Ella es un Eclipse Lunar

Capítulo 21 - Confesión

"¿Sería posible desaparecer solo por la cobardía y la desdicha? ¿Acaso sería capaz de acercarse a ella y cumplir lo que alguna vez prometió cuando la dejó por primera vez bajo la lluvia? ¿Realmente viviría por ella ahora que su corazón estaba en mil pedazos y su alma desmoronada a la mitad?" fue lo que comenzó a pensar después de despedirse de Andre en la puerta de su casa, no sin antes estar con ella hasta el anochecer e incluso dormirse en su regazo, llorando por su alma derrumbada.
Quería volver a hacerlo, hundirse bajo sus mantas y llorar toda la noche si pudiese. Deseaba vaciar el océano entero sin arrepentirse ni un solo instante; y Andre se había dado cuenta. ¿Acaso era tan obvio? Si ella podía percibirlo y suponer que la razón por la que sus lágrimas y su corazón bailaban a la par era ella, ¿quién más podría verlo? ¿Su padre...? No, no, no. Eso era imposible. De ser así, ya habría sido desterrada de su casa; ¡es más! Del país entero; ¡aún peor!, de todo el continente y, si Raúl pudiera, del planeta Tierra.
En el recreo del día siguiente continuó con ese pensamiento.
—¿Estás bien? —susurró Andre, recostada en la puerta del cubículo del baño a espaldas de Catherine, sorprendiéndola.
—Eh... no —dijo difícilmente.
Sin saber qué decir, la muchacha de máculas soltó un suspiro y le pasó una botella de agua a Catherine, junto a un pequeño folleto.
—Espero que todo te salga bien hoy, toma mucha agua —mencionó suave, sin mirarle a los ojos pero con una pequeña sonrisa.
—La botella, listo, ¿ese folleto qué? —preguntó ella.
—La próxima semana hay un evento nocturno. Sé que es dificilísimo que tú salgas a esas horas, pero... me gustaría verte allí. Yo actúo en tarima. Dentro del folleto hay una boleta doble, digo, si te place invitar a alguien.
—Mh, estás loca. ¿Y ahora actúas?
—Desde finales de abril, y no es actuación como tal. ¡Lee el folleto! —mencionó, jugando.
—¡Pero tú dijiste que...!
—¿Qué importa lo que dije? —rio—. Solo espero verte allí, y no sola.
—No te prometo nada de lo segundo... —Rodó los ojos.
Andre resopló y se fue, dejando a Catherine sola, quien solo guardó el folleto para leerlo después y bebió de la botella. Se miró al espejo y volvió a suspirar como lo hacía antes de la intervención de la muchacha.
El cuerpo delgado y los ojos bizcos de Megan volvieron a su imaginación cuando cerró los ojos y reprodujo la escena que Andre había incitado a imaginar: estar en un evento nocturno a su lado, olvidando que hoy se lamentaba por destrozarle el corazón. Se alcanzó a preguntar si sería capaz de ir al evento y mucho más con ella, porque el simple hecho de escabullirse por la noche provocaría que su papá la descubriese, ¿y si fuera con ella? La mataría... "Pues que nos maten a ambas", se imaginó a Megan decir.
¿Realmente sería capaz de morir por ella? Y si fuera así, ¿por qué lo permitiría? Si moría, el violeta se le escaparía de sus manos eternamente, sus sonrisas inocentes no volverían a iluminar sus ojos azules y las tardes sobre las escaleras pasarían a ser no solo un recuerdo: serían un sueño, una pesadilla.
Si ella moría de cualquier forma por su culpa, no se lo perdonaría. En lugar de sangre en sus venas, tendría lágrimas y su voz como un eco constante que la atormentaría después de que el encanto se le esfumara...
Entonces lo entendió, no podía seguir huyendo: No solo iba a vivir por ella, sino que iba a evitar su muerte en todos los sentidos. Iba a desearla, añorarla, apreciarla y jamás dejar escapar el olor a lavanda que siempre desprendía cuando se acostaba sobre su hombro.
Deseaba quererla como a nadie en el mundo había querido de esa forma: sin miedo.

⋆❀☾ ── ◐ ● ◑ ── ☽❀⋆

Dieron las dos de la tarde; el timbre que anunciaba la salida de los estudiantes de bachillerato dio lugar a la apertura de puertas del colegio, provocando una estampida en los estudiantes de último año, quienes salieron abrigados por la niebla que cubría todo el ambiente con sumo espesor.
Catherine permaneció quieta en la puerta, despidió a Andre con la mirada cuando la chocó accidentalmente y esperó encontrar a Megan, para al menos poder saber que aún la distinguía, incluso sin la mirada.
Ella, por el contrario, sabía que Catherine estaba esperándola en la puerta desde que la vio salir del salón.
Caminó los pocos metros faltantes hacia el portón, esperando que la niebla la hiciera invisible, pero no podía estar más equivocada: Catherine la pudo reconocer sin siquiera mirarla.
Pasó justo a su lado, sintió su olor a lavanda y pensó por un minuto que la había perdido. No soportó la culpa y se abalanzó hacia ella tomando su mano. Megan permaneció inmóvil y Catherine no dijo nada, pero sintió un escalofrío en su espalda. Volteó su rostro y vio sus ojos azules, analizó ese pequeño rayo de esperanza en ellos y entrelazó sus dedos.
Realmente, quería correr y evitar otra grieta en su corazón, pero el calor de su mano, tan ajeno al frío y a las nubes que rodeaban a todo el mundo, la hizo trastabillar en su decisión; volvió a entrar al colegio, tomada de su mano y en total silencio. Cuando llegaron al último salón del segundo sótano, cerraron la puerta para asegurarse de que nadie las viese y la pelimorada se separó de su agarre.
—¿Qué haces? —preguntó Megan, sumamente confundida.
—Yo... —suspiró y permaneció en silencio. Su garganta se cerró por el pánico y no pudo hacer otra cosa que abrazarle de la cintura con fuerza y hundir su cabeza en su cuello. Megan no correspondió y, en su lugar, se alejó confundida.
—No te entiendo —añadió, tosca.
—Perdón.
—¿Y crees que te voy a perdonar? —mencionó, alzó una ceja y cruzó sus brazos.
—Meg, escúchame.
—No sé si pueda; es que tú no puedes hacer lo que quieras y esperar a que el corazón de la gente siga intacto.
"Creo que no solo te rompí el corazón a ti", le había dicho a Andre la madrugada anterior y lo repitió un millón de veces en su cabeza, queriendo que fuera mentira; pero ahora era confirmado por Megan y ya no podía escapar.
—Pero, yo...
—Tienes una excusa para todo, ¿no?, primero "no ibas a poder con esto", ¿y ahora qué?
—Te quiero explicar todo, pero no puedo hacerlo si no me escuchas —dijo mientras tomaba sus manos.
—Bien —Alejó sus manos—. Te escucho.
Catherine se sentó en el suelo, dejó su maleta a un lado, esperando que Megan se sentara en el contrario. No lo hizo, pero se sentó con las piernas cruzadas frente a ella, distanciándose de Catherine solo por su maleta negra. Hubo un enorme silencio que Catherine rompió con:
—Lo siento.
—¿Todo ese tiempo solo para...?
—Déjame hablar —suspiró y volvió a retomar—. Lo siento, enormemente. No solo por lo que te hice, sino por ambas.
—¿A qué quieres llegar? —preguntó ahora, con más calma, bajando sus hombros.
—Que no sé qué había entre tú y yo, pero sea lo que sea, lo arruiné. Sea lo que sea, lo arruino constantemente. Cuando di mi primer beso, salí corriendo porque tenía miedo de que le contaran a mi papá que había besado a una mujer accidentalmente, así que me metí en el fondo del parque y comencé a correr durante mucho, mucho tiempo; y hasta ahora, no dejo de correr. Meg, tengo miedo. Tengo miedo de papá, del colegio, del mundo. Le temo a la opinión de la gente.
Catherine paró un instante, bajando la quijada y olvidándose por dos minutos del contacto visual.
—¿Entonces solo es eso? ¿Tienes miedo?
—No... —se detuvo—. Es que estoy cansada de tener miedo.
—¿Qué quieres entonces? —susurró con un tono de voz más dulce, sentándose a su lado, abriendo sus ojos y alzando sus cejas, viendo a la muchacha desmoronarse para hacer una confesión sencilla.
—Quiero vivir, ser libre, dejar de tener pesadillas y dormir en paz por primera vez en mucho tiempo... —Cuando se detuvo de nuevo, alzó su mirada y se acercó a Megan; quizá más de la cuenta—. Lo que quiero decir es...
—...Estás-estás muy cerca —musitó Megan en un hilo de voz, coloreando sus mejillas de un rojo intenso.
—¡Dios! Claro que lo estoy, ¿no lo entiendes? —exclamó a punto de soltar una lágrima.
—¡Es que me confundes!
—¿Quieres que sea clara? Bien. —La miró—. Me gustas.
Y Megan se tragó el aire que tenía en la boca.
—Me gusta cómo te ríes, cómo me miras. Me encanta tu pelo y esa forma de ser tuya que me trae loca —dijo, poniendo las manos en su cuello y arrinconándola junto a la pared—. Quiero verte todo el tiempo, quiero tu olor a lavanda tan maravilloso, quiero tu cabello greñudo y descuidado que a veces solo está lacio y bien peinado; tus lágrimas, también las quiero. Deseo... —Se detuvo un instante y vio su propio reflejo en las pupilas de la muchacha, brillando—. No, es que, te quiero toda. Todo de ti. Quiero leer tus cartas, dormir contigo, reírme a tu lado. Megan, ¿ahora sí lo entiendes?
—Es que yo... —Permaneció muda.
—No, es más, ¡corrijo! No, no me gustas —mencionó ella, temblando—. No solo me gustas, Megan. Yo...
Se olvidó del frío por un instante, se hundió en algo más que solo su imaginación y, sin ser un accidente ni algo de que arrepentirse después —aunque eso no lo sabía aún—, se acercó aún más a su rostro y esta vez, sin huir, la besó.
Calentó sus manos con el cálido ambiente tras sus orejas, cruzando por sus cabellos. Sintió su cuello más suave de lo que imaginó nunca, y pasó su dedo índice por el diminuto corazón que tenía tatuado en su clavícula para volver a su mentón y sostenerla con una fuerza más que física. Después sintió las manos congeladas de Megan acariciar sus orejas y pegó un brinco por sorpresa, abriendo los ojos.
—... Yo te quiero —murmuró y la volvió a besar.
Esta vez fue uno más lento, más necesitado de tiempo, de sabor. Se sintió como besar al aire: suave, en calma, frío y envolvente. Junto a la cintura de Megan acomodó cada una de sus rodillas y se sentó con delicadeza, cuidando no aplastarla. Lo que quizá no supo es que con ese beso recuperó lo estrujado que estaba su corazón. Sintió los dedos de la pelimorada pasear por cada uno de los vellos ahora erizados de sus brazos y cubrirse de las nubes que entraban por la ventana bajo la chaqueta de su uniforme, sujetando su cintura.
La niebla entró por la ventana y las abrazó, se detuvo en ese salón solo para contemplarlas; no atravesó la puerta ni el umbral junto al pasillo, quedó a su alrededor, como si deseara generarles la necesidad imprescindible de cubrirse en besos y envolverse la una a la otra con sus ropas.
—Te quiero. Te quiero aquí, conmigo —susurró en su oído cuando la abrazó con fuerza—. Ver el eclipse contigo; llorar, incluso, junto a ti. Te quiero, Megan Farré. Te quiero... Y esta vez no pienso salir corriendo.
Plantó un beso en su mejilla y abrió sus ojos, solo para ver los de la muchacha aún entrecerrados.
—Yo también te quiero —dijo y sonrió de oreja a oreja, para tomarla de la cintura y besarla nuevamente. Ahora era su turno.




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