Ella Quería Volar

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Acabaron de comer el pastel de nueces con chocolate que France le había comprado a su hija para celebrar su grado. La señora Úrsula, tan amable y simpática como de costumbre, había decidido acompañar a la graduanda, a su madre y a sus dos amigas. El regalo que había recibido minutos antes por parte de la vecina del primer piso no habría podido estar más acorde con la ocasión. Se trataba de una cadena de plata con un pequeño avión del mismo material, el cual Valérie no dudó un instante en colocárselo alrededor del cuello. Por primera vez desde que la nueva piloto tuviera memoria, France había comprado algo de licor: se trataba de tres botellas de vino tinto. Después de haber brindado por los triunfos de la nueva piloto, las muchachas no dejaban de llenar las copas cada vez que estas quedaban vacías. Pero la falta de experiencia de Valérie con las bebidas alcohólicas logró que después de la tercera copa empezara a sentir los efectos del licor. La nueva sensación le pareció bastante simpática, y de un momento a otro se dio cuenta de que no podía parar de hablar, de contar los chistes que había escuchado en la secundaria pero que jamás había querido repetir, y de abrazar a su madre, a su vecina y a sus amigas, diciendo que eran las mejores mujeres del mundo.

–Creo que va a tocar suspenderle la bebida a Valérie… –dijo France en medio de su sonrisa.

–Déjala, nunca jamás había actuado tan simpática y desinhibida, además se lo merece, es la noche de su grado –intervino Úrsula mirando como su joven vecina intentaba imitar a Michael Jackson en la mitad del piso de la sala. Un par de horas más tarde, después de que Úrsula se hubiese marchado y de que France decidiera irse a la cama, las tres muchachas se encerraron en la habitación de Valérie. Habían acordado previamente que se quedarían a pasar la noche, dado que ninguna de ellas querría salir a buscar el paradero del autobús en una noche en la que las predicciones del clima anunciaban que caería una fuerte nevada.

–No me digas que te trajiste el vino que sobró –le dijo Christine a Gail al verla tomar un sorbo a pico de botella.

Se encontraban cómodamente sentadas en la alfombra, luciendo las cómodas prendas con que acostumbraban irse a la cama. Gail tenía la espalda recostada contra la puerta del armario, mientras que Valérie lo hacía contra el borde de su cama y Christine contra las patas de la silla del escritorio.

–No lo podíamos dejar, después ya no sabe igual… –respondió Gail con la mirada concentrada en la etiqueta de la botella.

–Además hoy es un día en que hay que celebrar –dijo Valérie agarrando la botella de las manos de Gail para llevársela a la boca.

–Val, te vas a emborrachar –dijo Christine meneando la cabeza.

–Eres toda una profetisa –le respondió Valérie antes de que las tres muchachas soltaran la carcajada.

–Bueno, hay que admitir que el producto está muy bueno –dijo Christine recibiendo la botella y llevándosela a la boca.

–Niñas, les tengo una pregunta –dijo Valérie mostrando una pícara sonrisa.

–Soy todo oídos –dijo Gail.

–Suéltala –dijo Christine.

–¿Hasta dónde llegarían ustedes con un hombre, con tal de conseguir un trabajo?

Sus dos amigas se miraron a la cara antes de que Gail respondiera.

–Creo que dependería del trabajo… y del hombre.

–No lo sé… creo que Gail tiene razón –dijo Christine.

–Si se tratara del trabajo de sus vidas, lo que siempre han querido hacer, ¿pero por el hombre no sienten absolutamente nada? –dijo Valérie antes de tomar un nuevo sorbo de vino.

–Sinceramente, yo creo que haría lo que fuera necesario, pero yo ya sé a qué te refieres –dijo Gail recibiendo la botella de las manos de Valérie.

–¿A qué te refieres, Val? –preguntó Christine.

–El señor Gordon, representante de una aerolínea que vuela en los territorios del norte, contrató a mi compañera Marie Claude… Ella empieza entrenamiento el mes entrante…

–Genial… –interrumpió Christine con expresión pensativa.

–Sí, genial. Pero resulta que este señor tiene fama de no contratar a nadie si antes no han salido con él… –dijo Valérie mirando hacia el techo.

–¿Entonces estás juzgando a tu compañera?, ¿o es que este tal Gordon te ha ofrecido algo? –preguntó Christine tomando un nuevo sorbo de vino.

–No la juzgo, aunque ella es bastante coqueta, y no creo que haya tenido ningún inconveniente en hacer todo lo que le pidieran –dijo Valérie haciéndole una seña a Christine para que le pasara la botella.

–Bueno, pero ahora tiene el trabajo… –dijo Gail con una sonrisa maliciosa.

–Gail, Valérie lo único que ha hecho en toda su vida, en ese sentido, es darle un par de besos a Iván…

–No fueron un par, fueron como diez –se defendió la nueva piloto.

–Bueno, diez o quince o veinte ¿qué más da? El caso es que eres una niña que no tiene nada de experiencia en ese tema –dijo Christine.

–Todas tenemos que aprender alguna vez –intervino Gail.

–¿Entonces pretendes que una niña inocente vaya y acceda a las pretensiones de un hombre mayor, porque supongo que es mayor, solo para conseguir un trabajo?




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