—No te lo he preguntado, pero, ¿hay algo que quieras hacer al salir del colegio? —susurró Megan con el teléfono en su oreja, sobre su cama mientras veía el atardecer por la ventana. Su papá había cambiado las cosas de sitio como si eso pudiera opacar el tormento entre esas sábanas.
—¿Te refieres a qué quiero estudiar? —preguntó enroscando el pelo tras su oreja.
—¡No! Me refiero a todo lo demás, ¿hay algo que siempre hayas querido hacer?
—Ahora que lo mencionas... sí —mencionó, con un hilo de voz. Apoyó sus codos sobre el colchón y se acomodó sus anteojos.
—Ajá, ¿qué es?
—¿Sabías que en marzo hay un eclipse total de Luna?
—¡¿HAY UN ECLIPSE DE LUNA EN MARZO?! —gritó saltando de su almohada, para sorprenderse con sus mechones morados dentro de su boca.
—Auch, mis oídos. —Ambas rieron—. Sí, lo hay. Quiero verlo, pero no aquí.
—¿Dónde? Yo también quiero verlo, ¿se verá en España?
—No muy bien.
—Entonces espero estar allí contigo para poder verlo.
—¿Conmigo? —Sostuvo sus anteojos.
—Sí, allí en Colombia contigo, ¿en qué mes dices que es?
—En marzo... quiero verlo en un desierto.
—¿Hay desiertos cerca de Bogotá?
—Muchos... he pensado en ahorrar y comprar una moto, escaparme de allí sin que mi papá sepa y volver en el amanecer.
—¿Sabes conducir moto?
—Hay muchas cosas que sé hacer.
—¡Catherine!
—Es cierto.
—¿Qué sabes hacer?
—Sé bailar, me gusta. Sé dibujar, pero eso ya lo sabes.
—¿Algo más sorprendente?
—¡Estoy segura de que tú no sabes bailar!
—Pero sé nadar muy bien y yo sé que tú no.
—Pero sé correr.
—Lo sé —susurró, recordando ese short rojo que se marcó en su pierna aquel sábado, cuando apenas la conocía.
La puerta de la habitación de Megan se abrió de un tirón; salió su papá con una corbata puesta. La muchacha pegó un grito y alejó el teléfono de su oreja.
—¿Quieres ver una película? Hice palomitas y las nenas por fin se han dormido —preguntó su papá, ajeno a la situación.
—Por Dios, me has dado un susto...
—¿Eso es un sí? —preguntó nuevamente con los ojos brillosos.
—¿Por qué la corbata?
—Porque es una cita.
—¡Papá! —Rodó sus ojos.
—¿No recuerdas las citas que teníamos antes de que te fueras? Íbamos con tus hermanos. Te gustaba. Eran eso, citas.
Ella resopló con una sonrisa, rendida.
—Era divertido cuando éramos niños; ahora tengo casi dieciocho años y, si la gente ve a un hombre canoso con corbata invitando a una muchacha a un centro comercial, va a creer que soy tu sugar baby.
—Y precisamente por eso no vamos a salir de casa, ¡vamos! Tú pondrás la película.
Ella suspiró, bajó los hombros y aceptó la invitación, no sin antes volver al teléfono y despedirse de Catherine.
—Dile a tu padre que es muy gracioso —mencionó.
—Ay, no escuchaste eso, ¿cierto?
—Dile también que no alce tanto la voz.
—¡Dios mío! Qué vergüenza.
—Entonces, ¿citas?
Sí, citas. Al parecer se convertiría en una aficionada a ellas. Tal vez ya era una experta.
—Sí. Sí. Ya déjame en paz. No preguntes...
—Sabes que nunca pregunto... pero, según escuché, tienes que bajar ya.
—Sí, sí. No podré escribirte más tarde, quizá cuando me vaya a dormir. Papá odia que use el teléfono.
—Bueno, pues, hasta pronto.
—Hasta la noche.
Dejó el teléfono conectado al cargador, se puso sus pantuflas con forma de Pikachu y salió de la habitación entrecerrando la puerta.
—¡Papá!, ya estoy. Veamos una de terror...
Terror fue el que atravesó cada sistema de su cuerpo hasta congelar las partes más internas de su físico. El frío le caló los huesos, el aire se tornó gélido y cristalizó la sangre caliente que corría en su interior. Quiso correr, escapar, arrancarse los ojos para no ver tal atentado a su dignidad y cobardía; pero Catherine lo había dicho muy bien cuando, hacía pocos segundos, aún estaba en llamada con ella: Megan no sabía correr.
—¡Sorpresa! —susurró su papá con una sonrisa tímida.
—Me... mentiste.
—¡No te mentí! Prácticamente es una cita.
—No es una cita.
—Sí lo es, pero no conmigo —aclaró Edward, abriendo más la puerta principal, esa que daba a la sala dentro de la casa y, afuera, en el pórtico, a la muchacha de cabello crespo y negro que aún no sabía decir palabra. —Pensé que querías ver a Anaís, así que mientras tú dormías y desempacabas...
—¿... cruzaste media España para traerla?
—La idea no fue mía.
El hombre le dio la bienvenida a la muchacha que ahora se encontraba frente a Megan, a solo metros de distancia. Como si las gemelas hubiesen sentido el frío, comenzaron a llorar. Lo extraño es que afuera todavía hacía calor y el sol apenas se ocultaba. Justo detrás de los rizos de Anaís, los haces de luz atravesaban su cabello, llegando a los ojos de Megan, quien no pudo hacer más que aguantar la pequeña lágrima que quería salir de su ojo derecho.
—¿Qué haces aquí? —susurró, asustada. "Pensé que querías ver a Anaís", había dicho su papá... y estaba tan, tan equivocado.
¿Cómo explicarle lo que había pasado el verano pasado? ¿Cómo explicarle que la muchacha que ahora dejaba atravesar la luz del sol y la brisa del anochecer por los poros de su piel morena había sido la misma que, hacía ya un año, soltaba sudor por los mismos poros mientras la besaba? ¿Podría él leer todo aquello en la quietud de su cabello? ¿Podría ella detener el inminente paro cardiaco que la atormentaría en unos segundos si la muchacha se acercaba más y congelaba sus arterias?
El verano anterior había sido ardiente; ahora, con ella dentro de su casa, solo sentía frío, mucho frío.
—Hola...
—¿Qué haces aquí? —repitió.
—Quiero hablar contigo.
—Yo no.
—Pero... te extraño.
—No me extrañas. Extrañas la idea de mí. Extrañas jugar conmigo detrás de la puerta de tu cuarto. Eso extrañas, pero no a mí —murmuró con el ceño fruncido mientras se acercaba a Anaís, clavando el dedo índice de su mano derecha en su corazón.