Ellos Mienten

⚡ CAPITULO 5

Melquisedec apareció en el umbral de la cocina, con el aire de quien cree que el mundo entero debe girar a su alrededor.

Se detuvo allí, apoyado contra el marco de la puerta, observando con una media sonrisa y los brazos cruzados. El olor del caldo aún flotaba en el aire, cálido y reconfortante, contrastando con la frialdad de su presencia.

—Veo que no soy tan bienvenido aquí, así que solo diré… gracias a quien haya preparado la cena. Me ha hecho la noche. —dijo con falsa humildad, mostrando su dentadura blanca y perfecta como una declaración de superioridad.

Bere y la otra cocinera, a pesar de su incomodidad, no pudieron evitar sonreír. La belleza de Melquisedec era magnética, peligrosa… y lo sabía.

Lorena, desde su rincón, miraba a su padre. No sabía si reír por la tensión absurda o llorar por la forma en que Eladio apretaba los labios, conteniéndose.
Eladio no respondió, solo afirmó con la cabeza, sin borrar el gesto adusto de su rostro. Sabía muy bien que Melquisedec no daba las gracias… a menos que tuviera un propósito.

El hombre, antes de retirarse, se permitió una última mirada a Lorena.
Sus ojos se detuvieron unos segundos más de lo normal. Había algo en ella… algo que le recordaba a Rebecca.

Suspiró sin darse cuenta.
La culpa —si acaso aún tenía conciencia— le atravesó como una sombra. No por él. No por lo que él había hecho, sino por lo que su hermano Michael le había hecho a esa pobre chica.
Michael… el más desquiciado de los Bennett.
Obsesivo, posesivo… y, lo peor, sin límites.
Ni él, que también compartía una fijación oscura, había llegado tan lejos.

—¿Y bien, algo más, joven? —la voz de Eladio lo sacó de su breve trance.

—Nada, señor Eladio. —respondió con una ligera reverencia burlona antes de girarse sobre sus talones y salir de la cocina.

Cerca de la entrada principal se topó con los gemelos: Raven y Renato, idénticos por fuera, pero cada uno un desastre diferente por dentro.

—¿A dónde van? ¿Alguna fiesta y no soy invitado? —preguntó con tono socarrón.

—Solo nos vamos a la cabaña de la residencia. Queremos privacidad. —respondió Raven, sonriendo como si ocultara algo.

—¿En serio, hermano? Pensé que ya habían dejado eso atrás. —Melquisedec se cruzó de brazos, sabiendo bien a qué se refería.

—Nosotros también pensamos eso de ti. —intervino Raven con un dejo de sarcasmo—. Pensándolo bien, lo que Renato y yo hacemos no infringe la ley… pero lo tuyo…

Renato soltó una carcajada al ver cómo la tensión crecía entre sus hermanos.

—Por lo menos yo no mato por celos. Yo elimino la maleza de Georgia. Ustedes… ustedes son la maleza.

—Ay, querido hermanito... esta raíz podrida te va a acompañar hasta el final de tu puta vida. —susurró Raven al oído, con una sonrisa venenosa.

Renato lo tomó de la mano, y como siempre, los gemelos se alejaron caminando juntos, con esa relación retorcida que nadie en la mansión se atrevía a comentar.

Melquisedec los observó desaparecer con una mueca de desprecio.

—Hablando de raíces podridas… —murmuró al ver entrar a Malkier, el otro hermano, con una mujer abrazada a la cintura.

—¿Envidia, hermano? —preguntó Malkier justo antes de besar apasionadamente a la chica frente a él.

Melquisedec ladeó la cabeza, evaluándola. Era hermosa, sí. Cabello rubio, casi blanco, y ojos que contrastaban con el maquillaje oscuro. Parecía una figura de porcelana maldita.

—Es guapa… su cabello con copos de nieve le da un aire elegante… pero no. Tengo cosas mejores que envidiar. Además… no durará mucho.

Y sin decir más, subió las escaleras hacia su habitación.
Al llegar, cerró con llave. Se dejó caer boca arriba sobre la cama y suspiró.

Él y Michael compartían una obsesión.
La misma chica.
La misma sangre.
La misma hambre.
Y en su mente solo había una pregunta:

¿Quién tendría su piel primero?




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