, con algunos centímetros de distancia. Permaneció callada y su pierna izquierda comenzó a temblar por el nerviosismo y el profundo arrepentimiento. Deseaba sentir su mano de nuevo tomándole la muñeca y esta vez decirle que sí.
—Si piensas en, no lo sé, preguntarme cómo estoy o algo, ahórratelo. No necesito tu ayuda—espetó, y siguió comiendo.
—No estoy aquí por eso.
—¿Por qué más?
—Porque quiero pedirte perdón…—mencionó para, por fin, ver a Megan a los ojos.
—No juegues conmigo.— Hizo una pausa—. Ve con Andre y no finjas que te intereso.
—Andre y yo ya no…—. No dijo más y cerró sus labios.
—Entonces, ¿estás aquí porque ya no tienes amigas? Vaya… —señaló con sarcasmo.
—No, no, no digo eso.
—No quiero verte.
—Megan, escúchame… —. Y tocó su muñeca con suavidad, como si la estuviera reteniendo. Como si supiera que no podía dejarla huir. No a ella—. Necesito que me escuches.
La muchacha, sin poder huir, suspiró y terminó de masticar para escuchar a la de anteojos:
—Ayer en serio actué como una estúpida. Una completa estúpida y lo siento. Pero más allá de lamentar sentirme como una estúpida, lamento profundamente haber hecho que te sintieras como, quizá, lo hiciste: débil.
—No debí pedirte ayuda de esa forma, en primer lugar, fui muy impulsiva.
—No, no. Está bien.
—No está bien…
Y, llevada no solo por la curiosidad, sino por el arrepentimiento y la preocupación, le preguntó por primera vez:
—Y, ¿tú estás bien?
Quiso romperse, desmoronarse frente a ella, tomarla de la muñeca de nuevo y llorar desconsoladamente. Por un instante anheló hundirse en la tierra y jalarla consigo, no porque ya la quisiera, sino porque no había nadie. Solas, ellas estaban solas mutuamente y ninguna lo entendía.
Tras el silencio de la pelimorada, Catherine soltó un suspiro y una súplica, «por favor perdóname»
—No sé si pueda.
—¿Hay algo que deba hacer para que me perdones? —suscitó, cautelosa.
De nuevo, silencio.
—Si consideras que no hay nada, yo misma me iré y tú serás la que, si quiere, volverá a hablarme —aclaró moviendo sus anteojos.
Unos minutos después, sonó la campana que indicaba el final del recreo. Ninguna se movió y permanecieron en silencio.
—Megan, debemos volver.
—No quiero volver —musitó.
—Me matarán si no vuelvo.
—Pues que nos maten a ambas —resopló como lo había hecho ya, hacía algún tiempo.
«Pero…», pensó Catherine en contradecir su decisión tomada por la emoción más que por su cerebro, pero se rehusó a decir:
—Entonces tú misma tendrás que cavar mi tumba, porque no voy a permitir que vuelvas a sentirte muerta como lo hice ayer.
—Entonces lo hago, pero no quiero irme.
—¿Quieres hablar?
—Ya no vale la pena…
—Aún te ves triste.
—Si supieras lo que pasó, entenderías que es imposible no sentirme triste Catherine.
—Auch, eso dolió—resopló, risueña—. Entonces, ¿sí quieres hablar de lo que pasó o prefieres distraerte con otra cosa?
—Creo que prefiero distraerme por ahora.
—Entonces comienza tú, ya que tú eres la que hace más preguntas.
Casi refuta, pero en su lugar, esbozó una sonrisa por el lado de Catherine y la vio de reojo. Ya sabía lo que quería preguntar.
—Una sola pregunta, ¿por qué te gustan los eclipses de Luna?
Quiso revolcarse, confesarle que le recordaban a su mamá y que ya no podría abrazarla nunca jamás, pero hizo un mohín y se limitó a decir en su lugar:
—Porque vi uno cuando era pequeña y me gustó, ¿y tú?
—Me pasó algo similar. Pero no lo vi sola, lo hice con Olivia. Fue hace como seis años.
Hace seis años.
Catherine se preguntó si habría sido el mismo fenómeno el que ambas vieron al mismo tiempo y, de ser así, si ya había visto los ojos de Megan a través del rojo de la Luna. No dijo nada.
No dijo nada ni ese día ni los días siguientes, solo acompañó a la muchacha todavía acojonada. Al inicio sus labios siempre permanecieron cerrados, como si tuviera miedo de que le arrebatara su alma y de paso, su aliento si hablaba; pero después se dio cuenta de que todo estaba bien y no solo comenzó a abrir sus labios, sino que redujo cada vez más la distancia entre ellas dos. Al inicio, las separaban varios centímetros de distancia y antes de junio, se la pasaba junto a ella, rozando sus piernas en el suelo de las escaleras casi cada día y, como si pudiera, a cada minuto. Lo que no pudo hacer el día de la tormenta lo hizo desde esa charla en adelante: tomar entre sus brazos su descontento ser.