–Ahora una foto de grupo con todos los graduandos –dijo el fotógrafo encargado de cubrir la ceremonia de grado de Valérie y sus compañeros.
El final de enero había llegado, el curso había terminado, y Valérie no habría podido sentirse más contenta. Luciendo pantalones y zapatos de tacón negros, camisa blanca con las insignias de piloto, corbata negra y blazer negro, recibió el diploma de las manos del director de la escuela, y su licencia de piloto comercial de las del delegado de Transporte Canadá.
–¡Te ves divina! –le había dicho Christine cuando la saludó con un par de picos en cada mejilla, antes de entrar al salón de ceremonias.
También gozaba de la compañía de su madre, de Gail, y de alguien que había aparecido sorpresivamente. Se trataba de Steve, al que no había visto desde el día del concierto de jazz.
–¡Que sorpresa tan linda! –Había dicho una emocionada Valérie mientras lo abrazaba a la entrada del salón–. ¿Cómo te enteraste?
–¿No sabías que soy amigo de Louise Beaumont, la secretaria de tu academia?
Le había entregado un pequeño regalo de grado, y durante la ceremonia se había sentado un par de filas atrás de donde estaban su madre y sus amigas.
–Te llamas Valérie, ¿verdad? – le preguntó el fotógrafo después de haber tomado la foto de grupo.
–Sí, Valérie –dijo ella volteándolo a mirar.
–¿Quieres una foto con tu familia?
No solamente fue una foto con su madre, sino también una con Gail, otra con Christine, y una más de las cuatro mujeres juntas.
–Supongo que los hombres no clasificamos para salir en las fotos de grado…
Eran las palabras de Steve, a lo que Valérie reaccionó agarrándolo de la mano para traerlo junto a ella y pedirle al fotógrafo que les sacara una foto de los dos.
–Creo que eres la piloto más linda del mundo –dijo él, una vez el fotógrafo hizo la toma y se ocupó con otro grupo de personas.
–Gracias Steve –dijo ella notando que los colores invadían sus mejillas.
–Pero no solo vine a felicitarte, también vine a despedirme… –dijo Steve tratando de sonreír.
–¿Cómo así? ¿También te vas? –preguntó una sorprendida piloto.
–¿También? ¿Quién más se fue?
–¿Recuerdas a Pierre? ¿El que me regaló el computador en mi cumpleaños?
–Claro que lo recuerdo.
–Hace siete meses se fue a vivir a Calgary, está estudiando y trabajando allá.
–Entiendo… Te cuento que yo me voy a vivir a Jamaica…
–Steve, la gente se va de vacaciones a Jamaica, no se va a vivir a Jamaica –dijo ella mientras repartía su mirada entre su amigo y sus amigas, quienes conversaban alegremente con su madre.
–No lo creerías… Como dos meses después de que fuéramos al concierto de jazz, me reencontré con una amiga de hace muchos años, alguien de la secundaria. Fue una coincidencia… El caso es que empezamos a salir, nos ennoviamos… Todo se resume en que ella estaba de vacaciones aquí, pero estaba trabajando tiempo completo en un hotel de Bahía Montego como instructora de buceo, y gracias a sus buenos oficios, me consiguió el puesto de manager del restaurante del hotel…
–¡Suena como una historia de hadas! –dijo Valérie sonriendo, pero con un sentimiento agridulce en su corazón. Se sentía contenta de que su amigo estuviera organizando su vida con una nueva novia y un nuevo trabajo, y en un lugar paradisiaco, pero al mismo tiempo sentía que estaba perdiendo un amigo, y por qué no decirlo, un posible novio.
Se despidieron prometiendo permanecer en contacto, y con la invitación por parte de él para que la joven piloto visitara su futuro sitio de residencia en el Caribe. Inmediatamente después, vino a su mente un pensamiento: de aquellos tres atractivos y simpáticos pretendientes de siete meses atrás, en la ciudad solo quedaría el borracho de la casa azul. Pero a pesar de las antiguas promesas de Eduardo, y de las más recientes de Christine, en el sentido de ayudarla a recuperarlo, el tiempo pasaba y las cosas seguían igual. Afortunadamente su nueva amiga no la descuidaba, tenía a su mamá, a Gail, así fuera por no más de dos horas cada dos semanas, y lo más importante de todo: tenía su diploma y su licencia de piloto comercial, y eso nada ni nadie se lo podría arrebatar.
–Val, Val… –dijo una apresurada Michelle acercándose a ella–, quiero que nos tomemos una foto con Marie Claude.
Buscaron a Marie Claude entre la multitud, solo para encontrarla segundos después, muy entretenida hablando con el señor Gordon de la aerolínea de los territorios del norte. Se aproximaron a ellos, y cuando estaban a escasos pasos Valérie alcanzó a escuchar las últimas palabras de lo que el representante le estaba diciendo a su compañera:
–… y para el quince de febrero te tienes que presentar para iniciar tu entrenamiento con el simulador…
–Lamento interrumpirlos, pero es que quisiéramos que el fotógrafo nos tome una foto a las tres –dijo Michelle dirigiendo su mirada al señor Gordon.
–Por mí no hay ningún problema –le dijo Gordon a Michelle, para después dirigirse nuevamente a Marie Claude –:llámame el lunes y cuadramos–. Pero cuando parecía que se alejaba, súbitamente se volteó y dirigiéndose a Valérie y a Michelle dijo: