Ella Quería Volar

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Era su último día de vacaciones antes de empezar el curso de aviación. Después de tomar una ducha y de desayunar cereal con leche, y café negro con tostadas, se sentó en el sofá de la sala a revisar su horario de clases. La mayoría sería en las horas de la mañana, con la excepción de meteorología, la cual iría en las tardes de los lunes y los miércoles. Tendría la mayoría de las tardes libres, lo que le permitía conseguir un trabajo que se ajustara a su tiempo libre. Había hablado con Claire la noche anterior, pero esta le había dicho que necesitaba a alguien que al menos pudiera atender la boutique todas las tardes de la semana, con la excepción del domingo. El dinero conseguido en las pocas semanas en que había podido trabajar no le alcanzaría para más de un par de meses, teniendo en cuenta que tendría que coger el metro todos los días, además de costearse los almuerzos y hacer algunos otros gastos durante los fines de semana. Decidió que lo mejor sería regresar al centro de la ciudad y llenar nuevas solicitudes en las que especificaría los horarios en que estaba disponible. Así mismo, tendría que aclararle a cualquier futuro empleador que en un par de días le estarían quitando el yeso y que sus dos brazos estarían listos para realizar cualquier clase de trabajo.

A las diez y media de la mañana se encontró recorriendo las calles del centro. Era un típico día de verano, con un fuerte sol que se colaba por entre los altos edificios y alegres transeúntes vistiendo ropas apropiadas para la estación. Su blusa verde sin mangas, sumada a sus pantalones beige que le llegaban un par de centímetros abajo de la rodilla, más las sandalias blancas, le permitían escapar del calor que se empezaba a sentir. Recorrió varias calles fijándose en las vitrinas con anuncios pidiendo ayuda, y antes del medio día ya había logrado llenar cuatro solicitudes de sitios en los que tenían horarios flexibles. Ninguno de ellos era tan atractivo como la boutique o la pizzería, pero en vista de las limitaciones de tiempo, le quedaba imposible hacerse la exigente. Unos minutos después de las doce y media salió de una tienda de zapatos, y cuando menos se dio cuenta, se encontró de frente con la pizzería. Pensó que sería una buena oportunidad para averiguar por Steve, del que no había vuelto a saber nada desde el día del concierto de jazz. Sintió nuevamente la agradable frescura del aire acondicionado una vez se halló en el interior del lugar. Fue recibida por la sonrisa de una linda muchacha, la que Valérie pensó que muy seguramente sería su reemplazo. Claudette se encontraba atendiendo una de las mesas, pero Nadine no ahorró esfuerzos para saludarla con la actitud más propia de quien saluda a una vieja amiga que a la compañera de escasos seis días de trabajo.

–No me digas que has venido a almorzar a tu antiguo sitio de trabajo… –dijo Nadine después de su efusivo saludo.

–No me caería mal comer algo, pero la verdad es que los precios de aquí…, ya sabes, son algo elevados…

–Lo sé, lo sé, entonces supongo que andabas por el vecindario y decidiste pasar a saludar a tus amigas… Pero ¿cómo va tu brazo? –dijo Nadine observando el cabestrillo de su antigua compañera.

–Mejor, en un par de días me quitan el yeso… Pero sí, pasaba por aquí y quise saludarlas, y también quería averiguar por Steve, me siento mal por él, ya sabes que perdió su trabajo por mi culpa –dijo Valérie arrugando una mejilla.

–Sí, desafortunadamente así fue, pero te cuento que no he vuelto a saber nada de él. Lo despidieron el mismo día de la pelea, al otro día estuvo aquí recogiendo su cheque, y desde entonces no se ha dejado ver.

–Por casualidad, ¿tú no sabrías dónde ubicarlo? ¿No tendrías un teléfono o una dirección? –preguntó Valérie con una tímida sonrisa.

–Veo que te ha gustado –dijo Nadine adhiriendo una sonrisa maliciosa.

–Como te digo, me siento mal por lo que pasó, y quisiera hablar con él…

–Solo bromeaba, no tienes por qué darme explicaciones, pero la que te puede dar ese dato es Claudette, es ella con quien nuestro ex jefe se habla… Y te dejo, debo seguir ganándome lo de la renta –dijo Nadine antes de dirigirse a una de las mesas que solicitaban su atención.

Valérie avanzó hasta la barra, lugar en el que se encontraba Claudette llenando una jarra de cerveza negra.

–Hola Val, ¿cómo vas? –el saludo era amable, aunque la linda mesera no tenía la efusividad de su compañera.

–Bien, ¿y tú cómo vas?

–Podría estar mejor, pero esa muchacha nueva, la que te reemplazó, me tiene loca, no hace nada bien, y me toca andar detrás de ella controlando todo lo que hace –dijo Claudette sacudiendo la cabeza.

–Pero tiene unos lindos ojos –Valérie no quiso decir nada negativo acerca de alguien que no conocía.

–Bueno…, ya sabes que aquí nunca van a contratar a nadie que no pudiera participar en un reinado de belleza, pero podrían al menos fijarse en la clase de cerebro que llevan…

–Oye, me dice Nadine que tú tienes el teléfono de Steve, ¿crees que me lo podrías dar?, es que me siento muy mal con él y quisiera hablarle.

–Claro, pero hagamos una cosa, veámonos más tarde, por ahí a las tres, hoy salgo temprano de aquí. Me puedes invitar a un café, te paso su teléfono y de una vez te cuento algunas cosas que deberías saber.

Valérie entró a un pequeño lugar que ofrecía un cómodo precio por un combo de hamburguesas a la parrilla con papas a la francesa y refresco. Se sentó junto a la ventana después de ordenar su almuerzo, y se distrajo mirando la gente pasar. La intriga que sentía, debido a las palabras de Claudette, hizo que el tiempo transcurriera mucho más lento de lo que hubiera deseado. Tenía que ser algo importante desde que su antigua compañera se iba a tomar el tiempo de sentarse con ella un su tarde libre. Era consciente de que debería estar concentrada en el curso que iba a iniciar en menos de veinticuatro horas, pero la herida que llevaba por dentro no permitía que su mente se apartara de lo que ahora consideraba como su vida sentimental. Era algo nuevo para ella, que hasta el momento le dejaba un sabor agridulce. Se sintió en la cúspide cuando tuvo tres apuestos hombres cortejándola, pero escasos días después bajó a las proximidades del infierno al ver cómo todo se desbarataba. Al menos ya había dado su primer beso, pero una vez superado ese primer paso, tenía ganas de tener un noviazgo, de experimentar en carne propia la clase de experiencias que Gail y sus otras compañeras relataban durante los descansos de la secundaria. Iván seguía siendo su preferido, pero su carácter no había permitido que le explicara lo que había sucedido. Había preferido colgarle el teléfono sin esperar a escuchar la explicación de ella. Pensaba que era algo injusto, más si tenía en cuenta que había rechazado a Pierre y a Steve para ennoviarse con él. Reconocía que había cometido un error: en ese aspecto el borracho de la casa azul tenía razón. Hubiese podido informarle a Steve acerca de su noviazgo con Iván a través del teléfono, pero había preferido decírselo personalmente, sin sospechar que todo llevaría a sufrir la horrible consecuencia de verse rechazada. Ya no quedaba mucho por hacer en cuanto al que había conquistado su corazón desde el primer momento, pero sí podría hacer algo con respecto a una de sus segundas opciones. Al terminar su hamburguesa, tenía todavía una hora libre antes de encontrarse con Claudette. Salió del pequeño sitio y aprovechó para llenar un par de solicitudes más de trabajo. La primera fue en uno de aquellos almacenes que venden sus productos por un dólar, y la segunda, la que más le llamó la atención de todas las que había llenado en el día, fue en una tienda de alquiler de películas. La amistosa gerente le dijo que, si era contratada, podría llevar películas a casa por la décima parte del precio, con la condición de que las sacara en el momento del cierre de la tienda, y las regresara al siguiente día a la hora de apertura. Teniendo en cuenta sus horarios de clase, podría hacerlo los viernes y sábados en la noche, y empezar a disfrutar de algo que muy pocas veces había podido.




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