Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 20 - ¿Feliz?

Había pasado una semana sin reunirse ni contestar sus mensajes. Las escaleras del laboratorio pasaron a ser terrenos baldíos que añoraban el calor de una compañía femenina. La silla junto a Megan había quedado sumamente solitaria, pues la muchacha de anteojos no podía soportar los escalofríos que subían hasta su sien cada que estaba cerca de ella. Sus moretones dolían cada segundo en el que el púrpura habitaba su mente y las palabras de su padre indicando profundo desagrado frente a eso que ahora la caracterizaba, provocaban llantos internos... ¡No! Más bien era un diluvio; un diluvio de sangre y pesares que se expandía por todas sus arterias cuando pensaba en ella. Ya no podía mirarla porque no sería su padre el que la asesinaría: sería ella misma por el arrepentimiento tan profundo que hacía vibrar su corazón.

El insomnio se intensificó y, a pesar de todo, no podía sacar ese púrpura de su cabeza.

Cada noche pensaba en ello, sin falta:

—Porque eres... Como un eclipse. Solo tú me pareces fenomenal—. Había dicho aquella tarde bajo el sol de Bogotá. El aliento de Megan había rodeado su rostro y sus manos dejaron los hombros de Catherine, acomodándose más cerca de su cuello que de su espalda.

—¿Qué tratas de decir? —susurró, sintiéndose más cómoda; quizá demasiado. Sonrió esperando una sonrisa de parte de Catherine, pero no fue un gesto recíproco.

—No lo sé, digo... —Sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral hasta llegar a sus ojos, que se cristalizaron por el miedo de lo rápido que latía su corazón con esa chica sobre su regazo—. Yo... lo siento. Lo siento —mencionó para suspirar agotada y bajar su cabeza, esquivando la vista de Megan.

—¿Cathe? No te ves muy bien... —preguntó Megan, preocupada.

—No, no estoy bien.

—¿Qué pasa? Yo solo...

—Lo que pasa eres , tú pasas.

—¿... Qué estás diciendo? —murmuró Megan, bajando sus hombros ahora cansados y borrando la sonrisa de su rostro. La comodidad se había esfumado y solo quedaba en ella un sentimiento: incertidumbre.

Catherine suspiró nuevamente, pero de forma más tosca y, apartando los brazos de Megan de su propio cuerpo, ladeó su rostro y se levantó de manera apresurada.

—Lo siento, contigo no puedo. Lo... —musitó, mientras trataba de no desmayarse—. ... Siento. Lo siento, no puedo, no podré jamás.

Y llegaba a ese punto del recuerdo y siempre despertaba.

No se veía a sí misma corriendo de Megan, escapando del brillo del particular color de su cabello; esfumándose para no volver a verla jamás mientras sus lágrimas eran evaporadas por el sol ardiente que quemaba su rostro. No veía en ese sueño la mano de Megan que después rodeó su muñeca, como si estuviera rogándole a su cuerpo dos minutos más para procesar la falla cardiaca que presentaría en su corazón si ella se iba. Parecía ser que ese final sería el definitivo y ni siquiera podía tratarse de un sueño ni un recuerdo: era una pesadilla. Un horror que la atormentaba cada noche sin falta y esa no fue la excepción.

Cuatro de la mañana. Despertó por tercera vez tras soñar la misma escena y acabar en el mismo final. Ya no quiso volver a intentarlo, así que sujetó la libreta que estaba en su mesa de noche y, con la linterna de su teléfono, comenzó a dibujar astros redondos y paisajes de descomunales tamaños y hermosísimas proporciones. Cuando se aburrió media hora después, aprovechó el crujir de la puerta indicando que su papá ya había salido y quiso bailar, pero la energía que le quedaba gracias a esas pesadillas era diminuta.

Sin esperarlo, vio la luz de su pantalla encenderse y, cuando leyó el mensaje en ella, quedó pasmada.

—¿Qué haces aquí? —susurró cuando vio su espalda en la puerta, cubierta con una chaqueta gigantesca y con un paraguas empapado en el suelo.

—Quería venir.

—Te vas a congelar... —susurró nuevamente.

—Llevo por aquí un largo tiempo. Ya me acostumbré al frío —respondió tosca, sacando un cigarro y poniéndolo en su boca, encendiéndolo de paso. Catherine suspiró con fuerza de la sorpresa: Andre nunca fumaba.

—¿Qué haces?

—Quería venir... —Ahora fue ella la que susurró, sacando por su boca no solo el vapor por la diferencia de temperatura del aire, sino el humo oscuro del cigarrillo en su mano—. Quería verte. Quería hablarte.

Catherine se ajustó el cabello y se subió el pantalón de pijama, ocultando el frío y la incomodidad que le provocó ver a la muchacha que alguna vez fue su confidente frente a ella. Tragó saliva, considerando si debía dejarla entrar para resguardarse del frío o si la dejaba afuera, congelándose.

—¿Quieres algo caliente? —preguntó.

—No, así estoy bien.

Bueno, lo intenté.

—Andre, te vas a congelar...

Y ella arrojó el cigarro al suelo y lo aplastó con el pie, dejándolo a medio consumir; se bajó la capucha e ingresó a la casa.

—No te ves bien... —mencionó Catherine.

—¿Y tú? Claro. Te ves de perlas. Con esas ojeras más grandes que nunca —mencionó mientras dejaba el paraguas en el suelo.

—¿Qué? No hay tantas ojeras... —Sacudió la cabeza y desvió la mirada—. ¿Por qué viniste? En serio. No creo que haya sido solo para sermonearme.

—Tienes razón, no vine solo por eso —mencionó para recostar sus brazos en el espaldar de la silla del comedor—. No sabía dónde más ir.

—¿A las cinco de la mañana?

—Sí, a las cinco de la mañana —espetó y bajó la cabeza para suspirar—. Es solo que... te extraño. Quería hablar contigo.

—Sí, eso me dijiste en el chat. Lo que me sorprende es que ese “hablar” sea plantándote en mi puerta en la madrugada dejando el olor a cigarrillo por todo lado. ¿Sabes cómo voy a explicarle eso a mi papá?

—¿Qué importa tu papá en este momento?

«Tú más que nadie sabes por qué importa»

Volvió a suspirar y preguntó nuevamente:

—¿Qué haces aquí?

Después de sacar aire por su boca, Andre subió su mirada y corrió hacia Catherine, abrazándola por la cintura. No hubo palabra, solo la humedad de sus lágrimas, las que cayeron en sus hombros, echados hacia atrás y posteriormente en sus dedos, arqueados e inmóviles, queriendo abrazar a la chica. Como ya era costumbre, a Andre no le importó ser correspondida. No esperó ningún abrazo de vuelta, solo aferrarse a la muchacha a quien alguna vez le prometió su lealtad eterna.




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