Ella Quería Volar

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Recordó las palabras de su vecina: <<No pierdas tiempo en las tiendas, busca tu salida lo más pronto posible y siéntate a esperar tu próximo vuelo>>. Creyó que no le quedaba más que seguir sus sabios consejos. Afortunadamente no tendría que reclamar su maleta, dado que esta sería directamente enviada a la ciudad de Cali. Recorrió los pasillos del aeropuerto pensando que a la madre de Iván, quien por haber viajado en la parte delantera del avión había descendido antes que ella, sería prácticamente imposible de encontrar. Trató de olvidarse del tema y se concentró en buscar la puerta de salida del vuelo a Cali. Recorriendo los amplios corredores concluyó que no existían muchas diferencias entre el aeropuerto de Montreal y el aeropuerto de Miami. En los dos casos se trataba de edificios enormes llenos de viajeros, de tiendas, de restaurantes y cafeterías, de mostradores de empresas aéreas y de pilotos y azafatas de docenas de aerolíneas. Le llamó la atención que solo había visto una mujer piloto entre todos los grupos que se habían cruzado en su camino. Continuó avanzando y no tardó más de diez minutos en trasladarse desde la puerta del vuelo de Air Canada, en el que acababa de aterrizar, hasta la puerta de salida del vuelo que la llevaría a Colombia. Se trataba de una aerolínea diferente, pero su sorpresa fue mayúscula cuando, a través del enorme ventanal, vio exactamente el mismo tipo de avión, pero en tamaño real, que Steve le había obsequiado el día de su cumpleaños. Se trataba del Jumbo 747 perteneciente a la aerolínea Avianca. Era una linda coincidencia, y solo se le ocurrió pensar que algún día le fascinaría estar al comando de esa hermosa aeronave. Su curiosidad se disparó al notar que la mayoría de la gente que se encontraba en la sala de espera parecía hacer parte de un mismo grupo. Por la clase de ropa que llevaban, pensó que podría tratarse de un grupo de religiosos de la iglesia ortodoxa judía. Los observó por algunos segundos y luego se dio vuelta para continuar observando el avión que la llevaría a Colombia, y que estaba pintado con los colores blanco y rojo. Miró su reloj de pulso para enterarse que faltaban veinte minutos para las cuatro. El vuelo estaba programado para las cuatro y diez, lo que significaba que le quedaba media hora de espera. Se sintió cansada y pensó que no era para menos dado que había caminado los extensos corredores y había estado de pie por más de quince minutos observando los aviones estacionados en plataforma. Quiso encontrar una silla, pero le fue imposible hallar una que estuviera vacía. Se sentó en el piso, el cual para su fortuna, estaba cubierto por una alfombra de color azul. Se quedó observando a la gente, y cayó en la cuenta de que la mayoría vestía prendas veraniegas. Ella era de las pocas mujeres que lucían pantalones largos, zapatos cerrados, y gruesas chaquetas de invierno. Se quitó la chaqueta y la guardó en su maletín de mano. Pensó que le hubiera encantado tener sus sandalias a mano, pero desafortunadamente las había empacado en su maleta. Volvió a mirar el reloj, para darse cuenta que aún tenía algunos minutos. Se puso de pie y caminó hasta una tienda de ropa que se encontraba a menos de treinta metros. Toda parecía ropa de playa, de verano, justo lo que necesitaba. La blusa verde de manga corta que llevaba no representaba ningún problema. Tendría que concentrarse en una falda o un short y en algo para sus pies. No tardó en encontrar una falda blanca que le llegaría hasta la mitad del muslo y un par de sencillas sandalias del mismo color. Si se decidía, no tendría que pagar más de veinticinco dólares por las dos cosas. No eran de la mejor calidad, pero sería algo que podría vestir inmediatamente y que le serviría para sus dos semanas de vacaciones. Pagó por ellas, y se trasladó al baño de mujeres. Se puso su nueva falda y las sandalias, guardó el pantalón y los zapatos en el maletín de mano, se miró al espejo para confirmar que sus piernas conservaban el atractivo color de siempre, y se alegró de que se hubiera hecho la pedicura antes de salir de Montreal. Se acomodó el peinado, salió del baño, y se encaminó hacia la salida de su vuelo. Sin embargo no había recorrido más de quince metros para el momento en que lo vio. Estaba parado a pocos pasos, vistiendo una sencilla camiseta blanca, un jean azul y unos zapatos tenis negros. Parecía distraído mirando un aviso publicitario que anunciaba viajes en crucero por el Caribe. Era su borracho, su Iván, el que tanto quería, el que tanto amaba, el mismo que nunca había querido darle una segunda oportunidad. No sabía qué hacer. Había sospechado que podría estar viajando al lado de su mamá en su anterior vuelo, pero ahora lo encontraba justo en la sala de espera del vuelo que iba para Colombia. Y era lo más lógico, él le había dicho que era colombiano, seguramente estaría planeando visitar a algunos familiares. No podía perder la oportunidad, una vez aterrizaran en Cali le sería imposible seguirlo. Tenía que hablarle antes de que se reuniera con su madre, si no lo hacía, nunca se lo perdonaría. Avanzó con decisión, y cuando se encontraba a escasos tres pasos, Iván levantó la mirada y la vio. Su expresión de sorpresa era evidente. Se quedó mirándola fijamente, con los labios entreabiertos como si quisieran pronunciar una palabra pero le fuera imposible. Entonces fue ella la que tuvo que hablar primero.

–Iván… ¡esto sí que es una coincidencia!

–Valérie, ¿qué haces aquí?

–Viajo a visitar a mi papá, allá en tu país.

–Yo también voy para allá, estoy acompañando a mi mamá a hacer unas gestiones de una herencia –su voz era suave y amable y su gesto el de alguien gratamente sorprendido.

–Te he extrañado mucho –fue lo único que se le ocurrió decir a Valérie, sabiendo que eran palabras que realmente le salían desde el fondo de su alma.




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