Se despertó al día siguiente sintiéndose una persona nueva. Todo era diferente, las cosas lucían más atractivas, el sol que penetraba a través de su ventana brillaba más que antes, su viejo escritorio parecía recién pintado y sus muñecos de peluche daban la impresión de acabar de salir de la tienda, mientras le sonreían desde las esquinas de la que, de un momento a otro, se había convertido en la cama más cómoda de todas. Fijó su mirada en el gato de peluche morado que Iván le había regalado la tarde anterior. Lo llamaron comandante, debido a la chaqueta negra y gorra de piloto que vestía. Fue después de su cuarto beso, cuando la tarde empezaba a caer, que se arrimaron al quiosco que vendía toda clase de muñecos y animales de peluche. Fue Iván el que lo vio primero, y sin esperar por la opinión de su linda novia, pagó la suma que el encargado del puesto le pidió. Valérie no podía estar más feliz, y después del quinto beso de la tarde, casi que obligó a su primer novio a que le aceptara la invitación a comerse un plato de poutine en uno de los puestos que rodeaban el malecón. Después de que Iván elogiara el inigualable sabor de las papas a la francesa con salsa de carne y queso fresco, obedeció a su angelita descalza cuando esta le dijo que era hora de regresar a casa, que la falsa historia de la pastilla para su muñeca fisurada, relatada a la hora del almuerzo, se convertía en algo cierto cuando finalizaba la tarde, y que un día tan espectacular y maravilloso no se podría arruinar si el dolor la empezaba a atacar. La había acompañado hasta la puerta de su apartamento, la despidió con un apasionado beso, y se marchó prometiendo que la llamaría al llegar a casa. No fue antes de media hora, estando sentada en la mesa del comedor contándole a su madre acerca de su maravilloso día, cuando recibió su llamada confirmándole que había llegado a casa y que le deseaba una feliz noche. No se había despedido sin antes confesarle que ya la estaba queriendo más de lo que Romeo había querido a Julieta, así él no supiera exactamente qué era lo que había sucedido en la famosa novela de Shakespeare.
Se levantó de la cama, tomó una refrescante ducha, y después de vestirse con un atractivo vestido veraniego de tonos lila que había heredado de una prima lejana que vivía en Vancouver, se dispuso a desayunar. Su madre tenía el turno de la tarde en el trabajo, por lo que se vio obligada a preparar su propio desayuno. Minutos después estaba en el teléfono, contándole a Gail todos lo sucedido durante la tarde anterior.
–¿Y qué vas a hacer con Pierre y Steve? –preguntó su mejor amiga cuando se enteró de todos los detalles.
–Ellos son muy especiales, muy lindos, pero no voy a dañar lo que estoy empezando con Iván.
–Creo que es lo mejor que puedes hacer, y te felicito, aunque no te voy a mentir. En el fondo quería que se te diera con alguno de los otros dos, y tú sabes porqué… –dijo Gail usando un tono que trataba de esconder cierto grado de decepción.
–Sí amiga, ya sé que Iván te fascinó, pero supongo que esta vez fui yo la que tuvo mejor suerte –dijo Valérie, recordando como Maurice, el último novio que Gail había tenido tuvo sus dudas acerca de cuál de las dos amigas le gustaba más, y terminó decidiéndose por Gail, dejándole la duda a la futura piloto sí en realidad le hubiera gustado tener algo con el único compañero que se salvaba de caer en el baúl de los ineptos.
–Si lo dices por lo que pasó con Maurice, tú sabes que a ti ni siquiera te gustaba.
–Era lo más decente que había en todo el colegio…
–Y en toda la ciudad… Pero no vamos a discutir por eso amiga, y en serio quiero que puedas disfrutar al máximo tu primer novio, hace mucho que te lo merecías.
La conversación telefónica fue interrumpida por el timbre de la puerta. Valérie se despidió de su amiga prometiendo que la llamaría más tarde, colgó el teléfono, y se paró del sofá a atender a la persona que ya timbraba por segunda vez.
–Andaba por el vecindario, y decidí pasar a saludarte y mirar si necesitas ayuda con el computador –al abrir la puerta, ante sus ojos se encontró con la figura de Pierre, con su espectacular corte de pelo, y una sonrisa casi que insuperable. Su pantalón verde oscuro y su camisa blanca lo hacían ver elegante pero informal al mismo tiempo, algo que no sería muy fácil de encontrar. A su cerebro no le faltaron más de tres milésimas de segundo para comparar las ropas que su atractivo amigo llevaba puestas con lo que ella vestía. Pero solo eran las once de la mañana y no se podría esperar que se encontrara en sus mejores galas. El viejo vestido que había heredado de su prima, sumado al hecho de que no llevar calzado alguno, no era la más adecuada vestimenta para salir a recibir a nadie, y mucho menos a alguien que le había empezado a gustar.
–El computador… –no había tenido tiempo para pensar en ese maravilloso regalo, más allá de considerarlo como algo que en cierta forma la comprometía a portarse de la mejor manera posible con el personaje que, alguna vez, la había obligado a correr como una loca por las calles del centro de la ciudad.
–¿Recuerdas? El regalo que te di el día de tu cumpleaños… –dijo Pierre tomándose la libertad de pasar su mano por un cabello rebelde que caía por encima de la frente de su amiga.
Pensó que no podría dejarlo parado en el umbral de la puerta, que, aunque menos de veinticuatro horas antes se había decido por Iván, Pierre había tenido los méritos suficientes para convertirse en un buen amigo, si es que eso era posible, o más que todo compatible, cuando se estaba saliendo formalmente con alguien, o por lo menos lo que ella consideraba como algo formal.