Ella Quería Volar

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Eran once sus compañeros de clase, la mayoría de ellos hombres. Para ese curso, solo cuatro mujeres habían decidido estudiar aviación al lado de ella, y desde el momento en que entró al salón de clases, se sintió observada por más de uno de ellos. Tres de sus compañeros eran personas mayores, por encima de los treinta, mientras que el resto, incluyendo las mujeres, no pasaban de los veinte años. La blusa blanca con pantalón negro que usualmente había utilizado para su trabajo en la pizzería, pero esta vez que llevó sus cómodas sandalias en lugar de los zapatos negros y cerrados que le exigían para servir comidas, fue la clase de vestuario que pensó, sería ideal para su primer día de clases. La jornada empezó con la clase de regulaciones aéreas y continuó con la de aerodinámica. Su concentración en la nueva información que recibía mantuvo su mente alejada de los problemas del corazón. Sentía que realmente estaba haciendo lo que quería, lo que siempre había anhelado, por lo que había luchado cuando en la secundaria trató de mantener un promedio alto en sus calificaciones, lo que finalmente le permitió ganarse la beca. Ahora eso era lo principal, lo más importante, y no podría desconcentrarse en su esfuerzo de convertirse en una piloto comercial por andar pensando en muchachos impulsivos. En los quince minutos de descanso, antes de seguir con su clase de motores, se tomó un café negro mientras cruzó algunas breves palabras con dos de sus nuevas compañeras. Parecían muchachas simpáticas, pero el tiempo no dio ni siquiera para averiguar sus nombres. Las dos últimas clases de la mañana, peso y balance y navegación aérea pasaron un poco más lentas que las primeras. Le parecieron bastante interesantes, pero el esfuerzo de la mañana empezaba a hacerse sentir. La hora de almuerzo sirvió para que lograra tener una conversación más amplia con las dos compañeras con las cuales había compartido durante el primer descanso. Marie Claude era una muchacha de su misma edad, de cabello rubio hasta los hombros, ojos claros y de rostro atractivo. Michelle era un par de años mayor, de piel trigueña, pelo oscuro y grandes ojos marrones. Pudo notar que Marie Claude era del tipo de muchachas coquetas, dispuestas a sonreírle a cada hombre que decidiera fijar su mirada en ella por más de un par de segundos. Michelle era más seria, y parecía totalmente decidida a estar volando un jet sobre el atlántico en el menor tiempo posible. Las otras dos mujeres del grupo parecían bastante ocupadas en sus propios asuntos, y con poco interés en relacionarse con sus compañeras. A Valérie le hubiese gustado tratar de entablar conversación con algunos de sus compañeros del sexo opuesto, pero la timidez que la había caracterizado durante sus épocas de colegio seguía haciendo parte de su personalidad. Un plato de poutine con refresco, en la cafetería de Sunrise, sirvieron para calmar el hambre y regresar al salón en que sería dictada la clase de meteorología. Le pareció de las más interesantes, teniendo en cuenta que era una muchacha que siempre había amado la naturaleza, pero que gracias al permanente déficit monetario en que había crecido, no había tenido mucha oportunidad de disfrutarla. Al final del día, y antes de que se encaminara hacia la estación del metro, fue testigo de cómo Marie Claude conversaba alegremente con uno de sus compañeros más atractivos. Sintió envidia de ella, le hubiera gustado ser igual de desinhibida, igual de decidida a entablar nuevas conversaciones. Pero era consciente de que su corta experiencia con sus tres pretendientes era poco lo que la habían ayudado a lograrlo, y que aún estaba muy lejos de convertirse en una persona lejanamente parecida a su atractiva compañera.

El reloj marcó las cuatro de la tarde en el momento que entró a casa. Se deshizo de sus sandalias, fue hasta la cocina, se sirvió un vaso de té frio y fue hasta su habitación con la idea de aprender a volar el Jumbo 747. Se sentó frente a la pantalla del computador, encendió el aparato, y segundos después empezaron a pasar por su cabeza los conocimientos adquiridos durante su primer día de clases. Quiso ser práctica, y trató de imaginarse lo que sería aplicarlos a la operación del gigantesco avión. Aunque en realidad era muy poco lo que aún sabía, y que el simulador no requería que estos fuesen aplicados para su operación, el repaso mental tuvo el mismo efecto que si se hubiera sentado en la mesa del comedor a repasar sus apuntes del día, tal y como lo había hecho en sus años en la secundaria. Le hubiera gustado tener a Pierre al lado suyo mostrándole la manera más práctica y sencilla de lidiar con el nuevo modelo, pero su amigo andaba bastante ocupado preparando su viaje al que sería su nuevo hogar, así que por ahora tendría que valerse de la experiencia adquirida con las aeronaves más pequeñas y tratarla de aplicar a lo que algunos llamaban <<La Reina de los Cielos>>. Una hora y treinta minutos más tarde, al mismo tiempo que sentía la manera como el calor invadía su habitación, a pesar de tener su ventana abierta, supo que estaba empezando a conocer las características más importantes del enorme avión, así como la clase de aeropuertos en los que podía operar, en las pistas que podía aterrizar, la VR o la velocidad que debía adquirir antes de despegar, y las teclas que debía oprimir para manipular los diferentes controles. Decidió tomar un descanso y servirse un poco más de refresco, pero al llegar a la cocina y abrir la puerta del refrigerador, se encontró con la mala noticia de que era muy poco el que quedaba en la jarra. Se tomó lo poco que quedaba, sin tener más remedio que servirse un poco de agua del grifo para terminar de calmar la sed que el intenso calor le había producido. Pensando que lo mejor sería ir hasta la tienda a conseguir un poco más de refresco, y que no le caería nada mal tratar de despejar la mente mientras caminaba las tres calles que la separaban de esta, guardó sus llaves en el bolsillo, sacó un billete de cinco dólares de la pequeña caja morada con flores blancas en que acostumbraba a guardar su dinero, y se encaminó hacia la puerta de salida. Decidió dejar sus sandalias en casa y recordar la época, entre los ocho y los doce años, cuando en los meses de verano prefería andar descalza por todo el vecindario. La temperatura del asfalto era perfecta, manteniendo algo del calor que había recibido durante las tempranas horas de la tarde, pero sin que llegara a ser lo suficientemente fuerte para lastimar sus plantas. No había recorrido más de cien metros cuando vino a su mente la última vez que había caminado descalza por esas calles. Había estado cansada, adolorida por los golpes recibidos, asustada, pero con la imagen del borracho de la casa azul en su cabeza, al cual acababa de conocer. Sintió nuevamente que el dolor la visitaba, pero ya no era el dolor en los pies, en la cadera o en el brazo, era el dolor de no haber vuelto a saber de él. Nunca había salido de su mente, a pesar de la excelente manera como Pierre se había portado, o de lo que Steve hubiera arriesgado y estuviese sintiendo. Sabía que era la razón por la cual no había querido contactar a su antiguo jefe: Iván tenía algo especial, lo sabía desde que lo vio borracho, lo confirmó cuando lo encontró en la tienda de modelos, lo reconfirmó en la noche de su cumpleaños, y la había llevado al paraíso cuando la besó en la Promenade de Vieux–Port. ¿Pero por qué tenía que ser tan rígido, tan celoso, tan machista? Ella había cometido un error, pero seguía siendo consciente de que no lo había traicionado, de que todo había sido un malentendido, algo que se identificaba plenamente con la famosa frase de algunas películas cuando la novia encontraba al novio con otra mujer, y este le decía: <<no es lo que parece>>. Lastimosamente, su mamá no había tenido la razón cuando dijo que lo dejara calmarse, que en un par de días las cosas se arreglarían. Pero habían pasado varios días, y las cosas seguían igual. Aparte de todo, no podía dejar de pensar si se trataba de un muchacho orgulloso, y con el nivel de dignidad que generalmente se veía más en las mujeres que en los hombres. ¿Y podría también hablar de soberbia? Ella había tratado de explicarle, pero él no había querido escuchar. ¿Entonces tenía tantas cosas supremamente buenas como las tenía malas? No lo sabía, solo sabía que daría cualquier cosa por tener una segunda oportunidad. Sumida en sus pensamientos, entró en la tienda, saludó al encargado, tomó tres sobres de té frio en polvo de una de las góndolas, pagó un poco menos de cinco dólares, y al volver a salir a la calle, se le ocurrió algo que para la mayoría de las muchachas de su edad hubiera sido impensable: si ella había sido su <<angelita descalza>>, ¿por qué no irlo a buscar como su <<angelita descalza>>? Si en realidad se había dado cuenta de que él era su preferido, de que lo extrañaba, de que quería una segunda oportunidad, ¿por qué no hacer algo más para tratar de recuperarlo? Miró su reloj, el cual marcaba diez minutos antes de las seis. Nuevamente su mamá tenía el turno de la tarde en el lavadero de carros, lo que significaba que no estaría en casa antes de las diez. Tenía cuatro horas para hacerlo, tiempo más que suficiente. Pero tendría que llegar pareciéndose a un ángel, lo que la obligaría a cambiarse de atuendo. Regresó a casa, preparó una jarra de té frío, se sirvió un vaso, se lo tomó con un par de cubos de hielo, entró a su habitación y se sentó en la cama a pensar. Algo en la profundidad de su mente le decía que si no hacía algo al respecto, terminaría perdiendo al borracho de la casa azul para siempre. Sacó un vestido blanco de su closet, aquel que le llegaba hasta las rodillas y que carecía de mangas. Se lo puso, se aplicó algo de maquillaje, organizó su peinado, se miró al espejo solo para confirmar que la imagen que veía era la de una hermosa muchacha, y se detuvo a pensar en la mejor hora para aparecerse en la casa de Iván. Llegó a la conclusión de que sería a las siete de la noche, lo que le daría el tiempo suficiente al borracho de la casa azul para salir del trabajo en la tienda de modelos y llegar a casa. Se volvió a mirar al espejo pensando que algo de perfume no caería mal. Usó el único que tenía, regalo de Gail en la última navidad, se puso de pie, sacó algo de dinero de su caja morada, y salió a tomar el autobús.




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