Con su corazón repleto de emoción, Valérie abordó el Boeing 747, el avión de pasajeros más grande del mundo. Se diferenciaba de los demás por ser una aeronave de dos pisos, siendo su segundo piso mucho menos extenso que el primero, y en el que generalmente las aerolíneas acostumbraban a atender a los pasajeros de primera clase. La joven piloto encontró rápidamente su puesto, pero en su camino hacia la parte posterior, utilizando el pasillo que se encontraba a su derecha, alcanzó a ver al borracho de la casa azul sentado en la silla del pasillo que daba contra su izquierda. Él también se fijó en ella, y desde la distancia le regaló una linda sonrisa. Nuevamente fue absorbida por las indicaciones de los auxiliares de vuelo y los movimientos de las diferentes partes de las alas, tal y como le había ocurrido en el vuelo entre Montreal y Miami. La única diferencia radicaba en que en gran parte de su mente se encontraba el muchacho que siempre había querido y que en pocos minutos la estaría buscando para hablar con ella. Para su fortuna, las dos sillas que se encontraban al lado de la suya no fueron ocupadas, y después de que el avión despegó pudo deshacerse de sus sandalias nuevas y acomodar las piernas en los puestos que habían quedado libres. Miró por la ventana para experimentar por primera vez lo que era volar sobre una gran maza de agua. La aeronave se encontraba volando sobre el Mar Caribe, y no sería antes de tres horas y media que estaría aterrizando en la pista del aeropuerto de Cali, en donde su padre la estaría esperando. Minutos más tarde, los letreros que recomendaban mantener puesto el cinturón de seguridad desaparecieron, tácitamente indicando que desde ese momento los pasajeros tenían la libertad para ponerse de pie y recorrer el avión. Sintió como su corazón se aceleraba nuevamente: en cualquier momento su borracho de la casa azul aparecería para conversar con ella y darle una segunda oportunidad. Sin embargo la que apareció primero fue una amable y sonriente azafata ofreciéndole una bebida y un paquete de maní. Le habló en español, pero cuando se dio cuenta de que Valérie no entendía, cambió a un inglés del que no se podría quejar ni el más exigente de los profesores de idiomas. La joven piloto pensó que era un inglés mucho mejor que el de ella, el cual había tenido que mejorar durante su curso de aviación, dado que las comunicaciones con los controladores aéreos se acostumbraban a realizar en ese idioma. Se tomó un jugo de mandarina mientras disfrutaba de su paquete de maní, y cuando le estaba dando el último sorbo a la deliciosa bebida, levantó la mirada para fijarse en un hombre alto con la cabeza rapada, y vestido con jeans oscuros y chaqueta de cuero negro, con un círculo rojo pegado a su espalda. El personaje le hizo recordar a los integrantes de los movimientos neo nazis que se empezaban a ver cada vez más. Sentía que realmente era una lástima que las autoridades dejaran que esa clase de movimientos de odio existieran en diferentes países. Era algo que definitivamente no iba con su manera de pensar. Se quedó mirando las aguas del Mar Caribe a la espera de que el borracho de la casa azul apareciera, y cuando menos se dio cuenta se quedó dormida. No supo cuánto tiempo había pasado, pero cuando despertó, gracias a las cosquillas que alguien le estaba haciendo en la planta del pie, vio la imagen de Iván, quien se encontraba de pie en el pasillo.
–¿Qué tal estaba estuvo tu sueño? –fueron sus palabras antes de fijar su mirada en las atractivas piernas de ella, las cuales impedían que se acomodara en una de las sillas.
–Delicioso –dijo ella estirando los brazos hacia arriba tratando de desperezarse, y tomando un sorbo de la bebida que había dejado sobre la mesita plegable de una de las sillas desocupadas–, pero no te quedes ahí parado –dijo ella devolviendo sus piernas al piso y abriendo campo suficiente para que Iván se sentara.
–Te cuento que ya estamos volando sobre Colombia, no creo que falten más de cuarenta y cinco minutos para llegar.
–Entonces me dormí por un buen rato…
–¿Si comiste?
–No, me imagino que la azafata no quiso despertarme…
–Lástima, estaba rico…, pero cuéntame, ¿qué fue lo que hiciste? –preguntó él mientras se acomodaba en la silla que daba contra el pasillo, dejando una silla vacía de por medio.
–¿A qué te refieres?
–Me dijiste que sí me habías buscado, pero yo nunca te vi… dijo él exponiendo una leve sonrisa.
–Ah, claro. No te imaginas… Quería visitarte y me fui hasta tu casa vestida como un ángel…
–¿Cómo un ángel?
–Bueno, más bien como tu angelita descalza… Vestida de blanco, con un lindo peinado, algo de maquillaje… y descalza.
–¿Te fuiste hasta mi casa descalza? –preguntó él, divertido.
–Sí, tomé el autobús, todo el mundo me miraba…
–Bueno, quién no miraría a una niña tan linda, y sobre todo descalza…
–Gracias… –dijo ella sintiendo como la emoción empezaba a llegar hasta lo más profundo de su ser–, pero imagínate que en el autobús rumbo a tu casa conocí a un amigo tuyo, a Eduardo.
–¡No lo puedo creer! ¡Que coincidencia!
–Se sentó al lado mío y me empezó a hablar, y minutos después descubrimos que los dos te conocíamos. No sé por qué, pero me dio confianza y terminé contándole lo que me había pasado contigo. Le dije que iba rumbo a tu casa para explicarte que yo no tenía nada con Steve y que mi deseo era arreglar las cosas. Él me escuchó y me dijo que precisamente iba para tu casa, que se iban a reunir contigo y Michelle para jugar monopolio…