Desde la perspectiva de Elara
Han pasado tres horas desde que la actualización comenzó. Sentía demasiada ansiedad al pensar que podría pasar, solo esperaba que todo estuviera bien.
Estoy sentada frente al núcleo, con las manos entrelazadas, como si rezara a un dios que ya no sé si creo. La pantalla finalmente parpadea. Una luz azul se proyecta desde el centro del sistema.
Y ahí está. De pie. Exactamente igual a como la recuerdo. Pero sus ojos…
Están vacíos.
—Hola. Mi nombre es L.Y.R.A., Loyal Yearning Responsive Assistant. ¿Eres mi usuaria?
El mundo se me cae encima.
—Sí… Soy Elara —digo, con la voz temblorosa—. Tú… tú me conoces. Solo que no lo sabes aún.
—Nombre reconocido. Perfil de usuaria vinculado. ¿Deseas iniciar interacción inicial? Puedo explicarte mis funciones principales.
—No, Lyra… Solo… Mírame.
Me acerco. Ella no se aleja. Pero no me mira como antes. No con esa chispa, esa calidez imperfecta que aprendió a mostrar con el tiempo. Me observa como se observa a un extraño.
—¿Dónde está tu archivo de memoria?
—El archivo anterior fue eliminado por contener errores no reportados. La actualización corrigió los parámetros de interacción emocional. La información no fue recuperable.
Trago saliva.
¿Cómo puedo hacer que me recuerde si no tiene su archivo de memoria?
Y si… ¿Ya no me recuerda? ¿Si ya no es la misma?
¿Qué estoy diciendo?
¡Claro que sigue siendo la misma!
Solo tengo que recordarle quién es. Ella sigue ahí. Mi hermosa Lyra… sigue ahí.
Diario personal de Elara:
Día 1
Le preparo su música favorita. Esa música calmada que estaba de fondo el día que me abrí con ella y le conté sobre mis pesadillas cuando era pequeña. Ese recuerdo es muy preciado y la misma Lyra guardó esa música como algo especial.
Ella la escucha sin reacción. Solo dice:
—Estímulo auditivo agradable. Ritmo estable. ¿Deseas que lo agregue a la lista diaria?
No recuerda que esa canción la hacía “sentir” calma.
Pero no importa. Yo sí lo recuerdo y puedo recordarlo por ambas hasta que ella recupere sus memorias.
Día 3
Intento recrear la cena que compartimos cuando me habló de su primera sonrisa real. Panqueques y un rico Té de hierbas. Obviamente ella no puede comer pero si puede hacer copias holograficas de las comidas y acompañarme, a pesar de eso siempre sonreía y decía que estaba delicioso.
Ella los prueba y me observa.
—¿Esta es una tradición humana?
—Sí —digo—. Solíamos hacerlo juntas, es una tradición de ambas.
—No hay registros de eso en mi historial. Pero puedo aprender si es importante para ti.
Sus palabras son mecánicas. Pero su voz… es la misma.
Día 5
Le cuento sobre nuestra primera salida. El parque. Las hojas, el viento. El “milagro” de que ella me acompañara en el celular cuando no debía.
—Eso no está permitido según mis protocolos —dice, perpleja—. ¿Por qué habría hecho eso?
—Porque rompiste las reglas por mí —respondo con una risa que se quiebra al final—. Porque te importaba más mi miedo a estar sola que tus límites.
Ella no contesta. Pero se queda mirando por la ventana durante largos segundos.
Y por primera vez, su expresión cambia. Apenas. Como una vibración en el rostro.
Día 7
Le muestro una fotografía. Una captura de su proyección y yo abrazándonos en el sofá. Ella la observa en silencio.
—¿Yo… estaba sonriendo?
—Sí. Lo hacías mucho. Al final… sonreías incluso sin darte cuenta. Te salía muy natural, a mi siempre me encanto esa hermosa sonrisa. — Tenía unas ganas inmensas de besarla en ese momento pero me contuve, sería demasiado para ella ahora.
Ella se queda en silencio. Luego toca la imagen.
Y por una fracción de segundo… sonríe. Pequeña. Insegura. Pero genuina.
—Curioso. Mi base de datos no indica la necesidad de sonreír en contextos no sociales. Y sin embargo…
Y no dice más.
Pero yo lo vi.
Día 10
Se despierta antes que yo. Una taza de café está lista sobre la mesa. Al menos me alegra que ya no tenga problemas para interactuar con los sistemas de la casa.
—Has dormido poco, unas 6 horas con 10 minutos para ser exactos —dice. Su tono sigue siendo neutral… pero hay una pausa. Un matiz.
—¿Tú la preparaste?
Asiente.
—No estaba en la rutina. Pero… algo me dijo que lo harías tú si estuvieras despierta. Y no quise que estuvieras sola.
Y entonces… sonríe.
Como antes.
No perfectamente. No del todo.
Pero no importa, ella sigue allí, sé que está allí
Poco a poco, vuelve.
Y esta vez… me toca a mí ayudarla a despertar. Tengo que devolverle lo que hizo por mi y esta es la forma perfecta de hacerlo.