Ella Quería Volar

23

El día de su cumpleaños número diecisiete todo estaba sucediendo como si Valérie fuese una de las mujeres más populares de la ciudad. Antes de las once de la mañana, tres ramos de rosas rojas habían sido enviados a su apartamento. Era una lástima que su madre estuviera en el trabajo; le habría fascinado compartir ese momento con ella. El primer ramo en llegar, de una docena de rosas, venía acompañado por una tarjeta color salmón en la que se podía leer <<Espero que tengas un lindo día, te quiero, y perdóname por lo que sucedió la noche de la fiesta>>. Estaba firmada por Pierre, del que no había vuelto a saber nada desde la noche en que habían cenado juntos. El segundo en llegar, de veinticuatro rosas que le parecieron hermosas, llevaba la siguiente leyenda en su tarjeta de color blanco: <<Fue muy lindo trabajar contigo. Espero que tengas un feliz cumpleaños. Pronto me comunicaré>>. La letra y la firma de Steve daban a entender que había tomado cursos de caligrafía, o que la tarjeta no había sido escrita por él. El tercer ramo, también de veinticuatro rosas, igual de llamativas a las del segundo, había sido enviado por Iván, el borracho de la casa azul. Fue con el que más se emocionó, aunque en su tarjeta solo estaban escritas las palabras <<Feliz Cumpleaños, Iván>>. Vino a su mente la idea de que tanto Steve como Iván habían quedado de comunicarse en días pasados, pero ninguno de los dos lo había hecho hasta ese momento. ¿De qué le servían unos ramos preciosos si hasta esa hora del día solo había sido felicitada por su mamá y su mejor amiga? Aunque Gail había prometido pasar al medio día para invitarla a almorzar, le hubiera gustado que alguno de sus supuestos pretendientes la hubiese llamado con la intención de invitarla a celebrar, así fuera de la manera más sencilla de todas. Pero el día apenas empezaba, y quedaban muchas horas antes de que pudiese desechar ese deseo. Se le ocurrió que lo mejor sería pensar de manera positiva, ya que, seguramente, al final del día estaría celebrando con alguno de ellos. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el timbre del teléfono. Se emocionó al pensar que Iván o Steve, o en el peor de los casos Pierre, la estaría llamando. Se apresuró a levantar la bocina del aparato, solo para descubrir que se trataba de su padre. El sonido no era muy claro, con miles de extraños ruidos atravesados en la débil comunicación.

–¡Hola, nena, me escapé del trabajo unos segundos para llamarte y desearte un feliz cumpleaños!

–¡Hola, papá! Gracias, pero no se escucha muy bien –dijo ella aumentando el volumen de su voz.

–Recuerda que estoy casi que en el medio de la selva suramericana…

–Lo sé papá…

–¿Y cómo vas a celebrar? –preguntó su padre en medio de los ruidos.

–Voy a almorzar con una amiga, Gail…, y más tarde supongo que algo sucederá.

–¿No vas a estar con tu madre?

–Está trabajando, alguien tiene que pagar la renta.

–Lo sé, lo sé… Trataré de enviar algún dinero la semana que viene.

–Siempre dices lo mismo, pero nunca llega nada…

–Esta vez es en serio, me han hecho un pequeño aumento de salario.

–Me parece bien. Escucha, el lunes empiezo mis cursos de aviación.

–Estoy muy emocionado con eso, ojalá cuando te gradúes puedas venir a verme.

–Me gustaría, pero debe ser muy costoso viajar a Suramérica.

–El día que sea yo te regalo el pasaje, será mi regalo de grado.

–Esperemos a ver qué pasa, pero sí me gustaría mucho verte.

–Es una promesa, solo déjamelo saber un par de semanas antes de que termines tus cursos.

–Lo haré, tenlo por seguro.

–Te tengo que dejar hija, pero recuerda que tu padre te quiere mucho… Y disfruta tu día, solo una vez se cumplen diez y siete años.

–Gracias papá, yo también te quiero mucho, y buena suerte en tu trabajo.

–Te mando besos –fue lo último que alcanzó a decir su padre antes de que la comunicación se cortara. Pensó que el día empezaba a mejorar, y por alguna razón que no entendía, le empezó a llamar la atención la idea de viajar a Suramérica. Nunca antes habían pasado por su mente esa clase de pensamientos. Viajar a tierras lejanas era supremamente costoso, y para una niña que no tenía ni para comprar el disco de su artista favorito, hablar de montarse en un avión para volar por más de ocho o nueve horas para visitar tierras lejanas estaba totalmente por fuera de la realidad. El día que fuera contratada por una aerolínea comercial podría darse los gustos de los cuales había sido privada hasta ese momento, pero para eso aún faltaba algún tiempo, mucho esfuerzo, y también algo de suerte.

–Ya quisiera yo recibir tres espectaculares ramos de rosas en el día de mi cumpleaños…

–Gail, hubiera preferido sentarme con Iván en una banca de cualquier parque mirando pasar las lanchas por el Río San Lorenzo –dijo Valérie arrugando los labios.

Las dos muchachas se encontraban almorzando en un pequeño restaurante especializado en comida de mar en la calle Notre–Dame. Valérie había ordenado una ensalada de langostinos mientras que su amiga había preferido el salmón.

–Pueda ser que todavía no le hayan dado de alta…

–O que la bruja de su madre se interponga –dijo Valérie instantes antes de tomar un sorbo de su jugo de fresa.




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