Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 12 - Lluvia

La temporada de lluvias no había dado tregua y llegaba con semanas de anticipación, aún no era abril y las calles estaban enlagunadas, acompañadas en las mañanas por peatones y ciclistas con sus ropas empapadas y, en las tardes, por un tumulto de gente tan grande que tratar de contar la cantidad de personas sería lo equivalente a caer en un absurdo.

Esa tarde, Catherine salía con Andre, cubiertas por un mismo paraguas y andando rápido, esta vez, sin helado.

—¿Viste que hay que hacer una dramatización para la próxima semana? —Había mencionado Andre el día anterior, para así pactar una reunión la tarde siguiente y ensayar dicha presentación.

Mientras caminaban acercándose al centro comercial para cubrirse de la lluvia mientras se calmaban las aguas, escucharon pasos rápidos tras ellas. El susto llegó primero que la razón al pensar que, quizá, era un hombre que deseaba abusar de las chicas o algún grupo de delincuentes deseosos de robarles sus pertenencias. Interesante fue la sorpresa, al ver que la persona que las perseguía no era ningún maleante, sino una muchacha bizca de pelo púrpura.

—¡Catherine! —espetó, llegando a su lado con prisa.

Las dos habían entablado ciertas conversaciones el mes anterior a las lluvias; medidas eran, pues, las ocasiones, en las que se separaban del resto de individuos de la institución y se sentaban en las escaleras del laboratorio a charlar o dibujar en la libreta, ahora llena, de Catherine. Quizá la razón, más que ser porque la muchacha seguía siendo la única persona con la que Megan había cruzado más de tres palabras en lo que llevaba del curso, era un tanto más profunda o, si se le puede llamar así, íntima. Aquel día en el que Megan observó los dibujos de la luna, en las mismas escaleras que las acompañarían las semanas siguientes, en lugar de guardar silencio, decidió hablarle a la chica directamente horas después.

Grata fue la sorpresa de Catherine al descubrir el gusto que compartía con la española, pero esos hombros que había levantado de la emoción habían descendido drásticamente al recordar ciertas palabras de su padre y el testimonio de su hermana. Ante tal confrontación de su mente y las palabras de su compañera, escapó de la conversación con prisa, no sin antes ser interceptada por la otra muchacha, inundada de curiosidad:

—¿Pasa algo?

—No hablemos de esto. No quiero hablarlo —dijo Catherine.

—Pues no lo hables, pero muéstrame. A mí también me aficiona, podemos...

—No, no podemos nada —mencionó, tal como lo había hecho Megan en su primer intento de conversación, para marcharse con rapidez.

Los días siguientes, Megan trató de acercarse sin éxito a la de anteojos, cantando victoria una vez que la había atrapado, como se volvería habitual, en las escaleras del laboratorio.

—A mi papá no le gustan. No solo les disgusta, los aborrece y no tendrá reparo en aborrecerme a mí si lo descubre...—Tomó un fuerte suspiro—. No quiero hablar de eso, no más.

—Pero... no tiene por qué descubrirlo. —Había mencionado una vez que entendía la magnitud del conflicto, más que familiar, sumamente personal—. Y no tienes por qué cohibirte.

—Me matará.

—Pues, que nos mate a ambas —cerró.

Y entonces, casi cada recreo, hora libre u oportunidad fuera del salón, la habían usado como excusa para escabullirse en esas escaleras defectuosas, para compartir un poco más que palabras. No eran amigas, aún no, pero ya sabían sus apellidos.

Faltaba una última cosa para poder nombrarse como algo más que simples conocidas, cuando ella, desesperada, bajo la lluvia, la tomó de la muñeca junto a Andre, confundida por su atrevimiento.

—Necesito que me ayudes. —Alzó su rostro, dejando ver sus mechones morados goteando sobre sus ojos, confundiendo así las gotas de lluvia en lágrimas y, el jadeo por el cansancio, en sollozo.

—¿Qué pasó? —preguntó, frunciendo el ceño por la confusión que ahora la gobernaba.

—No, no puedo decírtelo, no aquí. No puedo...

—¿Te han hecho algo?

—No, no. No. Solo te necesito, por favor... Tengo que hablar, no más. No más. —Sonaba agitada, hablaba con prisa, su mano temblaba y no por el frío de la tormenta.

Andre se quedó en pausa viendo a su amiga quien, aún estando tomada por la muñeca, la observaba con alguna clase menor de desdén y confusión que paralizó su habla.

—Por favor... —rogó Megan, otra vez.

Miró a Megan y giró para ver a Andre, quien permaneció inmóvil a su lado, alzando los hombros con una pizca de indiferencia. Era entendible: ella no había entablado ni una sola conversación con la chica. Se soltó del agarre de Megan, por primera vez le dio un abrazo y, en medio de este, susurró a su oído:

—Realmente, en este momento no puedo, Megan... pero llámame a las cinco, trataré de estar ahí. Si no estoy, igual tú escribes, ¿no? Pues escribe, desahógate, ya tienes mi libreta.

—¡Pero...!

—Lo siento —interrumpió—. En serio, lo siento, pero no puedo.

Soltó el abrazo, le dedicó una cálida y arrepentida sonrisa y, con lentitud, se dio la vuelta y siguió su camino con Andre.

Megan, quien permaneció inmóvil en el sitio, las observaba entrar al centro comercial bañado en lluvia, cuando sintió una punzada intensa en su sien. No fue un arma —aunque le hubiera encantado en ese instante—, era Christopher quien la apuñaló con una mirada a una calle de distancia, para abrir su paraguas con una sonrisa cínica y salir con lentitud de la vista de la muchacha.

Ahora, eran dos situaciones las que debía reflexionar sola; una estaba al otro lado del océano, pero la otra se encontraba a dos metros de su habitación esperando a que cayera la noche.




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