"Ella" y ella

Capítulo 3

Ashley

Después de maldecir todo el viaje a New Jersey, encontrarnos solitarias en la calle a oscuras con un ladrón; eso no fue lo peor, sino la llegada a esta casa pequeña, con colores marfil y esmeraldas en sus paredes. Eso sí, era reluciente y ordenada; tal vez la señora Delia tenía buen gusto.

Mi admiración por la arquitectura terminó al escuchar que fue “ella” quien decidió los colores: ese disfrazado de mujer, con cabello castaño y ojos verdes. No puede ser, incluso cuidaba mejor su… es una peluca, incluso una peluca tenía mejores cuidados que yo.

Me miraba como bobo ¿tuvo miedo que le hiciera algo malo? Es una tontería, no lo haría – a menos que tenga motivos – Delia… que hermosura su cabello, ondulado casi llegando a rubio. Me distraje. Pedí que repitiera lo dicho y me congelé.

—Lamento no poder darles más espacio, pero en la casa solo hay dos habitaciones. —Levanté la mano para contestarle, siempre ser educado.

—¿Entonces dormiremos en la sala? —cuestioné con ingenuidad. Eso me pasó por hablar.

—¡No! ¿Cómo voy a dejar que mis invitadas duerman en la sala? —se rió con suavidad inclinándose la taza de té. —Mercedes dormirá en mi habitación y tú dormirás en la habitación de Ariel.

—¿Ustedes dormirán en la sala? —cielos, creo que todos querían callarme con mis preguntas. No pasaba nada si uno pregunta. Mi mamá me contestó, como quien decía que luego me daría un manazo. No lo ha hecho desde que era pequeña… qué puedo decir, así son las madres.

—Compartiremos habitaciones. No vamos a desplazarlos de sus lugares. —Ariel y yo gritamos al mismo tiempo. Eso significaba que compartiríamos cuarto. El peor día de mi vida hasta ahora.

Delia nos llevó a la habitación de él. De lejos vi como Ariel le susurró algo a su madre. No tengo idea… ¿será que no lo sabía? Bueno, tampoco me interesaba conocer su opinión.

Ariel abrió la puerta de mala gana. ¿Qué esconderá en esa pocilga? No, me equivoqué, era un cuarto más precioso que el mío: pósteres de cantantes, reguetón, le luce rosa pastel de Benalova y las paredes lila. ¡Qué horror! Al menos tenía color, no como el mío. Un buen cambio.

—¡¿Una sola habitación?! —exclamé admirada por el lugar.

—Y una sola cama. —respondió él, imitándome la voz. Yo no sueno chillona, no soy fresa.

—Esto no es wattpad. —wow, las primeras palabras que se me ocurrieron. —¡Disculpe! —Le pregunté a Delia. —¿Y mi cama? —la señora se estremeció, sí, no compraron camas. A nadie se le ocurrió.

—Bueno…

—¡Lo siento hija! —interrumpió mi mamá. —No teníamos para comprar una cama medio decente, pero puedes dormir con Ariel. —ambos nos vimos como si hubiésemos visto un fantasma. De cerca vi como tragó saliva y lo ocultó. ¡Qué asco! Hombre tenía que ser.

—¡Tranquila, no te morderá! —dijo Delia. Y mi mamá añadió para él.

—¡Tranquilo, no te hará nada! —que gran alivio… y a eso me refiero que no.

—Ashley. —me dijo la señora. Continuaba fascinada por su cabello, pero otra historia. —Además, Ariel no puede hacerte nada indecente.

Lo dudaba mucho. Estremecí el ceño al verlo. Más le vale. La policía ampara a las mujeres, a veces, pero tendría pruebas si intentaba aunque sea tocarme.

Las mamás bajaron para comer una tarta que hizo Delia, la señora obligó al ojos verdes – que eran hipnotizantes- a ayudarme. Yo podía sola. Llevé mi maleta a la cama, era cómoda; seguro dormía como bebé. Eso explica su piel cuidada. La mía es más seca que el desierto. La crema no ayudaba.

Saqué mi ropa interior, sonrojada. Él se recostó en la viga de la puerta. No me iba a robar nada. Me veía y sus ojos me querían matar – y no es exageración—. Curvó un poco la sonrisa e indicó:

—Incluso mis senos son más grandes que los tuyos. — su exclamación si me exaltó ¿cómo se atrevió a hablarme así? Mis piernas temblaron de rabia. Un hombre no me daría sermones sobre mi cuerpo. Mas, era cierto. Era alto comparado con mis poderosos ciento sesenta. Él no pasaba de los ochenta y cinco. Tal vez, uno ochenta. Mi vista se cruzó con su torso. ¿Por qué me pasa esto a mí? Tenía más que yo.

—¡Eres un pervertido! Deja de ver mi ropa que es privada.

—No vi nada. —exclamó, cuando ya vio unos de hello Kitty. Me las pagaría.

—Te creo. —le dirigí con sarcasmo —Aquí van las reglas… —Ariel soltó una carcajada al cielo. No tenía respeto cuando una mujer hablaba.

—Es mi casa y mis reglas. —entrecerré los ojos. —Yo doy las reglas. La parte derecha es mía.

—¿Está? —señalé donde estaba mi maleta.

—Mi derecha. —remarcó. Cada vez que hablaba se me revolvía el estómago. Su tono sonaba varonil, y otras veces con la suavidad de la voz femenina. –Ahora, ni se te ocurra abrazarme. —exclamó con seriedad.

—¿Por qué lo haría? —pregunté con repulsión.

—Espero que no ronques ni hables dormida.

—No hago eso. —o tal vez sí, quien sabe.

—¿Quisieras que te escuchara mencionar que tu ex te puso los cuernos? —me reí con sarcasmo.

—Ni siquiera he tenido novio, y ya hasta piensas que me engañaron.

—¡Pobre!

—¡Cállate! Que seguro ni tú has tenido pareja. —lo deje callado. Punto para mí.

—Y no creas que me tentarás durmiendo cerca de mí. No eres mi tipo. —se me resaltó una vena ¿pues quién se creía?

—Ni que me gustaras.

—Bueno como dice mi mamá: el diablo sólo hace de las suyas. —Me quedé seria, por favor, ni que fuera tan guapo para volverme loca. —En mi hora del baño no entres. ¿Entendido?

—¿Tienes miedo de que te la mire chiquita? –pregunté sin filtro. Ese fue un auto gol, pero funcionó. Saltó de nervios. Aunque con semejante cuerpo no creo… ¿Por qué me preocupo por eso? Como sea, lo enojé. Volví a acomodar mi ropa y sentí sus enormes pasos viniendo a mí. Me tomó con fuerza de las muñecas y mi camisa blanca cayó al suelo.

–Espero que hayas entendido las reglas, enana. —me retó con arrogancia. Intenté soltarme. Sus manos se veían delicadas. Me equivoque. Sonreí sin contestar. No se atrevería a hacerle daño a una mujer o eso digo yo. — ¿lo entiendes? —volvió a preguntar. Rodé los ojos. Si no contestaba no me dejaría en paz. Con el ceño fruncido, respondí:



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En el texto hay: humor, lgtbq+, romance +16

Editado: 05.01.2026

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