La victoria efímera sobre el portal dejó un eco de agotamiento y preocupación en el orfanato. Vaiolet, Ethan y el Padre Adrián sabían que la oscuridad no se había rendido, sino que acechaba en las sombras, buscando una nueva oportunidad para atacar. La calma era una ilusión, una pausa tensa en una guerra que se libraba en un plano invisible.
—Debemos entender sus intenciones —dijo Vaiolet, su voz resonando con determinación—. ¿Por qué intentan abrir el portal? ¿Qué buscan en nuestro mundo?
—Quizás buscan expandir su territorio, alimentarse de nuestra energía vital —sugirió el Padre Adrián, su mirada reflejando la sabiduría de quien ha estudiado las sombras—. O tal vez buscan algo más específico, un objeto, una persona...
—O un conocimiento —interrumpió Ethan, su mirada fija en el espejo, un portal inactivo que aún irradiaba una tenue luz azulada—. El lenguaje de las sombras, los conjuros ancestrales... tal vez eso es lo que buscan.
La idea resonó con lógica. La oscuridad, sedienta de poder, podría estar buscando el conocimiento prohibido que Vaiolet había heredado de su madre, las palabras que podían abrir o cerrar las puertas entre los mundos.
—Debemos proteger ese conocimiento —dijo Vaiolet, su voz resonando con una nueva convicción—. No podemos permitir que caiga en sus manos.
—Pero, ¿cómo podemos defendernos de algo que no entendemos? —preguntó Ethan, con frustración—. Son como fantasmas, sombras que se mueven a voluntad.
—Debemos aprender más sobre ellos —dijo el Padre Adrián—. Debemos estudiar sus debilidades, sus fortalezas, sus patrones de comportamiento.
La idea de estudiar a la oscuridad era aterradora, pero necesaria. Vaiolet recordó las palabras de su madre: "Conoce a tu enemigo". Para vencer a la oscuridad, debían comprenderla.
—Usaremos el espejo —dijo Vaiolet, su voz resonando con determinación—. Debemos comunicarnos con ellos, interrogarlos, descubrir sus secretos.
—¿Estás segura de que es una buena idea? —preguntó Ethan, con duda—. ¿Y si nos tienden una trampa?
—Es un riesgo que debemos correr —respondió Vaiolet—. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras la oscuridad nos rodea. Debemos enfrentarla, aunque tengamos que adentrarnos en su propio territorio.
Vaiolet se acercó al espejo, sosteniendo el colgante en su mano. La luz azulada del colgante brilló con intensidad, activando el portal. La superficie del espejo comenzó a vibrar, reflejando un mundo de sombras y oscuridad, un abismo que los atraía con su promesa de conocimiento y peligro.
—Estamos listos —dijo Vaiolet, mirando a Ethan y al Padre Adrián—. Vamos a interrogarlos.
Al cruzar el portal, se encontraron en un mundo de sombras y niebla, un paisaje desolado donde la oscuridad era la única constante. Figuras sombrías se deslizaban entre la niebla, observándolos con ojos rojos y brillantes.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Vaiolet, su voz resonando con firmeza.
Las figuras sombrías respondieron con un coro de susurros distorsionados, un lenguaje que resonaba con un poder ancestral.
—Somos los guardianes de la oscuridad —dijo una voz, emergiendo de la niebla—. Hemos venido a reclamar lo que nos pertenece.
—¿Qué es lo que buscan? —preguntó Vaiolet, intentando mantener la calma.
—El conocimiento —respondió la voz—. El poder para abrir las puertas entre los mundos.
—No se lo daremos —dijo Vaiolet, levantando el colgante en alto.
La luz azulada del colgante brilló con intensidad, repeliendo a las figuras sombrías. Estas retrocedieron, gruñendo con frustración.
—No pueden detenernos —dijo la voz—. La oscuridad siempre encuentra una manera de regresar.
—Entonces lucharemos —dijo Vaiolet, su voz resonando con una nueva convicción—. Lucharemos hasta el final.
La batalla comenzó. Vaiolet, Ethan y el Padre Adrián lucharon contra las figuras sombrías, usando la luz del colgante para repeler la oscuridad. Pero las sombras eran numerosas, y la oscuridad parecía interminable.
De repente, una figura emergió de la niebla, una sombra más grande y poderosa que las demás. Sus ojos brillaban con una luz roja intensa, su rostro contorsionado en una mueca de odio.
—Soy el Maestro de las Sombras —dijo la figura, su voz resonando con un poder aterrador—. Y ustedes no son rival para mí.
El Maestro de las Sombras lanzó un ataque de energía oscura, golpeando a Vaiolet y a sus compañeros. La luz azulada del colgante se debilitó, y la oscuridad comenzó a envolverlos.
—¡No podemos rendirnos! —gritó Vaiolet, intentando reunir sus fuerzas.
Con un último esfuerzo, Vaiolet levantó el colgante y recitó un conjuro ancestral, un conjuro que resonaba con un poder inimaginable. La luz azulada del colgante brilló con una intensidad cegadora, repeliendo al Maestro de las Sombras y a sus secuaces.
El mundo de las sombras comenzó a desvanecerse, y Vaiolet y sus compañeros se encontraron de vuelta en el orfanato, frente al espejo inactivo.
—Lo hicimos —susurró Vaiolet, con lágrimas en los ojos—. Los repelimos.
—Pero no para siempre —respondió el Padre Adrián, con el rostro preocupado—. La oscuridad siempre encuentra una manera de regresar.
Vaiolet asintió, mirando el espejo, un portal inactivo que aún irradiaba una tenue luz azulada. Sabía que la batalla contra la oscuridad estaba lejos de terminar. Pero también sabía que no estaban solos. Tenían el conocimiento, la valentía y la determinación para enfrentar la oscuridad, para proteger su mundo de las sombras.
Editado: 08.04.2025