Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 18 - Impulso

—¡¿Que estuvo quién?!

—Está, ella aún está aquí... Está dormida en el otro cuarto, en un sofá cama improvisado. Papá planeaba que durmiera conmigo. Está loco —mencionó Megan a través del teléfono, refugiándose en sus sábanas.

—No escucho que lo estés pasando muy bien... —susurró Catherine, al otro lado de la línea, meciendo su silla.

—Y no lo estoy. Me siento terrible. Ella se dio cuenta de que lloré.

—¿Lloraste?

—Ugh. Sí, lloré. Pero no por ella, es decir, no por lo que pasó, ¡sino por la estupidez que estaba viendo! Eran lágrimas de furia, ¡y contra mí!, por acordarme todavía de la idiota.

—Claro, eso veo...

—¿No me crees?

—No digo eso. Solo que no sé toda la historia y...

—¡Y ni creas que te voy a contar esa historia de terror, eh!

—... y no te la voy a preguntar.
Hubo silencio. Megan alcanzó a oír los murmullos que Anaís se hacía para sí misma en el cuarto de al lado.

—Lo siento. Sigo a la defensiva. Es que... si esa idiota sigue aquí, va a volverme loca.

Así como le dijo cuando nadó en su piscina, una de tantas veces, el verano pasado:

—Me miras como si estuvieras loca por mí —dijo, reposando sus brazos en las piernas de Megan, quien estaba sentada a la orilla de la piscina.

—¿Qué dices? Eso es mentira.

—Tus ojos no dicen eso —mencionó, coqueta, mientras se hundía más en el agua.

—No puedes confiar en mis ojos. Puedo mirar a muchos lados al mismo tiempo —bromeó, extendiendo sus hombros hacia la piscina.

—¿Ah, no? —chistó Anaís, para jalarla de la muñeca y hacer que cayera en el agua de la piscina—. Entonces, ¿en qué parte de tu cuerpo puedo confiar? —susurró en su oído, acercándose mucho a Megan.

La falta de equilibrio de la de mechones morados la hizo trastabillar y humedecer sus ojos con cloro, obligándola a cerrarlos por completo. Escuchó la risa de Anaís en el proceso y luego, un chapoteo. Al abrir los ojos de nuevo, la muchacha ya no estaba.

"No me importa si alguien nos ve", le había dicho al oído justo antes de quitarse la camiseta para hundirse en la piscina, y ahora estaba fuera de ella porque su papá llegaba al salón.

Volvió a la línea. Catherine la llamaba por su nombre.
—No te escuchas nada bien.

—No lo estoy, estoy divagando—. Megan apretó el teléfono con fuerza y se acurrucó dentro de sus sábanas. Pasó su palma por su rostro, como si así pudiera tachar todo lo que fue antes de que el recuerdo le hiciera vomitar—. Es una estúpida... bueno, no. Pero no sé cómo se le ocurre venir aquí como si fuera a enamorarme de ella de nuevo. ¡Eso es tan tonto! —mencionó hablando con gran rapidez—. O sea, ¡¿a quién se le ocurre cruzar medio país para saber que le diré que no?! Quiero decir, yo podría atravesar todo el mar para salir de esta incómoda situación y volver a Bogotá y, no sé, estar de nuevo en las escaleras del laboratorio, ¡pero ella está desquiciada y no tiene sentido!

—Claro, no tiene sentido... —mencionó dejando escapar un minúsculo suspiro. Ella tenía razón, era totalmente falto de sentido y, aun así, en medio de esa total confusión, lo primero que pasaba por su mente aún enojada era volver a Bogotá y sentarse en su lugar seguro. No mencionó a Catherine, pero no había otra razón para sentarse en esos escalones.

—¡Es más! ¿Sabes qué deberíamos hacer? Debería escaparme y vivir en una cueva oscura hasta marzo del próximo año y ver el eclipse contigo.

—No es una mala idea, pero yo omitiría eso de la cueva. Podrías esconderte en otro lado, no sé, mi clóset.

—¿Has escondido a chicas en tu closet, Cathe? —bromeó y escuchó un resoplido corto de parte de la muchacha, quien se levantaba de la silla de su escritorio para posarse en la ventana de su habitación.

—¿Qué estás diciendo? Claro que no.

—Igual la propuesta se me hace algo tentadora... —bromeó de nuevo.

—Lo del eclipse sí, lo del clóset no, olvídalo. Escóndete en una cueva —escupió, seca.

—Ajá, ¿y luego cómo me voy contigo?

—No lo sé, pero podría ingeniarme algo —musitó viendo, a través de su ventana, una motocicleta. Del mismo tamaño de la que aprendió a manejar hacía pocos años.

—¿Y qué?, ¿se supone que confíe en ti?

—No, pero es mejor eso, a confiar en que Anaís va a retractarse y dejará de atormentarte todo el verano.

—Ay, no juegues conmigo así.

—Tú comenzaste —chistó. Sacándole una sonrisa y un suspiro a Megan.

Al atardecer del día siguiente, se encontraba tomando una lata de soda en el pórtico de la casa de su padre. La brisa del atardecer, apenas perceptible, movía tras sus orejas sus mechones de color púrpura. Terminó la bebida cuando vio la camioneta de su padre ingresar al garaje en completa soledad, sin ninguna intrusa en el asiento trasero.

—¿En serio te prestaste para eso? —preguntó con ironía, sin siquiera saludarlo cuando pasó por la puerta y arrojando la lata vacía a la silla que estaba tras ella.
Edward entró en silencio e invitó a la muchacha a cruzar.

—Se entrarán las polillas y se comerán tu ropa. Entra o yo mismo cerraré la puerta contigo fuera —amenazó y Megan obedeció cruzando el umbral.

La muchacha trató de ir a su habitación sin éxito, pues su padre la retuvo.

—No te irás. He traído pizza, vamos a cenar en paz y me dirás qué ha pasado.

—No quiero pizza, papá, gracias.

—No te pregunté —mencionó con una risa soberbia, obligando a Megan a rodear sus ojos y sentarse en el umbral después de encender la luz.

Cuando tenía el trozo de pizza en su mano, su padre quedó en sumo silencio analizándola con la mirada.

—¿Qué?, ¿tengo algo en la cara?

—Me encantaría decirte que no, pero se nota tu molestia entre esas cejas que tienes —dijo con la boca llena.

—Nada. No ha pasao' na' —mencionó arrastrando las palabras y alzando los hombros.

—¿Por qué la presión para que Anaís se fuera? ¿Es que acaso ya no son amigas?

—No, papá.




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