Ella Quería Volar

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Ya había completado diez días de clases, el verano avanzaba, y sus cursos preferidos eran comunicaciones y meteorología. La coqueta Marie Claude, y la aplicada Michelle, se estaban convirtiendo en unas divertidas compañeras, especialmente después de que Valérie averiguara que la futura piloto, de los grandes ojos cafés, no era la misma Michelle que muy posiblemente había vuelto a ser la novia del borracho de la casa azul. Unos días antes le habían retirado el yeso, lo que la hizo descubrir que sus compañeros la miraban más que antes. Pensó que seguramente algunos de ellos supondrían que lo de su brazo era una condición permanente, y que no estarían dispuestos a lidiar con una niña que llevase un cabestrillo por el resto de sus días. Pierre había pasado por su apartamento a despedirse antes de partir hacia Alberta. Había sido una amena tarde de charla y de práctica en el simulador. Los trucos que su excompañero conocía acerca de la forma de volar el Jumbo 747 le fueron compartidos, logrando que fueran suficientes unos cuantos minutos para descubrir lo que a ella sola le hubiese llevado más de cuatro o cinco días. Había partido, no sin antes darle un fuerte abrazo y prometiéndole que le escribiría relatándole las primeras impresiones de su nueva ciudad. La tristeza la había acompañado, sabiendo que estaba perdiendo la oportunidad con el que, a última hora, resultara ser un excelente muchacho. Empezaba a darse cuenta de que las cosas había que aprovecharlas en el momento en el que se presentaban, porque si se trataba de hacerlas antes o después, era muy posible que ya no funcionaran. De Steve no había vuelto a saber nada. Había evitado ponerse en contacto con él, obedeciendo a su propia filosofía, la misma que había aplicado en sus épocas en la secundaria. Quería tomar las cosas con seriedad, no jugar con los sentimientos de nadie, idea que la llevaba a estar convencida de que el día en que pudiera sacar a Iván de su mente y de su corazón, no tendría ningún problema en contactar a su antiguo jefe. Era consciente que, de hacerlo antes, lo único que estaría haciendo sería engañar a los sentimientos, no solamente los de él, sino también los propios. Pero lo que la había llevado a concentrarse plenamente en sus estudios se dividía en dos acontecimientos: a pesar de haber llenado varias solicitudes de trabajo, no había recibido ofrecimiento alguno, circunstancia que la llevó a pensar que conseguir empleos de medio tiempo, o con horarios restringidos, no era igual de fácil a hacerlo cuando no se tenía ningún tipo de restricciones. Así mismo, pensaba que haberse presentado con un brazo enyesado, aunque hubiera explicado que en pocos días se lo quitarían, era algo que había jugado en contra de sus posibilidades. La otra razón era la llamada que había recibido de Eduardo, el amigo de Iván. Esta se había producido dos días después de que lo conociera. Seguía siendo el muchacho amable y comprensivo, pero el mensaje que le había dado era totalmente desalentador: Iván no quería saber nada de ella. Pensaba que era claro que una niña tan linda tuviese tantos pretendientes, lo que hacía difícil que existiera algo de fidelidad. En poco tiempo se había llegado a ilusionar, a quererla, pero el golpe había sido fuerte, y prefería no volver a saber nada de ella. Había completado la información confirmándole que Iván estaba ad-portas de regresar con Michelle, y que lo último que deseaba era que alguien se atravesara en su camino. Cuando Valérie le preguntó acerca de la identidad de la persona que le había llevado el chisme, Eduardo se limitó a responder que se trataba de alguien que los conocía a los dos, pero que Iván nunca había querido revelar su nombre. Su nuevo amigo se había despedido prometiendo volverla a llamar, y aclarando que la próxima vez que dialogaran sería mejor hacerlo personalmente. Valérie había colgado el teléfono, al mismo tiempo que agradecía que su madre no estuviera en casa, pues sabía que no iba a parar de llorar por varias horas. Pero su llanto se había detenido después de cuarenta y cinco minutos, y no porque se le hubiesen acabado las lágrimas, o porque su corazón hubiese sanado en lapso tan corto. En medio de lo que ella pensaba, era su tragedia personal, le había llegado a la mente la idea de quien habría podido ser la persona culpable de su desgracia. No se trataba de Pierre o de Gail, como en un principio había pensado. Había caído en la cuenta de que la muchacha de la tienda de modelos, la misma que le había contado acerca del accidente de Iván, era la tercera persona que los conocía a los dos. Era muy posible que Iván le hubiese contado acerca de su nueva novia, la muchacha por la que casi muere atropellado por un automóvil, y que fuese ella la que la hubiese visto en la compañía de Steve. Creo que se llama Christine, si no estoy mal, ese fue el nombre con el que se presentó, fue lo que pasó por su mente. Fue cuando supo que tenía que hablar con ella. Sería lo último que haría antes de sacar de su corazón al borracho de la casa azul. Tenía que conocer toda la verdad, confirmar que sí era Christine la culpable, enfrentarla, y averiguar por qué lo había hecho, aunque la razón podría ser más que obvia: Iván era un muchacho capaz de atraer los sentimientos de cualquier mujer, y ninguna de ellas quisiera verse derrotada por una tímida niña que apenas acababa de dar su primer beso.




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