Ashley
Lo admito, los pancakes de Delia eran deliciosos, con una textura suave y la miel. –¡Oh, Dios!– la mejor que había probado, la dulzura se mezclaba en todos los sentidos. Mi emoción terminó cuando vi bajar a cierta persona. Saludó a su mamá y a la mía. A mí me ignoró. ¿Y este?
No le di vueltas al asunto, era un engreído, orgulloso y no tenía ningún interés en conocerle. Pude ver como me observaba de reojo llevándose la taza de té a la boca. Por el contrario, yo tomaba café, primer interés que no teníamos en común.
A decir verdad, no había nada que nos hiciera empatizar entre sí: le gustaba el maquillaje, los colores pasteles, el reguetón. ¿Cómo puede escuchar canciones en español? Juraba qué escuchaba Taylor Swift. En fin, no debería pensar en ello.
La voz de Delia interrumpió mis pensamientos, y al parecer los de Ariel también.
—Ariel. Ten mucho cuidado cuando vayan a la universidad. —repliqué a la señora dejando el tenedor en la mesa de alabastro.
—¿Es qué tengo que ir con él?
—Tranquila, puedes ir sola, pero te digo que esta ciudad es peligrosa. —Ariel me indicó esbozando una sonrisa. Algo no estaba bien en su gesto.
—Pues, me voy sola y ya. —ataqué con desdén.
—Bien, porque tienes que tomar dos trenes, caminar como veinte kilómetros y los perros te pueden morder…
—¡Ariel! —replicó su madre. —No le digas eso, sabes muy bien que la universidad esta cerca. ¡No exageres!
Él se echó a reír, no me engaña, se enojó, la sien lo delató; era obvio que no quería ir conmigo, ni yo tampoco.
Después de la comida, las madres ganaron; la mía me obligó, quiso que conectara con Ariel, que fuéramos amigos. —Ni loca.— Caminé al lado de él porque no conocía el camino, cuando lo conozca no necesitaré de él.
De reojo, vi que se burlaba de mí, esa mirada no me gustaba. Cuando yo volteaba, él también y “admiraba” la ciudad, ese lugar no tenía nada admirable. Me llamó por ese terrible apodo, creí que lo superó.
—¡Hey, enana! Así que estudias lo mismo que yo. ¿Por qué? —de cualquier pregunta rara, no se porque hizo esa.
—¿Qué te importa? Si me gusta la contabilidad, no es mi culpa. Tampoco es que te persiga.
—¡Auch! Creí que te agradaba. —me burlé soltando carcajadas al cielo.
—¿Tú?¿Agradarme? Por favor. —me dolió el estómago de tanto reír. —¡Jamás!
Continuamos el trayecto en silencio. Después de medía hora sin que ninguno soltara una palabra, arribamos a la universidad. Un enorme edificio no tan futurista, de color alabastro, ventanas que reflejadas con el cielo eran preciosas y su entrada verde con un camino lleno de maceteros.
Apreté los nudillos antes de preguntarle algo a Ariel, se que me arrepentiría pero quería aclararlo, vestirse de mujer no era normal, no para un chico que por el exterior podría participar en boxeo o posar en una revista de play boy. —¿Qué estoy pensando?— fuera a esos pensamientos, sacudí la cabeza. Pero si dejara el maquillaje atrás, sus atributos resaltarían.
—¿Por qué...? —sin palabras. —¿Porqué te vistes así?
Por poco creí que mis palabras soltaban veneno, me equivoqué, por primera vez le di un tono calmado, amistoso y… ¿Qué hizo él?...
—Llegamos a la escuela, esas preguntas para después y… —su voz se pausó cuando vio el suelo por unos milisegundos, esbozó una sonrisa de burla. —¡Cuidado con el charco! —cubría toda la pasada. Cruzó el agua y los brazos se los llevó al pecho, no eran las horas de penitencia, por lo menos no ahora. —Se que no te interesa lucir bien, pero no entres mojada al salón. — arqueé una ceja, mi tono amable, adiós, se rio de mí.
—Eso no tiene nada que ver.
—La estética es importante. —alzó la voz, noté que no lo quiso hacer, sacudió su cabeza un instante después de su frase. —Pero sí, uno tiene que estar presentable o jamás te aceptarán en un trabajo.
Caminó y no dije nada. Los salones llenos de bullicio eran insufribles, por lo menos el pasillo estaba limpio. Fruncí el ceño todo el trayecto. Aires de superioridad, ropa de diseñador, por favor, no es mister universe. Caminaba como una diva con su bolso llevado con elegancia, sin duda algo que jamás haría yo.
No tenía nada de malo mi ropa que en preparatoria me llamaban otaku. Mis pantalones para tienda no son burla, menos mi suéter que apoyaba al América, el equipo de fútbol de México. No sólo llevaba de eso, mi vestimenta variaba de colores. Tenían razón, mis ropas son extrañas, aún recuerdo cuando se burlaron de mis dibujos.
— ¿Qué es esto? —dijo una chica de melena rubia y porte de reina del baile arrebatándome mi cuaderno.
—Dámelo. —le supliqué. ¿Qué podía hacer? Ella era demasiado alta para mí, saber que le dieron de comer cuando era una niña. Como sea, ante esa persona era difícil.
—Sigues dibujando esos monos chinos. —se echó a reír y me lanzó el cuaderno a la cara. —Por eso jamás consigues amigos y mucho menos novio. —apreté mis dibujos contra mi pecho y vociferé con una voz quebradiza.
—Por lo menos no estoy en la cama con el primer chico que se me cruza. Un día de estos te enfermarás o quedarás embarazada.
Salí del salón con sollozos que no podía ocultar. Todos mis días en la escuela fueron terribles. Tal como predije, se embarazó y abortó, no soy quien para juzgar, pero jamás haría eso.
Volví al presente. No me di cuenta en el momento que a Ariel se le borró la sonrisa; no lloré, claro que no, o tal vez observó como mis ojos se tornaron vidriosos. No preguntó nada y yo tampoco.
El salón de contabilidad estaba repleto de gente, parecía un atalaya, distintos tonos de piel, todos hablaban inglés. Agradecida con mi madre que me enseñó el idioma desde pequeña. Los asientos eran de madera de pino y metal. Con miles de fórmulas y números por todos lados que me mareé.
Ariel se dirigió con dos chicas. ¿Eran sus amigas? Era probable, no creo que tenga novia o novio, no quiero pensar en ello. Solo sentí como el corazón me dio un vuelco, todos me observaron y no con buena intención, mis piernas temblaron, la universidad podría ser cruel, conmigo más.