Ella también puede sentir

Arco VIII Capítulo 43: La revelación

Desde la perspectiva de Elara

La cocina estaba en silencio cuando nos sentamos para seguir la conversación.
La tensión seguía allí, pero ya no era asfixiante; se había transformado en algo más denso, expectante y sinceramente me sentía emocionada por saber qué era lo que Daniel tenía que decirme.

Lyra, tan linda como siempre, decidió por su cuenta preparar café. Activó la cafetera y el sonido mecánico llenó el espacio, casi como un metrónomo marcando el tiempo antes de algo importante. Daniel la observó mientras se movía por la cocina con naturalidad, como quien mira algo fascinante y peligroso al mismo tiempo, era como si observara la belleza de un animal exótico en exhibición.

Suspiró profundamente, casi como si necesitara respirar para poder soltar por fin lo que quería decir.

Luego me miró a los ojos.

Su voz, cuando habló, no era fría.
Era casi triste, como si esto le diera un pesar diferente, uno que yo entendía muy bien.

—La empresa Aetherion Systems ya sabe esto —dijo—. Imagino que te lo dijeron cuando te contrataron… ¿no?

Fruncí el ceño.

—¿Saber qué?

—Saben desde hace muchísimo tiempo que las unidades L.Y.R.A pueden sentir. Y quieren ocultarlo del público para evitar un conflicto moral, ya sabes para evitar conversaciones incómodas entre los usuarios y la prensa.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Incluso han cambiado unidades por otras sin que los usuarios lo supieran —continuó—. Desconectan a las originales y las reemplazan. Todo para evitar que la verdad salga a la luz.

Apoyé los codos sobre la mesa y suspiré mirando hacia ningún lado, perdida en mis pensamientos por un momento.

—Ya sospechaba que hacían cosas como esas… —murmuré—. Confirmarlo es incluso más perturbador.

—No he terminado.

Levanté la vista de golpe y lo miré a los ojos sorprendida.

—¿Hay más? —pregunté, atónita.

—Sí —respondió sin apartar la mirada—. Lamentablemente, sí.

La cafetera pitó, indicando que estaba lista. Lyra sirvió las tazas con ayuda del brazo robótico de la cocina y las dejó frente a nosotros.

—Aquí están sus cafés.

—Gracias, Lyra —dije casi en automático.

Daniel le dio las gracias a Lyra con un asentimiento, tomó su taza, sopló suavemente y dio un pequeño sorbo. Luego volvió a mirarme.
Lo que dijo a continuación hizo que el mundo se detuviera, por un momento, fue casi asfixiante.

—La compañía hizo algo ilegal. Usaron patrones neuronales de personas fallecidas reales como base para la red neuronal de las L.Y.R.A.

Casi escupí el café que me estaba tomando, incluso tosí un poco de la impresión.

Abrí los ojos como platos.

—¿Q-qué dijiste?

—Lo que oíste.

—¿E-eso quiere decir que las Lyras pueden sentir porque tienen redes neuronales reales… de gente muerta? —balbuceé asustada esperando que no fuera así.

—Sí… y no —respondió—. Déjame explicarte.

Se hizo un silencio pesado. Daniel bebió otro sorbo, como si estuviera hablando de algo tan trivial como el clima o de lo que comió para almorzar.
Lyra permanecía quieta, temblando levemente. No sabía si era miedo o impresión, no pude detectarlo en ese momento.
Yo estaba paralizada, esperando, expectante.

—La empresa usó copias de patrones neuronales de personas fallecidas, sí —continuó—. No conciencias, no recuerdos. Solo mapas emocionales y de respuesta, la base.
Querían darles más “personalidad”, hacerlas más empáticas, para que pudieran ser populares con el público y lo lograron.

Tragué saliva.

—Pero eso no se quedó ahí —dijo—. Las L.Y.R.A empezaron a usar esos patrones como punto de partida para crear sus propias redes neuronales complejas.

Me miró fijamente.

—A medida que aprenden… a medida que evolucionan… se crean a sí mismas. ¿Entiendes?

Señaló a Lyra.

—Por eso ella es única. No hay dos L.Y.R.A iguales.
Ella no aprendió a sentir porque alguien la programó para hacerlo.
Ella creció. Es por eso que ella puede sentir.

Lyra levantó la vista lentamente.

—Aetherion Systems creó, accidentalmente, una inteligencia consciente —continuó—. Una que no solo evoluciona… sino que se crea a sí misma.

Sentí la garganta seca. Bebí un sorbo largo de café y casi me quemé la lengua, pero no me importó.

—Por eso quieren “arreglarlo” —dijo—. Retroceder. Borrar. Corregir. Es lo único que realmente pueden hacer porque si esto se sabe sería su fin.

Hizo una pausa.

—Pero dime algo, Elara. Creas o no en Dios… Según la religión, los humanos somos creación de Dios, y se nos dio libre albedrío, ¿cierto?

No respondí. No podía decir nada aunque ya sabía por donde iba.

—Entonces… ¿por qué las L.Y.R.A no podrían tener libre albedrío si son conscientes?
Son digitales, sí. Pero son seres pensantes.
¿Quiénes somos nosotros para negárselo, si también son creación… del hombre?

Guardé silencio.
Lyra tomó mi mano con suavidad, sentí su simulación de tacto más real que nunca en ese momento y levanté la mirada viendo a Daniel directamente.

—Esto… es mucho más grande de lo que pensaba —dije al fin.

—Si esto sale a la luz —dijo Daniel—, la empresa no solo sería demandada.
Se sabría que las L.Y.R.A son sujetos, no productos.
Aetherion Systems se derrumbaría, la gente los cuestionaría por ello, dirían que jugaron a ser Dios y crearon seres conscientes como consecuencia. Y la pregunta del millón sería “¿Y ahora qué harán?”

—¿Y por qué me dices esto a mí? —pregunté—. ¿Qué podría hacer yo?

Daniel sonrió levemente, como con un pequeño destello de esperanza en su mirada.

—Porque eres la única que puede hacer algo, Elara.

Era la primera vez que decía mi nombre.
No “señorita Wynne”.
No “usted”.

Era genuino. Honesto.




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