Su mejor amiga la dejó en el andén del aeropuerto, frente a la entrada de los mostradores de Air Canada. Valérie todavía no podía creer que su primera salida del país tuviese un rumbo tan lejano. Siempre pensó que sería algo más cercano, algo como los Estados Unidos o México. Pero a su padre se le había ocurrido irse a vivir a Colombia, y su nuevo objetivo era el de visitarlo y pasar un tiempo con él. Se había despedido minutos antes de su mejor amiga con un tierno beso en los labios, y ahora hacía fila para chequear su maleta. Afortunadamente la aerolínea tenía a varias personas atendiendo, lo que le permitió avanzar rápidamente hasta el mostrador. El vuelo iba directo hasta Miami, y una vez allí tendría que cambiar de avión y tomar un vuelo a Cali, el sitio más cercano a Barbacoas, en donde podían aterrizar aviones de cabina ensanchada. La representante de Air Canada fue muy amable con ella. Minutos más tarde, cuando se dirigía en búsqueda de las salidas internacionales, y para su enorme sorpresa, se encontró de frente con su amiga Christine.
–¡Val, menos mal que te encontré! –dijo su amiga, dándole un fuerte abrazo. Se encontraba acompañada de un muchacho de su edad al cual presentó como un amigo de la secundaria llamado Didier.
–¿Qué haces aquí? –preguntó una sonriente Valérie.
–Vine a despedirme…, tú sabes que eres muy especial, y creo que no me bastó con que ayer fueras a mi apartamento.
–Definitivamente creo que eres una excelente amiga –dijo Valérie mirándola a los ojos.
–Espero que el tiempo pase muy rápido… No sabes toda la falta que me vas a hacer –Christine la volvió a abrazar y le dio un pico en la mejilla.
–Trataré de llamarte desde allá, aunque no lo prometo, creo que es bastante costoso.
–No te preocupes, voy a estar más que feliz el día que regreses.
–Chris, en serio te agradezco que hayas venido –dijo Valérie con la más linda de las sonrisas.
–Era lo menos que podía hacer, pero cuídate mucho, disfruta tu viaje, y mándale saludos a tu papá –dijo Chris antes de abrazarla por tercera vez.
Se despidieron con un cuarto abrazo, y Valérie se fue en búsqueda de la salida de vuelos internacionales. Minutos después, y con su mente enfocada en lo especial que era su amiga Christine, pasó por los controles de inmigración de Estados Unidos, los cuales se practicaban en las instalaciones de Mirabel. Presentó su pasaporte, y solo tuvo que explicarle al agente que su destino final era Cali, una ciudad de Colombia, y que solo estaría en Miami por un par de horas mientras cogía su siguiente avión. Caminó los largos corredores buscando la salida que le había sido asignada a su vuelo, mientras agradecía haber recibido los consejos de la señora Úrsula en cuanto a la mejor manera de lidiar con los diferentes trámites y puntos de control del aeropuerto. Al final de un extenso corredor, se encontró con una fila de personas. Se paró detrás de ellas y se limitó a imitar lo que los demás hacían. La gente se deshacía de sus chaquetas, sus zapatos, sus cinturones, sus maletines de mano, y de todos los elementos metálicos que estuviesen cargando. Los colocaban en una bandeja gris, la que a su vez colocaban sobre una larga mesa con una banda movible que terminaba haciéndolos pasar por un pequeño túnel en donde eran examinados a través de un sistema de rayos x. Le pareció simpático tenerse que deshacer de la mitad de lo que llevaba encima, considerando que era casi como desvestirse delante de una multitud. Una vez recogió sus cosas al otro lado, se puso los zapatos, la chaqueta, el cinturón, recogió su maletín, y se encaminó hacia la salida 15B. No fue mucho lo que tuvo que caminar. Tres minutos después, leyó el letrero con las letras y los números que buscaba. Calculó que en la sala de espera podría haber más de cien personas, la mayoría de ellos cómodamente sentados leyendo libros y revistas o conversando entre ellos. Sabía que su vuelo duraría un poco menos de tres horas, por lo que prefirió permanecer de pie contra los grandes ventanales, observando los aviones estacionados sobre la plataforma. El que la llevaría a Miami, un Lockheed L–1011 ya se encontraba conectado al túnel por el cual abordarían los pasajeros. Se entretuvo estudiándolo por unos minutos, e imaginado lo que sería comandar una aeronave de ese tamaño. Minutos después, su atención pasó a un 767 de la misma aerolínea, el cual se encontraba unos metros más alejado. Mientras observaba sus características, se convencía cada vez más que el principal objetivo de su vida era llegar a volar uno de esos poderosos jets. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de una mujer, que a través de los parlantes, anunciaba a los pasajeros de primera clase con rumbo a Miami, que debían empezar a abordar. No se preocupó, dado que todavía no había llegado el día en que ella pudiera comprar un tiquete que no fuese el más económico. Mientras los demás pasajeros abordaban, sus pensamientos se trasladaron nuevamente hacia su amiga Christine. No se podía imaginar que habría podido suceder si su amiga lesbiana hubiese aceptado ser besada esa noche. Teniendo en cuenta la condición de Christine, lo que seguramente hubiese convertido un simple beso en algo más fuerte y significativo de lo que lo había hecho con Gail, ¿habría ella entrado a experimentar y vivir un mundo totalmente diferente, en el que los hombres ya no tendrían cabida en su corazón? Era muy pronto para decirlo, sabiendo que a su regreso ella estaría esperándola con los brazos abiertos, pero con una mentalidad que se negaba a entender que podría existir algo especial entre ellas dos. Se salió de sus pensamientos cuando escuchó a la funcionaria de la aerolínea anunciar que los pasajeros con sillas asignadas entre las filas veinte y treinta podían abordar el avión. Miró su tiquete para reconfirmar el número de su silla, levantó su maletín, y se dirigió a la fila de personas que estaban abordando. Sintió como su corazón se empezaba a acelerar de solo pensar que en breves instantes estaría dentro de un avión al que le cabían más de doscientos cincuenta pasajeros. Presentó su pasa bordo a la entrada del túnel, y se metió en este caminando detrás de una pareja de novios. Instantes después atravesó el umbral de la puerta, y no dudó un solo segundo en voltear a mirar a su izquierda. Ante sus ojos se encontraba la cabina de la aeronave, la cual podía ser observada desde el pasillo, gracias a que los pilotos, quienes ya ocupaban sus posiciones, aún no habían cerrado su puerta. Fueron escasos dos segundos los que alcanzó a observarla, pero su mente inmediatamente la comparó con la del Piper Cherokee en que había hecho su entrenamiento. La del L–1011 podría fácilmente tener el doble de tamaño y el triple de controles. Pero eso no importaba. Ella sabía que algún día estaría sentada en la cabina de uno de estos aparatos. Continuó en su camino hacia la parte trasera de la aeronave, maravillada con el enorme tamaño de la cabina de pasajeros. Se trataba de un avión con dos pasillos, y ella se encontraba avanzando por el pasillo de la derecha. Pero si había tenido varias emociones hasta ese momento, no alcanzó a recorrer muchos metros antes de darse cuenta que una más la esperaba. En la silla de la ventana, perteneciente a la tercera fila, en la sección de primera clase, se encontraba sentada la mamá del borracho de la casa azul. La señora estaba distraída mirando por la ventana y no se percató de la presencia de la angelita descalza de su hijo. La silla de al lado se encontraba vacía, y a Valérie solo se lo ocurrió pensar en que cabía la posibilidad de que Iván fuese el dueño de esta. Su corazón parecía una montaña rusa: había pasado de la sorpresa de encontrar a Christine en el aeropuerto, a sentirse dentro de un avión por primera vez, y a encontrarse con la señora a la que nunca le había caído bien. Continuó caminando hasta encontrar su puesto, pensando en que la probabilidad de que Iván estuviese en el avión no era muy alta, debido a que las instituciones educativas no se encontraban en vacaciones. Le habían asignado el puesto de la ventana, lo que hacía que su primer vuelo como pasajera fuera todavía más especial. Trató de relajarse en la comodidad de su silla, aunque segundos después supo que eso sería más que imposible antes de que el avión se encontrara en altura de crucero. En el momento en que el aparato empezó a moverse, se imaginó lo que los pilotos podrían estar hablando entre ellos y con la gente de la torre de control. No se perdió ni uno de los movimientos de los auxiliares de vuelo, mientras que les indicaban a los pasajeros el correcto uso de los chalecos salvavidas, las máscaras de oxígeno que se desplegarían en caso de emergencia, la ubicación de las salidas de emergencia, y el uso correcto del cinturón de seguridad. Disfrutó con el recorrido del aparato hasta la cabecera de la pista, y segundos después se emocionó viendo como los flaps y los alerones se ajustaban a la posición necesaria para que el avión despegara. La velocidad que la aeronave había ganado era impresionante si la comparaba con aquella del Piper. Vio como los edificios del aeropuerto pasaban ante sus ojos con extrema rapidez e instantes después sintió como se levantaba la nariz y el aparato se despegaba de la tierra. Escuchó como los trenes de aterrizaje se retraían, y como las nubes del invierno canadiense empezaban a atravesarse en el camino. Solo se veía el color blanco a través de la ventanilla, por lo que decidió que era hora de relajarse. Para su sorpresa, se dio cuenta de que se había quedado dormida cuando la señora cincuentona que viajaba a su lado, la despertó para indicarle que la azafata le estaba ofreciendo una bandeja con lasaña de pollo, ensalada y refresco. Le sonrió a su vecina, y no tardó en empezar a disfrutar de su comida. Una vez se sintió satisfecha, se volvió a relajar y después de darse cuenta que el único color que se veía a través de la ventanilla seguía siendo el blanco, decidió volverse a dormir. Solo despertó cuando la azafata anunció a través de los parlantes que el avión se encontraba próximo a aterrizar. Miró nuevamente por la ventana para descubrir un paisaje totalmente diferente: estaban perdiendo altitud, y se podía ver de cerca el verde de los campos, el cual era el color que ahora predominaba. Pasados unos minutos aparecieron casas, calles, piscinas, automóviles, y un poco más allá, las aguas del océano. La enorme masa de agua solo la había visto en películas y fotos. Lo único parecido era lo que había tenido la oportunidad de observar durante su viaje con le escuela de aviación a Toronto, cuando pudo conocer las aguas del Lago Ontario. Pensó que aunque el lago era bastante grande, nunca se lo podría comparar con el tamaño del océano. Su corazón se aceleró de nuevo sabiendo que cada vez se encontraba más cerca de volver a ver su padre. Dejó ese pensamiento a un lado y nuevamente puso su atención en las alas del aparato, en el momento en que el L–1011 empezó a virar hacia la izquierda. Cada vez estaban más cerca de tocar tierra, y no se cansaba de analizar los movimientos de los flaps y de los alerones. Escuchó como se desplegaba el tren de aterrizaje, y supo que era cuestión de breves minutos antes de que pisaran suelo estadounidense. Instantes después distinguió los bombillos apagados de las luces de aproximación, los cuales dieron paso a la imagen de la cabecera de la pista. Se sintió fascinada al sentir como tocaban tierra. Consideró que el aterrizaje había sido perfecto, con la suavidad y la precisión que se podría esperar de unos pilotos que seguramente llevarían varios años al comando de la enorme aeronave. Cinco minutos más tarde el avión se detuvo en plataforma y los pasajeros se pusieron de pie. Ahora solo le quedaba esperar por un par de horas en el aeropuerto de Miami, el tiempo suficiente para tratar de averiguar si el borracho de la casa azul había estado volando en el mismo avión, o era únicamente su madre la que lo había abordado.