No solamente dejó sus sandalias en casa, también dejó su cartera, su dignidad, y cualquier clase de rencor que pudiera tener. Tomó el autobús que la llevaría al paradero más próximo a la casa azul. No sabía si en realidad lucía como un ángel, o que el hecho de andar descalza llamara la atención, pero fue consciente de que todos los hombres y algunas de las mujeres que subían al autobús no disimulaban para echarle una mirada. También podría tratarse de su maquillaje, el cual no usaba con frecuencia, y el que estaba cumpliendo con su misión de resaltar lo que ya de por sí era un bello rostro. Se entretuvo mirando por la ventana, hasta que un muchacho de alrededor de diez y ocho años, luciendo la camiseta roja de los Montreal Canadiens, se sentó a su lado y le dijo:
–Hola linda, parece que olvidaste tus zapatos.
–No los olvidé –dijo ella volteándolo a mirar–, lo que pasa es que soy un ángel.
–¡Eso quiere decir que estoy muerto…! Pero si en el cielo todos los ángeles son como tú, creo que no me molestaría para nada –dijo el sonriente muchacho.
–Entonces busca tu propio ángel, porque a cada persona le corresponde uno, y este que está aquí ya está ocupado.
–Esa sí es una mala noticia… ¿Y vas a estar ocupada por mucho tiempo?
–Alrededor de los siguientes doscientos años –dijo ella con una sonrisa divertida.
–Bueno, no me importaría esperar una eternidad si al final tú eres el ángel que me corresponde… –el muchacho no paraba de sonreír, logrando que Valérie se fijara un poco más en él. Tenía una cara simpática, una linda sonrisa, y un acento al hablar francés que no era el de Quebec.
–Perdona la pregunta, ¿tú de dónde eres?
–¿Tanto se me nota? –preguntó el muchacho luciendo cada vez más interesado en ella.
–Bueno, por tu camiseta, diría que eres de aquí, pero alcanzo a notar un acento diferente –dijo ella fijándose en lo que él llevaba puesto.
–Pues tienes toda la razón, yo soy mitad español y mitad mexicano. Mi papá es de Galicia, y mi mamá es de Guadalajara, lindos lugares, aunque en ninguno de los dos se encuentran niñas tan bonitas como tú.
–Mezcla interesante… Me haces acordar de mi papá, él vive en Suramérica.
–Bueno, México no está en Suramérica, y España sí que menos.
–Lo sé, pero igual hablas español, como en Suramérica, supongo…
–En eso tienes razón, el español es mi lengua materna.
–También tengo un amigo de Colombia, bueno…, tenía… –dijo ella arrugando los labios al mismo tiempo que pensaba en que desconocía la razón por la cual estaba entablando conversación con un completo extraño, especialmente cuando ella nunca había sido capaz de hablar con la mayoría de la gente.
–¡Mira que coincidencia! Yo también tengo uno de por allá, y es precisamente hacia donde me dirijo en este momento.
–Un momento, ¿cómo se llama tu amigo? –preguntó ella pensando que la coincidencia podría ir mucho más allá de lo esperado.
–No sabes cómo me llamo yo y ya quieres saber el nombre de mi amigo…
–Yo soy Valérie, ahora dime tu nombre y el de tu amigo colombiano –dijo ella, usando una sonrisa que sabría lo terminaría de convencer.
–Mucho gusto, soy Eduardo –dijo él, estrechándole la mano–, y mi amigo colombiano se llama Iván.
Valérie no lo podía creer, de millones de personas que habitaban la ciudad, de docenas que se subían en esa misma ruta de bus, y justamente venía a entablar conversación con un amigo de Iván.
–¿Y me dices que vas hacia la casa de él? –preguntó ella tratando de disimular la enorme sorpresa.
–Es correcto, pero por la cara que haces, no me sorprendería que estuviéramos hablando de la misma persona…
¿Qué podía hacer? De alguna forma, la enorme coincidencia malograba sus planes. Su idea era la de hablar con el borracho de la casa azul, de convencerlo de que no había querido hacerle daño, de que le diera una segunda oportunidad. Pero todo se complicaría si uno de sus amigos, que para empeorar las cosas no había ahorrado esfuerzo alguno para hacerle saber que la admiraba por su belleza, estaría llamando a la puerta de Iván al mismo tiempo que ella lo hacía.
–Podría ser, aunque puede haber muchos hombres llamados Iván, y que sean de Colombia…
–Un momento…, me dijiste que te llamas Valérie –pregunto Eduardo frunciendo el ceño.
–Sí, te lo acabo de decir hace un instante.
–Y supongo que te heriste el brazo al caer al piso cuando trabajabas en una pizzería…
Esto era demasiado: el supuesto desconocido resultaba no solamente ser amigo de Iván, sino que también conocía acerca de la vida de ella.
–¿Y tú cómo sabes eso? –preguntó una asombrada Valérie.
–Porque el que era tu novio me lo contó –contestó Eduardo adjuntando a su divertida expresión una sonrisa de oreja a oreja.
–¿Qué fue lo que te dijo?
–Muchas cosas, pero en lo que tiene mucha razón es en que eres una angelita descalza…
–¿Eso te dijo de mí? –lo mejor era tratar de averiguar todo lo que pudiera para después tratar de usarlo a su favor.