Cuando Megan cerró los ojos esa noche, conciliar el sueño después de dos horas se le hizo imposible, pues una presencia femenina invadió su habitación.
—Megan… —susurró Matilda, aquella noche de diciembre, despertando a la muchacha con un zarandeo de su cuerpo.
—¿Matilda…? —susurró con sumo sigilo.
—¿Realmente querías venir?
—Claro que sí. Ahora déjame dormir.
—Parecía que no querías venir… Parecía que querías estar con tu amiga.
Megan no respondió y volvió a cubrir su cuerpo con la cobija. El invierno le calaba los huesos.
—¿No vas a decir nada?— Le retó su madrastra, sentándose sobre su lecho. La chica se alejó y negó con la cabeza—. Bien, está bien.
La mujer, con fuerza, arrancó la almohada de la cama de Megan, tomándola entre sus brazos.
—¡¿Qué haces?!, ¡déjame dor…!
No logró terminar su palabra, porque la almohada que antes tenía tras su cabeza, obstaculizó sus vías respiratorias.
Trató de inflar su pecho, empujar a la mujer con sus manos, patearla en el abdomen y gritar; no pudo. Además de la asfixia que estaba recibiendo por la almohada, algo más obstaculizaba su movimiento: el miedo.
Quedó paralizada. Por su espalda paseó un rayo helado que inmovilizó su columna. Parecía querer llorar —de hecho, se escuchaba a sí misma pidiendo ayuda mientras sollozaba— pero no salía ninguna lágrima.
Sintió los segundos pasar de forma agónica, trató de contar en cuánto tiempo estaría muerta, sin embargo, llegó al minuto contado y olvidó los números. No gritó, no valía la pena. Sintió un cosquilleo en la planta de sus pies y este, lentamente, subió hasta hundirse en cada uno de sus poros. Con la vista petrificada en el terror total, cerró sus ojos y sintió morir. Poco a poco dejó de entender los sonidos y las imágenes que pasaban por su mente, calló sus pensamientos por primera vez en su vida entera y dejó hundir su cuerpo en el colchón como si quisiera volver a dormir. Lo haría, para siempre.
Súbitamente, escuchó un golpe, un llanto y seguido a este, un sinnúmero de palabras difusas que no alcanzó a identificar.
Cuando abrió los ojos estaba en el suelo, con la sien en las manos de su papá.
—¡¿No sabes lo que…?!
—¡Es mi hija! —gritó su padre.
—¡¿… es?! ¡Es un monstruo!
Edward se incorporó, quitando las manos de su sien y su cabeza cayó contra el suelo, perdiendo la conciencia de nuevo.
Negro. Todo se veía, repentinamente, oscuro. Pero no era una oscuridad similar a la que se siente cuando se cierran los párpados. Era, más bien, dada a la falta de visión total, como si jamás hubiera visto nada y solo escuchase el mundo a su alrededor.
Quería sentir su cuerpo, oír y entender las voces, mover su mano y cubrirse la boca mientras lloraba.
«No valdría la pena», pensó por un segundo para rendirse ante la inminente muerte que estaba a punto de abrazar su corazón. «No, no lo haría», repetía en su mente, ocultándole a su alma el ansia ignífuga de volver a la vida. «No me pude despedir de nadie», reflexionaba por un instante…
Entonces su pecho se infló, dejando abrir sus párpados y permitiéndole ver el mundo a su forma, de nuevo. Al sentir su piel, se percató de lo húmeda que estaba su cara y lo salado de sus mejillas: se encontraba llorando.
Volvió a la vida y lo primero que sintió fue un profundo desasosiego.
Matilda ya no estaba en la habitación y solo podía entender los sollozos de su papá y las gemelas que gritaban en alguna parte de la casa, sumidas en la confusión.
Matilda tampoco estaba en la sala, ni en su cuarto. Matilda se había ido. Ella desapareció en el momento en el que la conciencia de Megan lo hizo, con la diferencia de que la mujer no volvería nunca jamás.
—Perdón, perdón… —escuchó, cuando ya pudo entender algunas palabras. —Perdóname…
—No… — Trató de decir más palabras, pero se escurrieron entre sus labios.
—No hables, no hables, solo perdóname—repitió su padre.
—No te…
Le hacía falta el aire. Claro, obviamente le hacía falta, su madrastra estuvo a punto de asfixiarla hasta matarla. Luego se preguntó si la falta de luz había sentido hacía unos minutos pertenecía a la oscuridad característica de la parca.
—¿Cómo estás? —preguntó Edward, cuando la tomó de la mano al bajar del avión.
«Rogando que no esté Matilda»
—Bien, hace calor.
—¡Claro que hace calor! Tienes una cazadora puesta.
—En Bogotá hacía frío…
—¿Cómo no? Si el vuelo fue a las dos de la mañana, ¿tienes sueño?
Ella permaneció en silencio y asintió con la cabeza. Desde el accidente solo asentía, no podía hacer otra cosa.
Mientras caminaba hacia el estacionamiento, Megan envió un mensaje:
Acabo de salir del aeropuerto, Cathe.
—¿Recuerdas que te prometí algo la última vez?
«¿Además de no dejarme morir?». Asintió.
—Bueno, mira, es mía —mencionó su padre para señalar una camioneta de color rojo—. Cuando quieras podemos ir a Cebreros y visitar a Anaís. Por ahora, vamos a casa, debes dormir y tus hermanas han de estar muy hambrientas, ¡una ya dijo su primera palabra! Me ha llamado “dadá”.
—Papá, eso no cuenta como primera palabra.
—Son dos sílabas juntas, yo diría que sí.
—¿Cuál fue mi primera palabra? — Metió su equipaje en el baúl y se sentó en la camioneta.
—Bueno…
—¿Sí te acuerdas? — Su pregunta fue opacada por el ruido del motor encendido.
—¡Claro que lo recuerdo! Fue “mamá”.
—¿Mi primera palabra fue mamá?
—Sí, lo había grabado y todo. Pero tu mamá se llevó las tarjetas SD que compartíamos.
Las micro SD que había vendido Christopher hacía pocos años.
Qué bien que ya llegaste. Escribió Catherine recordando, mientras tecleaba el otro mensaje, la charla que habían tenido días atrás, en el parque, acostadas en el césped de Bogotá:
—¿Por qué quisiste invitarme a caminar?
—No era una mala idea.
—¿Solo por eso?