Ella Quería Volar

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Tendría que decir toda la verdad. Fue la conclusión a la que Valérie llegó cuando se miró al espejo del baño de su apartamento, y vio la imagen de una niña con el rostro un poco más colorado de lo que debería estar, y unos hombros que no se quedaban atrás en su intención de igualarlo. Se aplicó crema humectante mientras pensaba que aquel cambio en el tono de su piel sería lo primero en que Iván se fijaría. Podría decirle que había pasado el día tomando el sol en el jardín de su casa, mientras leía algún libro, pero lo último que quería era empezar una relación basada en las mentiras: Iván era un buen muchacho y no se merecía algo como eso. Sin embargo, no estaba segura de que su primer novio llegase a mirar con buenos ojos el hecho de que ella había pasado la mayor parte del día divirtiéndose con otro hombre. Pero ella había sido sincera con todos, no se había besado con nadie más, le había sido fiel, y a pesar de conocer poco sobre el tema de los noviazgos, pensó que Iván tendría que ser lo suficientemente civilizado para entenderlo. Salió del baño y miró su reloj de pulso. Las manecillas marcaban las siete de la noche. Su madre tenía el turno de la tarde en el trabajo, y no aparcería antes de las diez. El borracho de la casa azul no le había hablado de una hora exacta en la que podría aparecer, pero si tenía en cuenta que a las seis salía del trabajo, lo más seguro es que en escasos minutos estaría golpeando a su puerta. Pensó que lo mejor sería recibirlo con algo que le hiciera olvidar el hambre que podría traer. No era una experta cocinera, y la despensa de su apartamento, al igual que la nevera, no significaban precisamente el sinónimo de abundancia. Ella se conformaría con un sánduche de jamón y queso, pero sabía que los hombres tendían a comer más que las mujeres, o por lo menos eso era lo que su madre siempre le había dicho y lo que recordaba de cuando su padre aún vivía en casa. Llegó a la conclusión de que lo mejor sería ordenar una pizza; para esa clase de gastos era el dinero que se había ganado trabajando, y no habría nada mejor que gastárselo en compañía de su Iván. Sin embargo, esperaría hasta su llegada y pedirían la que fuese de su predilección. Pero el tiempo pasaba y su nuevo amor no llegaba. Agradeció el haber almorzado tarde, o de lo contrario no habría tenido la fuerza suficiente para esperar a que él apareciera. Se entretuvo practicando el vuelo del Cessna en el computador. Se le hacía sencillo despegar: solo tenía que encender el motor, quitar el freno, acelerar hasta la velocidad denominada V1, que en ese pequeño aparato era de alrededor de sesenta y cinco nudos o ciento diez kilómetros por hora, y oprimir el botón que hacía operar el timón de profundidad, logrando que el aparato despegara. Mantenerse en el aire tampoco le resultaba complicado, pero el problema se presentaba al tratar de aterrizar. Le era difícil encontrar la pista, y cuando la encontraba, era casi que imposible colocar al pequeño avión en la dirección correcta, la velocidad, y la altitud necesaria para lograr tocar tierra sin que se estrellara. Alcanzó a realizar varios vuelos cortos hasta que logró un aterrizaje decente. Miró su reloj, y se sorprendió al comprobar que había estado en el computador por más de una hora, y que siendo casi las nueve de la noche, Iván no había llamado a su puerta. Se puso de pie, salió de su habitación y se acercó a la ventana de la sala que daba hacia la calle. Empezaba a oscurecer, pero aparte de tres niños que jugaban con palos de hockey a unos pocos metros a la derecha de su ventana, no vio a nadie más. Sería totalmente imposible que nuevamente hubiese sido atropellado por un auto. Existía la posibilidad de que hubiese decidido pasar primero por su casa a tomar la cena, para después dirigirse a cumplir la cita. Pero también se detuvo en su mente la idea de que, a pesar de lo sucedido dos días antes, el borracho de la casa azul no estuviese tomando las cosas en serio, y que fuese únicamente ella la que se estuviese ilusionando. Si no aparecía esa noche, sería algo beneficioso para su cuerpo, dado que el cansancio del día de concierto, bajo el intenso sol de verano, se empezaba a mostrar con el paso de los minutos. Pero sería un dolor para su corazón, especialmente después de haber rechazado a dos atractivos y simpáticos pretendientes. Decidió desplazarse hacia la cocina con la idea de preparar algo para cenar. Empezaba a sentir hambre, y sería una tontería seguir esperando a alguien que probablemente había olvidado que ella existía. Pero el dolor que sintió en el dedo pequeño de su pie derecho, al golpearse contra una de las patas de la mesa de centro de la sala, superó al que había sentido cuando se fisuró la muñeca. Automáticamente las lágrimas rodaron por sus mejillas y solo se le ocurrió sentarse en la silla más próxima. Se quedó observando su dedito, pensando que no soportaría tener que llevar sobre su cuerpo dos yesos al mismo tiempo. Pero el dolor fue disminuyendo paulatinamente, y en vista de que no se presentaba ningún tipo de inflamación, concluyó que simplemente se trataba de un golpe en una parte del cuerpo con mayor sensibilidad, pero que afortunadamente no requeriría mayor atención. Se quedó sentada por un par de minutos más hasta que sintió que podría ponerse de pie y continuar con la idea que había tenido de prepararse algo de comer. Era poco lo que su mano izquierda podía colaborar en las labores culinarias. Afortunadamente no era de mayor dificultad armar un sánduche de jamón y queso, y servirse un poco de jugo. Se sentó a comer sintiendo como la tristeza la invadía. Le hubiese gustado cerrar el día con broche de oro, pero todo parecía indicar que eso sería imposible. Si Iván en realidad la quisiera, al menos habría llamado a explicar la razón de su incumplimiento. Pero era más que evidente que estaba muy lejos de llegar a ser la niña de sus ojos. Probablemente se trataba de un muchacho que solo quería divertirse, pasar un buen rato, sentirse orgulloso de poder conquistar una mujer más, y evitar a toda costa, tal y como lo habían hecho sus compañeros durante la secundaria, tener una relación seria y significativa. Sin embargo, la duda la asaltó cuando se paró a dejar los platos en la cocina: nunca se estaba exento de sufrir un accidente, o de tener alguna clase de contratiempo que no le hubiese permitido comunicarse con ella. Sería demasiada casualidad, tal y como lo había pensado unos minutos antes, que se hubiese visto envuelto, por segunda vez, en algún tipo de accidente. Después de meditarlo por algunos minutos, mientras se veía obligada a encender las luces del pequeño apartamento, decidió que lo mejor sería llamar a su casa e intentar averiguar por la razón de su incumplimiento. Nunca lo había llamado, pero afortunadamente se había preocupado en averiguar su número telefónico. Detestaría tener que hablar con su odiosa madre, pero se empezaba a dar cuenta de que le sería casi que imposible tratar de conciliar el sueño si no averiguaba qué era lo que había sucedido. Se acercó lentamente hasta el aparato, se sentó en la silla más próxima a este, y con la mano temblorosa marcó el número. Bastaron tres timbradas para que escuchara la voz del borracho de la casa azul al otro lado de la línea.




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