Ella Quería Volar

37

Se sentó en el puesto de la izquierda, aquel que correspondía al comandante. El Piper Cherokee 180, de colores blanco y rojo lucia reluciente bajo el sol de la mañana. El instructor se sentó a su lado, se acomodó sus gafas oscuras, y después de sonreírle le preguntó:

–¿Nerviosa?

–No lo dudes, supongo que es como el primer día de un novato con su equipo de la NHL –respondió Valérie tratando de sonreír.

–¿Te gusta el hockey?

–Sí, aunque prefiero el fútbol.

–¿Jugaste fútbol alguna vez?

–No, en la secundaria pertenecí al equipo de atletismo, y no me quedaba tiempo ni energía para practicar nada más.

–Bueno Val, no hay nada que temer… Tus calificaciones fueron buenas, has sido una alumna de la cual no me puedo quejar, estoy aquí contigo para apoyarte, este es un avión bastante nuevo, con un mantenimiento que cualquier aerolínea envidiaría, y es un lindo día para volar –el instructor era un hombre de unos treinta y cinco años que a Valérie siempre le había agradado. Le había dado clase de comunicaciones, una de sus preferidas, y ahora se sentía más segura sabiendo que uno de sus instructores favoritos estaría a su lado.

–Señor Sneden, ¿sabía que yo jamás he volado?

–Val, ni tú, ni ninguno de tus compañeros ha volado nunca –dijo un sonriente instructor.

–No me refiero a eso… Me refiero a que yo nunca antes había estado en un avión –dijo una tímida Valérie.

–¿Nunca volaste de vacaciones al Caribe? –al instructor le gustaba bromear.

–Ni al Caribe, ni tampoco a Chicoutimi –respondió ella con una pequeña sonrisa.

–Bueno, siempre hay una primera vez para todo –exacto, en eso tiene toda la razón, fue lo que se le vino a la mente. Como la primera vez que besó a alguien y poco después todo se dañó, pero esta vez no podía permitir que las cosas tomaran el camino equivocado.

Minutos después, y sintiendo que las manos le temblaban, Valérie posicionó el pequeño avión en la cabecera de la pista. Su comunicación con la torre de control había sido perfecta. Era consciente de que la confianza que le transmitía el instructor estaba logrando que alguna reducida porción de nervios quedara atrás. Una vez recibió el permiso para despegar, soltó los frenos y aplicó potencia a tope con su mano derecha. Al momento de asegurarse que había logrado la velocidad requerida, haló levemente del timón e instantes después, por primera vez en su vida, se encontró haciendo lo que siempre había querido: estaba volando, y lo mejor era que lo hacía, no como un pasajero más, sino al comando de su propia aeronave. La memoria de las tardes de práctica en el computador sirvió para que se sintiera familiarizada con los instrumentos y la manera como debía obedecerles y operarlos. La emoción empezó a superar los nervios a medida que se hacía consciente de su capacidad, conocimiento y poder, suficientes cualidades para dominar el aparato. Eran varias las nuevas sensaciones: ver como las casas, los autos, las carreteras y los campos parecían pequeños juguetes. Darse cuenta de cómo el avión le obedecía y viraba hacia la izquierda cuando su pie izquierdo oprimía levemente el pedal, o como giraba hacia la derecha cuando oprimía el pedal derecho. De cómo el morro subía cuando halaba el timón hacia su pecho o de cómo descendía cuando lo empujaba hacia adelante. Ahora se daba cuenta de que no había sido solo un capricho, de que era algo que realmente quería, lo que realmente amaba, un sentimiento que estaba muy por encima de cualquier cosa que hubiera podido experimentar con el borracho de la casa azul.

–Val, a mí no me gusta que me mientan –dijo un aparentemente enojado instructor.

–Creo que a nadie le gusta –respondió ella con su mirada fija en lo que los pilotos llamaban horizonte artificial, el cual era una pequeña pantalla que mostraba la posición del avión con respecto al horizonte.

–Tú me dijiste que nunca habías volado, y lo estás haciendo mejor de lo que yo lo hago –dijo el instructor Sneden cambiando su dura expresión por la de alguien que acaba de recibir la mejor noticia de su vida.

–Gracias señor Sneden, pero no exagere, de milagro todavía estamos vivos –dijo ella antes de soltar una leve sonrisa.

Llevaban más de cincuenta minutos en el aire para el momento en el que el instructor le hizo saber que era hora de regresar. Valérie se comunicó con la torre logrando que le asignaran las indicaciones precisas para proceder con la aproximación. Sabía que se venía lo más difícil de todo, lo que en el simulador siempre le había costado más trabajo. Operó los flaps para mantener la sustentación del avión mientras reducía la velocidad, hizo un suave viraje hacia la izquierda, redujo la altura siguiendo los consejos de la torre y del instructor, y en el momento en el que tuvo contacto visual con la pista, enderezó el avión y continuó en línea recta descendente hacia esta, sabiendo que había logrado hacer la mitad de lo que debía. Mantuvo el morro levemente inclinado hacia arriba recordando que las ruedas de los planos debían tocar pista antes de que lo hiciera la delantera. Su corazón se aceleró levemente al ver que la cabecera de la pista estaba a menos de tres metros por debajo del avión, y que todo lo que la rodeaba volvía a ser del tamaño normal. Cortó la potencia del motor en el instante en que sintió que tocaban tierra y aplicó los frenos, logrando que el aparato rodara mientras perdía velocidad.




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