Valérie, después de probarse varias prendas en más de tres diferentes tiendas, escogió una blusa azul como regalo de cumpleaños de Gail. Había sido una tarde bastante divertida, y para el momento en que regresaron a casa, unos pocos minutos antes de las seis, las dos muchachas se encontraban bastante cansadas, pero aún con la energía suficiente para afrontar la pequeña celebración que France había preparado para su hija. Los ramos de rosas decoraban la sala del pequeño apartamento, y una deliciosa torta, con diez y siete velas de diferentes colores, adornaba el centro de la mesa del comedor. La mamá de la cumpleañera estaba acompañada por Úrsula, la vecina del primer piso, quien entregó a Valérie un paquete envuelto en papel de regalo. Se trataba de un lindo juego de collar y aretes que no hicieron más que complacerla. France completó el grupo de regalos con un par de gafas de sol.
–Piloto que se respete, debe proteger sus ojos con un buen par de gafas –fueron las palabras de su madre cuando Valérie destapó la caja gris en que estas venían empacadas. Eran un modelo moderno y femenino, y se podía notar que eran de excelente calidad. Recordó que a lo largo de su vida se había tenido que conformar con las cosas menos finas, de menor calidad, pero ahora, después de diez y siete años, finalmente lograba tener algo que se salía de lo barato, de lo asequible, de lo ordinario.
–¡Ya te empiezas a ver como una linda capitana! –fue el halago que vino de Úrsula cuando la cumpleañera se probó las gafas.
–Gracias señora Úrsula… Aunque sé que esto se va a convertir casi que, en una parte de mi ser, me siento como rara llevándolas puestas.
–Val, te ves a la moda, algo que sé que nunca te ha preocupado –intervino Gail.
–Debe ser por eso, pero están preciosas –dijo Valérie antes de darle un fuerte abrazo a su madre, el que fue interrumpido por el timbre de la puerta.
–¿Y ahora quién será? –se preguntó la cumpleañera poniendo las gafas de vuelta en su caja.
–¿No invitaste a nadie más? –preguntó France.
–Mamá, Gail es como mi única amiga…
–Bueno, si miramos todos estos ramos –dijo France con una sonrisa divertida mientras miraba a su alrededor–, no creo que eso sea verdad…
–Eso es diferente… –dijo Valérie sin poder disimular una sonrisa nerviosa.
–Si no abres ahora, el que esté en la puerta va a desistir en su intento de felicitarte… –dijo Gail al escuchar como el timbre volvía a sonar.
Tal y como lo decía su amiga, presentía que alguno de sus admiradores debía ser la persona que se encontraba al otro lado de la puerta. Era uno de esos momentos en los que la indecisión suele dar paso a la idea de lo que realmente se quiere. Pensaba que Pierre estaba descartado de su lista de preferencias, pero al tener que escoger entre Iván y Steve, sabía que se sentiría más cómoda con el borracho de la casa azul que con su antiguo jefe. Así mismo, estaba convencida de que su madre miraría con mejores ojos a un muchacho de diez y ocho años que a un hombre de treinta. Pero si se ponía a pensar en lo que esta prefería, sería darle crédito a la idea de que las madres debían tener influencia en las preferencias románticas de sus hijos, lo que precisamente no deseaba que sucediera con Iván y su entrometida progenitora. Steve podía ser una persona mayor, pero en los seis días en que había tenido la oportunidad de tratarlo, se había dado cuenta de que era una persona buena, con muchas cualidades, dueño de una apariencia que podría deslumbrar a cualquier mujer, y que le había dado la oportunidad de trabajar en un sitio en el que, en escasos días, había logrado reunir más dinero del que necesitaba para cumplir con su compromiso.
Recorrió los cinco pasos que la separaban de la puerta, tomó el pomo y giró de este lentamente, recordando lo que había pensado unas horas antes: decidirse por el que apareciera esa noche. Al abrir la puerta, se encontró con una imagen que no se hubiera esperado. No se trataba de su padre, o del señor de los correos, o de las lesbianas que la habían golpeado en la calle, y mucho menos del gordo que no la había dejado entrar al bar cuando buscaba un sitio para refugiarse. Se trataba de Steve, que, vestido de jeans y camiseta tipo polo de color rojo, lucía no solamente bastante atractivo, sino que ya no revelaba ser el hombre que, vistiendo su camisa y corbata de trabajo, revelaba no tener menos de treinta años. Ahora daba la impresión de no llegar ni a los veintisiete, de ser un muchacho con una apariencia juvenil y descomplicada, lo que de alguna forma explicaba su forma de proceder al no haber pensado en las consecuencias negativas que finalmente trajo la decisión de contratarla como mesera. En sus manos llevaba un paquete envuelto en papel de color rosado que no tardó en entregar a la cumpleañera después de que esta lo saludara con un pico en cada mejilla y lo invitara a pasar.
–¡Feliz cumpleaños! –alcanzó a decir Steve antes de que ella le agradeciera por el regalo y le presentara a las personas que la acompañaban.
Si pensaba que hasta ese momento le había agradado bastante, ahora se empezaba a convencer acerca de lo supremamente atractivo que podía llegar a ser. La forma amable, sencilla y simpática en que compartía con su madre, su vecina, y su mejor amiga, no hacían más que reafirmar sus atractivos. Lo hacía de manera natural y descomplicada, en donde se podía notar que estaba lejos de tratarse de un comportamiento de apariencias o de haber sido teatralmente preparado.