Ella siempre vuelve

Ella siempre vuelve

Jugó a la ouija a los dieciocho años sin creer realmente en nada. No fue por valentía ni por curiosidad espiritual, sino por el simple aburrimiento de una noche cualquiera. Había alcohol barato y velas encendidas solo para crear ambiente. Cuando apoyó los dedos sobre el vaso, no esperaba que se moviera. Mucho menos que lo hiciera solo.

El vaso comenzó a deslizarse con lentitud sobre la tabla hasta detenerse en un nombre: Morgan.

—¿Quién sos? —preguntó él, con la voz más seria de lo que hubiera querido.

El vaso volvió a moverse.

—Morgan.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, aunque no fue miedo lo que lo invadió, sino una sensación extraña en el pecho, como si esa presencia lo hubiera estado esperando desde siempre.

—¿Qué querés de mí? —preguntó, sin apartar los dedos.

El vaso tembló levemente antes de responder:

—Quedarme.

Se rió nervioso, forzado. No quería creer lo que veía. Apagó las velas, guardó la tabla y se fue a dormir como si nada hubiera ocurrido.

Diez años después, a los veintiocho, se había convertido en un hombre oscuro y peligrosamente atractivo. Las mujeres se sentían atraídas por él, pero ninguna permanecía demasiado tiempo. Siempre ocurría algo difícil de explicar: ruidos inexplicables en el departamento, una sensación constante de ser observadas, sombras que no coincidían con la luz.

Una de ellas, pálida y con la voz temblorosa, le dijo una noche antes de irse:

—Había una mujer sentada en la esquina del cuarto. Nos estaba mirando... y sonreía.

No volvió a llamarlo.

Morgan apareció una madrugada sin hacer ruido. Él estaba en la cocina cuando levantó la vista y la vio sentada sobre la mesa, usando una de sus remeras, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.

—Tardaste —dijo ella, con una sonrisa lenta.

Él no gritó ni retrocedió. Nunca lo hacía.

—Sabía que ibas a volver —respondió.

Morgan inclinó la cabeza, observándolo con atención.

—Nunca me fui. Vos me invocaste.

—Era un juego —dijo él, intentando restarle importancia.

Ella se acercó despacio, hasta quedar demasiado cerca.

—Para mí fue una promesa.

Desde esa noche, dejó de estar solo. Cada vez que él se interesaba por otra mujer, Morgan aparecía de alguna forma. A veces visible; otras, como una voz suave y posesiva que se deslizaba en su oído.

—No es tuya —susurraba.
—No la mires así.
—Soy yo.

Intentó resistirse una sola vez. Aquella noche, la chica con la que estaba murió en un accidente absurdo; el auto se incendió sin explicación alguna. Cuando él regresó a su departamento, Morgan lo esperaba en la cama, tranquila, desnuda, como si nada hubiera ocurrido.

—No me obligues a ser cruel —le dijo, acariciándole el pecho—. Yo te amo.

Con el tiempo, dejó de luchar. Morgan se volvió más real, más presente, más humana. Una noche, agotado, se atrevió a preguntarle:

—¿Qué va a pasar cuando muera?

Ella apoyó la cabeza sobre su pecho, escuchando su corazón.

—No vas a morir.

—Todos mueren.

Morgan levantó la mirada, ofendida.

—No los que me pertenecen.

Un día, simplemente desapareció. Nadie volvió a verlo. El departamento quedó intacto: la cama tendida, dos copas de vino servidas sobre la mesa. En el espejo del baño, escrito con algo oscuro, alguien había dejado un mensaje:

¨Ahora somos eternos¨

Dicen que si hoy alguien juega a la ouija y pregunta por Morgan, ella responde. Pero nunca lo hace sola. Siempre escribe dos nombres.

M O R G A N y el nombre de su última presa.



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En el texto hay: seduccion, demonio

Editado: 21.01.2026

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