Levantó el modelo que el borracho de la casa azul le había regalado. En la parte de abajo del fuselaje había una pequeña calcomanía con el nombre de la tienda, además de su número telefónico. Si iba a enfrentar a Christine, tendría que asegurarse de que ella estuviese trabajando ese día. Levantó el teléfono y marcó el número. Tres timbradas después escuchó una voz femenina que decía:
–Buenas tardes, Modelos Bernier, habla Christine.
Valérie colgó sin pronunciar palabra. Fue a su habitación, sacó algo de dinero de la caja morada con flores bancas, se arregló rápidamente frente al espejo del baño, se puso sus sandalias y salió del apartamento. Cuarenta minutos después se encontró frente a la puerta de la tienda de modelos. No sabía exactamente lo que iba a decir, pero eso no importaba porque estaba segura de que la que tendría que decir muchas cosas sería la encargada del lugar. Respiró profundamente por tres veces consecutivas y entró a la tienda. La mirada de Christine pasó del par de muchachos que llenaban su concentración al bello rostro de la recién llegada. Esta vez no hubo un saludo ni tampoco una sonrisa por parte de la sospechosa de chisme. Esta se limitó a torcer los labios levemente y regresar su mirada a los modelos por los que sus clientes estaban preguntando. Valérie se distrajo mirando una repisa que exhibía algunos aviones antiguos mientras pensaba que la causante de su amargura era realmente hermosa, y que el overol de jean azul pegado al cuerpo, junto con la camiseta tipo esqueleto blanca que llevaba, la hacían lucir mejor de lo que la había visto la primera vez. En realidad la niña tenía todo lo que se necesitaba para ser una fuerte rival. Sus nervios aumentaron y recordó que hubiese querido estar acompañada de Gail, pero su mejor amiga se hallaba ocupada en su nuevo trabajo como salvavidas en la piscina pública de su vecindario, y le había quedado imposible cambiar de turno. Trató de distraerse y de calmarse mirando un par de repisas más hasta el momento en el que el par de jóvenes clientes se marcharon.
–No esperaba verte por aquí –dio Christine una vez se encontraron las dos muchachas solas.
–¿Por qué lo hiciste? –fue lo único que se le ocurrió decir a Valérie.
–No sé de qué me hablas –dijo Christine, pretendiendo estar ocupada con la limpieza de un pequeño modelo.
–¿A ti te gusta Iván? –preguntó Valérie, acercándose a escasos pasos de la encargada.
–Tú estás loca –fue la respuesta de Christine mientras sacudía la cabeza.
–Yo nunca lo traicioné… –la cara de víctima se hizo presente.
–Ve y díselo a él, aunque creo que ya es algo tarde –dijo Christine devolviendo el avión que estaba limpiando a su repisa y agarrando otro de tamaño superior.
–Me imagino que volvió con su exnovia…
–Valérie, ¿a qué has venido?
–Ya te lo dije, quiero saber por qué lo hiciste…
–¿En serio quieres saberlo? –dijo Christine devolviendo el modelo a su repisa antes de avanzar un par de pasos hacia su interlocutora.
–No iba a perder mi tiempo viniendo hasta acá solo para verte limpiándole el polvo a los aviones.
–¿Tú sabes lo que significa la palabra fidelidad? –preguntó Christine mientras guardaba el pequeño trapo en uno de los bolsillos de su overol de jean.
–Claro que lo sé, porque ya te dije que nunca lo traicioné.
–Eso no fue lo que vi en el concierto de Jazz.
–Es solo un amigo…, mi antiguo jefe, y precisamente lo vi ese día para decirle que no me molestara, que yo me acababa de ennoviar con Iván.
–¿Y para decirle eso tenías que haber salido con él, y fuera de eso dejarte abrazar mientras le sonreías y saltabas emocionada a su lado?
–Fue la emoción del momento, era mi primer concierto, además que él acababa de perder su trabajo…, por mi culpa.
–Parece que le traes malos momentos a los hombres –dijo Christine con una irónica sonrisa–, de pronto no sean exactamente lo tuyo…
–¿Sabías que era mi primer novio?
–Entonces todavía estás a tiempo de cambiar…
–¿A qué te refieres? Si ya no tengo nada con él, y todo por tu culpa.
–No era yo precisamente la que se estaba divirtiendo con otro hombre.
–Christine, solo quiero saber por qué lo hiciste, porque la verdad no te entiendo… Fuiste muy querida conmigo cuando me conociste, dijiste que era la persona perfecta para trabajar aquí…
–Escucha Valérie, ya son las seis, y es hora de cerrar –dijo Christine desplazándose hacia el mostrador.
–Por favor, no me dejes así…
–¿Tienes tiempo para un café? –preguntó Christine dándole vuelta a la llave del cajón de la caja registradora.
–Tengo todo el tiempo del mundo.
–Yo invito, aunque no debería…
Cinco minutos más tarde caminaban por la Rue Sainte–Catherine. No habían vuelto a pronunciar palabra y la futura piloto no sabía qué pensar.
–¿Te gustaría un café frio? Aquí sirven los mejores –preguntó la niña del overol mientras señalaba un quiosco verde, que en la mitad de una plazoleta, se encontraba rodeado por mesas y parasoles del mismo color.