Me despierto cuando se enciende la alarma y, sin llegar a abrir del todo los ojos, extiendo el brazo hacia el teléfono para desactivarla. Cuando lo consigo, el celular vibra todavía durante un segundo más sobre la mesa de luz, antes de calmarse. Afuera ya hay ruido, como de costumbre.
Me levanto sin apuro. Me visto, me ato el pelo frente al espejo y bajo a la cocina. Es uno de esos días que se siente como cualquier otro: las mismas rutinas, horarios más o menos definidos, y un montón de cosas por hacer para no pensar demasiado.
Hace poco terminé la secundaria y los días empezaron a mezclarse entre sí. Entrenar, pasar tiempo con mis amigos, y regresar a casa agotada. La vida sigue su curso, aunque a veces no lo parezca.
Ese día la casa está distinta.
Es el cumpleaños de mamá y hay más movimiento de lo normal. Voces, risas, gente entrando y saliendo, música que alguien sube sin preguntar.
Veo a mamá sentada en una de las sillas del living, hablando con una de mis tías. Tiene una sonrisa tranquila, de esas que solo le salen cuando está cómoda. Me acerco y me inclino un poco para saludarla.
—Feliz cumpleaños —le digo, dándole un beso en la mejilla.
—Gracias, amor —responde, llevándose una mano al pecho— ¿Dormiste bien?
—Sí —miento un poco—. Más o menos.
Se ríe suave, como si ya supiera la respuesta. Mi tía me mira de arriba abajo y comenta algo sobre lo grande que estoy, sobre lo rápido que pasa el tiempo. Asiento, sonrío, digo que sí a todo. Mamá me toma la mano un segundo.
—Después ayúdame con la torta, ¿sí?
—Vale —le digo—. Avísame.
Me alejo despacio, como si no hubiera apuro por ir a ningún lado.
Me dirijo a la cocina. Ahí está mi abuela, apoyada en la mesada, y mi hermano menor dando vueltas a su alrededor sin parar. Tiene diez años y una energía que parece no agotarse nunca.
—¿Ya saludaste a mamá? —me pregunta mi abuela sin mirarme, concentrada en lo que está preparando.
—Sí, recién —respondo, agarrando un vaso de agua—. Está contenta.
Mi hermano me tira del buzo.
—¿Cuándo comemos la torta?
—Después —le digo— Aun falta todavía.
Hace una mueca exagerada y vuelve a alejarse corriendo hacia el living. Mi abuela sonríe apenas.
Vivo con ella desde siempre, o al menos así se siente. Mamá se mudó cuando yo tenía trece y, desde entonces, esta casa quedó siendo la mía. Hoy estamos festejando su cumpleaños acá, todos juntos, como si nada hubiera cambiado demasiado con los años.
—¿Vas a entrenar hoy? —me pregunta mi abuela.
—No lo sé —digo— Capaz más tarde.
Asiente, como si no necesitara más explicaciones. En esta casa nadie las pide.
Me quedo un momento más en la cocina, escuchando el ruido de fondo, las voces mezcladas, la sensación de estar en un lugar conocido.
Ayudo un rato más en la cocina. Alcanzo platos, corro cosas de lugar, intento no estorbar demasiado. Paso un par de cosas a la mesa y mi abuela me agradece con un gesto, sin decir nada. Mi hermano sigue dando vueltas, preguntando lo mismo de siempre.
Cuando ya no hay mucho más para hacer, me voy al cuarto.
No es escaparme del todo, es solo tomar aire. Entro, cierro la puerta y dejo el ruido de la casa del otro lado. El celular está sobre la mesita de luz, donde lo dejé a la mañana. Me siento en la cama y lo agarro recién ahí.
Le escribo a uno de mis mejores amigos.
—¿Mañana hacemos algo? —tecleo sin pensarlo mucho.
Dejo el celular sobre la cama y me quedo mirando el techo. No pasa ni un minuto cuando vibra.
—¿Y hoy? —responde— Me puedo escapar un rato.
Sonrío.
—Dale. Paso un rato y vuelvo, nos vemos en el lugar de siempre-
Me cambio rápido, aviso en la cocina que salgo un momento y prometo no tardar. Nadie pregunta demasiado. Salgo de casa con las llaves en la mano y el ruido del cumpleaños quedándose atrás.
Ángel es mi mejor amigo desde que tengo memoria. Nos conocimos en el jardín y, por alguna razón, nos odiábamos. Todo cambió el día que los dos terminamos en detención y no nos quedó otra que hablar. Desde entonces somos casi inseparables.
Cuando estoy llegando a "Livres et Café" ya siento que el cuerpo se me afloja un poco. Es una mezcla entre librería y cafetería, uno de mis lugares favoritos. La música clásica suena siempre bajito, los aromas de los libros se mezclan con el café recién hecho y la gente habla en voz baja, como si nadie quisiera romper el clima. Este lugar es mi refugio, el espacio que me aísla del mundo real.
—Ey, Lyrahi, ¿la mesa de siempre? —escucho decir apenas entro.
Lucas, uno de los empleados. Lo conocí a los pocos días de haber descubierto este lugar.
—Esta vez no, Lu. Estoy esperando a Ángel, así que una mesa para dos, porfis —le digo.
—Claro, señorita, sígueme —responde con una sonrisa amplia.
Lucas es un poco más alto que yo. Tiene el pelo rubio, usa anteojos y sus ojos son una mezcla de verde y marrón, de esos colores que cambian según la luz. La piel pálida, y unas ojeras suaves que solo se notan si uno se fija bien.
Me guía hasta una mesa cerca de la ventana. Me siento y dejo el bolso a un costado, mirando alrededor como si el lugar no me resultara familiar, aunque lo sea. Respiro hondo. Afuera el día sigue, pero acá adentro el tiempo parece moverse distinto.
Estoy distraída mirando por la ventana cuando siento que la silla de enfrente mio se mueve.
—¿Llegué tarde? —pregunta.
Levanto la vista y ahí está. Ángel tiene el pelo un poco despeinado y la campera colgándole de un hombro, como siempre. Sonríe apenas, esa sonrisa que no necesita explicarse.
—Cinco minutos —le digo— Récord.
—Milagro —responde, sentándose— ¿Qué pediste?
—Nada todavía. Te estaba esperando.
Hace un gesto exagerado de agradecimiento y llama a Lucas con la mano. Pedimos lo de siempre, sin mirar la carta. Hay una comodidad en eso, en no tener que decidir.
Editado: 03.02.2026