Ellos no tienen sombra

Capítulo VI: El desenlace

La Colonia estaba tan desolada como el pueblo de Sinderwhare o la carretera. Mi tienda se levantaba en la distancia evocando desde su interior una voz que para mí era inconfundible.
—¡Mamá!
—Matthy —tenía el inhalador impreso contra la palma de mi mano—, aguanta, hijo, ya voy.
Comencé a correr, guiada por el desesperado anhelo de tenerlo entre mis brazos. Mis pies se movían con una agilidad sobrenatural, como si flotara sobre la grava en vez de correr.
—¡Mamá! —Su grito dominaba el silencio de la noche a la vez que la tienda se hacía más pequeña o más bien se alejaba de mí.
—¡Mamá!
—¡Aguanta, cariño, ya llego!
Y la tienda continuaba encogiéndose a cada paso que daba, mientras que la voz de Matthy sonaba como un disparo en mi cabeza.
“¡Ayuda!” comenzó a graznear otra voz difusa en la distancia.
—¡No!
“0045, aquí 0045”. Ahora la de Eddie se presentaba como un eco profundo, uno que salía de mí y se disipaba en el aire a la vez que la tienda seguía alejándose. —¡Ahora no, Eddie, mi hijo, quiero ver a mi hijo!
—¡Mamá! —La voz de Matthy adquirió un tono distante y disonante, opacada por las otras voces que repetían sus frases como si fueran una rueda en mi cabeza.
—¡No, no te alejes, ya mamá llega!.
En la distancia, el cielo se tornó rojizo y comenzaron a llover máquinas metálicas de entre las nubes. Cúmulos de fuego en forma de hongos se levantaban tras una serie de “bombs” dispersos por el mundo y la banda de voces continuaba taladrando en mi cabeza al ritmo de las explosiones.
“H…i…jo…” Se unió la forastera sosteniendo sobre su pecho el cadáver de su hijo.
“Eres una exploradora, ¿no?”, también lo hizo la voz Bill, que me observaba rizándose la barba y riendo con su particular mueca conciliadora.
“¿Puedo dispararle yo?”, ahora la de Luke.
Mientras tanto, la voz de Matthy se había difuminado más y más, hasta convertirse en silbido distante de pulmones enfermos.
—¡Matthy, háblame, mi niño, háblame!

PUFF!

De pronto, un sonido inconfundible me arrebató de aquella carrera; quedé estancada en un vacío oscuro mientras escuchaba voces incomprensibles provenientes de los confines del silencio.
—¿Matthy… ¿Eddie?

¡PUFF!

De nuevo el mismo sonido. Intenté avanzar, pero mi cuerpo estaba sujeto a una realidad que no tardaría mucho en salir a la luz. Las voces se acentuaron y la oscuridad se fue disipando poco a poco. Pronto dejó de haber vacío y los colores difusos del mundo bombardearon mis ojos.

—¿Para qué servirá esta cosa? —dijo una voz jovial tan parecida a la de Matthew. Lo busqué ante la presencia de manchones blancos con esbeltez humana que había al frente de mí. El sonido de antes volvió y esta vez con mucha más fuerza.

¡PUFF!

Al toque de unos cuantos parpadeos y una sacudida de cabeza, mis ojos comenzaron a recuperarse. Pronto pude ver delante de mí a… ¿Matthy presionando el inhalador?
—Suelta un aire muy frío —dijo él, dando otro apretón al botón del albuterol, apoyando la boca del plástico a su brazo.
—¿Matthy? —mi voz salió disparada por el peso del desconcierto. No pasó mucho para que mi mente se ajustara a la realidad y me diera cuenta de que aquel no se trataba de mi hijo; era Luke.
—Por fin despertaste, Cazadora —dijo una voz marchitada a mi derecha. Estaba empapado, con las ropas adheridas al cuerpo. —Después de todo, y tienes suerte, ¿sabes?, parece que esa cosa todavía funciona.
Volví mi mirada a Luke, que agitaba frenéticamente el inhalador para luego presionarlo. Él también estaba empapado, con el pelo casi ocultándole los ojos.
Sobre sus pies descansaba mi mochila, el rifle y el trozo de carne que había llevado durante todo el viaje dentro de mi chaqueta.
Bill, por su parte, hizo un gesto y dos de sus hijos me tomaron de los brazos y me obligaron a cambiar de ponerme en pie.
Al poco tiempo, todo a mi alrededor pasó de lo confuso a tener colores muy vivos y saturados. Ya no estábamos cerca de la farmacia, sino en un lugar espacioso y lleno de vegetación bañada por una capa de lluvia reciente.
Había dos torres de madera, una en cada extremo de la plazoleta. Frente a mí se levantaba un monumento corroído por el moho con una inscripción borrosa oculta tras las figuras de Bill, Luke, Clinton y el otro hijo, del cual el viejo no había mencionado su nombre. El olor del lugar era el del acre húmedo y tierra mojada. El cielo, por su parte, estaba completamente despejado, dándole la bienvenida al renacer de la mañana con sus colores rojizos. La oscuridad decía adiós mientras las sombras se alargaban sobre las lozas desgastadas de la plaza del pueblo.
—Luke, ya basta —rugió Bill con cierta pasividad—, deja el inhalador en su sitio.
—¿No me lo puedo quedar, papá?
—No. —El muchacho hizo un gesto que anunciaba una mala respuesta pero Bill le echó una mirada con el ceño fruncido y este se limitó a cerrar la boca y dejar el inhalador en el piso dentro de su caja.
—Ese no fue el lugar donde lo cogiste. Recógelo y dámelo —anunció Bill estirando uno de sus brazos mientras dedicaba a su hijo una mueca intimidante.
Luke dio un paso atrás y comenzó a refunfuñar mientras meneaba la cabeza. En respuesta, el viejo se precipitó contra él como un toro embravecido. El hermano sin nombre se puso en medio de ambos antes de que el Bill llegara al hijo menor.
—No, papá, no le hagas nada, mira… —Él se agachó y recogió el inhalador. —Aquí está.
Bill se limitó a observar a su hijo con unos ojos envueltos en llamas mientras apretaba los dientes y le temblaba el ceño.
Se acercó a su hijo sin nombre (que hasta ahora sabía que se llamaba Ricky) y le dio un manotazo al inhalador, el cual cayó entre giros a mis pies.
—Yo no te dije a ti que lo recogieras, Ricky, se lo dije a Luke. —Bill se volvió hacia su otro hijo que se había arrimado contra el monumento. —Anda, ¡recógelo, muchacho!
Yo no perdí la oportunidad para intentar recuperar el elemento, estirando una pierna hacia él mientras Luke se empecinaba en su negativa. Mi bota comenzó a rozar la caja cuando uno de los estúpidos que me tenía agarrada le dio un puntapié.
—Ni se te ocurra —me dijo rozando sus labios en mi oído. Su aliento de amígdalas dañadas me llegó al estómago como un puñetazo, haciendo que se me resolviera el vómito.
—No me dejas disparar, no me dejas entrar a los edificios a explorar y ahora no me dejas quedarme con esa cosa sin utilidad. ¡No me dejas hacer nada! —dijo Luke azotando los brazos al aire y escalonando la voz hasta hacerla un chillido insoportable.
Bill se acercó a él con la culata del arma de frente y la hundió sobre el entrecejo de su hijo.
—¡Por no obedecerme cuando te di una jodida orden! —Al sonido seco del golpe le siguió la caída de Luke.
—Papá, no… —dijo llevando las manos al frente.
Bill se inclinó y le volvió a asestar un golpe en el mismo lugar. —¡Y este es por levantarme la voz!
El chico ahogó la voz envuelta en lágrimas y sangre. Intentó levantarse al instante, pero sus piernas fallaron y estrelló su rostro contra la hierba mojada.
Clinton y Ricky se acercaron a él y rápidamente lo ayudaron a levantarse; Luke balbuceó algo, pero sus palabras quedaron opacadas por la voz de Bill, que ahora se dirigía a mí.
—Lo siento, cazadora, no se supone que tendrías que haber visto esto, pero a veces estos muchachos necesitan un poco de corrección; ojalá algún día comprendan que solo lo hago por su bien. —Se acercó con lentitud al inhalador y lo recogió.
—¿Por su bien? Acabas de golpear a tu hijo con un arma y eso te parece algo hecho “por su bien”.
Bill se levantó lentamente, como si sus piernas le pesaran tanto como su ropa mojada. Me dirigió una leve sonrisa acompañada de una risa ahogada.
—En un mundo caótico y sin reglas solo se sobrevive si se insensibiliza el alma tanto como se destruye el cuerpo.
—Estás enfermo, viejo asqueroso.
—¡No le hable así a papá! —dijo el otro muchacho que me tenía apresada. No podía comprender cómo era posible que, después de todo lo que parecen haber vivido, aún le fueran devotos a su viejo padre. Era como si sus mentes estuvieran lavadas con aquella doctrina horrosa. El único que parecía conservar aún el espíritu rebelde de la juventud era Luke, el cual, si seguía siendo tratado así por Bill, tarde o temprano sería una máquina insensible más.
Wasker sonrió con una mueca leve y triunfal. —Ves, me respetan, ¿y sabes por qué lo hacen?, porque les he enseñado a vivir en este mundo con disciplina y frialdad. Les he dado la llave para que puedan sobrevivir cuando yo no esté. El pequeño Luke ya comprenderá eso. ¿No es así, Luke?
Hubo silencio. —¿No es así, Luke? —repitió sus palabras, esta vez con un tono de voz un poco más recargado en el nombre de su hijo. Por un momento sentí miedo por el muchacho; si no respondía, no sabía de qué podía ser capaz aquel cabrón de los mil demonios…
—Sí… papá —logró escupir Luke entre jadeos, con la cabeza gacha, evitando la mirada de todos.
El viejo miró a los hijos que me sujetaban y les hizo un gesto con la barbilla. —Siéntenla —dijo.
Ellos hicieron lo que él les dijo y yo no mostré oposición. Mis piernas estaban enlazadas entre calambres y el peso de mi pantalón empapado. Bill, por su parte, se agachó, sintiendo en el proceso cómo todos los huesos de sus piernas traqueaban con intensidad. Finalmente, él quedó frente a mí, dándole vueltas a la caja de Airomir entre los dedos.
—Bueno, dejando de lado la clase de paternidad, vamos al asunto por el que te traje aquí...
Bill hizo una pausa leve para aclararse la garganta. —Ya te dije antes que quiero volver a lo grande. No solo de migajas se puede vivir; nos hacen falta recursos, de esos que solo se pueden encontrar en las Colonias. Mi gente los necesita para fortalecernos y seguir existiendo en este mundo. de mierda.
¡Porque había más! No sabía si se refería a más hijos suyos o más hombres y mujeres pertenecientes a su grupo, pero el hecho de tener aquella información en mis manos me daba una idea del potencial peligro que podría correr mi Colonia si estos llegaran a poner un pie allá. ¡
¡Cuánto daría ahora por tener una manera de comunicarme con ellos! Pero no, estaba sola y, en lo que dependiera de mí, estos nunca llegarían a poner un pie allá
—¿Y crees que mi gente se dejará saquear? Tenemos vigilantes bien armados y un sistema de seguridad difícil de penetrar.
—Ya lo dijiste, “difícil”, no imposible. ¿De verdad crees que iremos cinco hombres a atacar una ¿Colonia? Me sorprende lo ingenua que puedes llegar a ser, Nora.
—Me importa una mierda; solo sé que, aun llegaran mil de ustedes, mi colonia no caería tan fácil.
—Vale, tu Colonia es la más fuerte de todas,¿no? Pues dime, ya que hablamos de números, ¿cuántos hombres y armas tienen en servicio diariamente? ¿Cuántas torres de vigilancia hay? ¿Cuántos puestos de armas?
—No lo sé y aunque lo supiera no te diría una mierda.
—Oh, el gorrión tirándole a la escopeta, vale.
Bill se levantó y sacó el inhalador de su caja. Lo lanzó al suelo y le puso con delicadeza su bota lodosa arriba.
—¡No! —aquella palabra salió disparada de mi boca a la vez que me sacudí. Uno de mis captores me torció con violencia el brazo y el otro puso su pie sobre mi espalda, quedando yo de cara al suelo, con el inhalador y la bota de Bill a pocos centímetros de mis ojos.
—Vaya, hemos encontrado el motor. Vamos a ver si esto te refresca un poco la memoria.
Comenzó a hundir la bota contra el plástico, el cual cedía con dejada facilidad. La tapa de la boca salió disparada y la carcasa comenzó a llenarse de líneas blancas dispersas como rayos.
—Ahora, te repito las preguntas, ¿cuántos hombres y armas tienen en servicio? ¿Cuántas torres de vigilancia hay? ¿Cuántos puestos de armas funcionan?
—No lo sé con exactitud, debe haber unos… 50 trabajadores por turnos… 10 torres de vigilancia y un puesto de armas.
—¿50 vigilantes por turno… un puesto de armas? Los números como que no coinciden. Mientes muy mal, Nora.
Las líneas blancas del plástico se convirtieron en grietas. El sonido sufriente de la carcasa retumbó en el aire hasta llegar a mis oídos como un llanto. Bill apretaba los dientes mientras dibujaba en su rostro una ondulación cargada de sadismo.
—¿Te tengo que repetir las preguntas o ahora sí vas a hablar?
—¡Te digo que no conozco el número, soy cazadora, no tengo por qué dominar ese tipo de cosas!
—¡Mientes! —Bill alzó la pierna y asestó un golpe definitivo al inhalador. La cápsula del medicamento salió disparada hacia los pies de Clinton y el plástico quedó fundido entre hierbajos y lodo en la bota de Bill.
Clinton recogió el objeto, mirándolo con sorpresivo interés. Su padre fue hasta él y le arrebató la cápsula de las manos.
Nuevamente fue hasta donde yo estaba y la comenzó a agitar suavemente mientras se mordía los labios.
—Esto es lo que queda de tu aerosol, Nora; una cápsula que, por cierto, está al tope. ¿Sabes qué puedo hacer que deje de ser funcional en cuestión de segundos?
—Yo… —No podía hacerlo, no podía entregarles la Colonia en bandeja de oro… Pero, ¿y mi hijo? En ese pequeño objeto estaban las bocanadas de aire que posiblemente lo salvarían.
—¿Yo qué, Nora, ¡¿yo qué!? —dijo Bill.
—Yo… —No podía entregar a la suerte a mi hijo.
No hice este viaje hasta aquí por gusto, no había roto las reglas de la Colonia ni puesto en líos a Eddie por nada. Si volvía, si llegaba a escapar de esta, tenía que ser con aquella cosa entre manos… Pero, la Colonia, ¿dónde dejaba mi hogar, dónde dejaba a la gente que amaba, Eddie, Melissa, y los demás que no se merecen morir a punta de pistola? Si no los salvaba, nada quedaría de ellos para amar, ni mucho menos una esperanza sobre la cual cimentar mi propia existencia.
—¡Mierda! —Bill se dirigió a uno de sus hijos de un salto —Dame tu revólver. —El muchacho lo hizo sin chistar
—Escucha, Nora —se volvió a mí mientras daba vueltas el cargador del arma.
—Si no hablas pronto, si no me das la información que te pedí —hizo una pausa y lanzó la cápsula a unos metros de mi nariz. El sonido del seguro del arma fue el primer disparo que pude escuchar.
—Voy a desaparecer esta maldita cosa.
«Matthy… la Colonia… Matthy… la Colonia…» Las ideas se arremolinaban en mi cabeza como un huracán.
—Cazadora, habla ahora —dijo el viejo mientras presionaba levemente el gatillo. —O le pondré fin a la razón de tu misión.
Cerré los ojos a la vez que un nudo se aferró contra mi garganta; por un momento todo a mi alrededor parecía haberse detenido, excepto el latido de mi corazón que había gobernado mi pecho y cabeza. A lo lejos una voz comenzaba a contar; el olor a hierba mojada parecía adquirir el sello de la desesperanza. Por un momento solo me dispuse a esperar en mi propio silencio mental que sonara el disparo y así hacerme consciente de una vez y por todas de que yo había fallado en mi misión. La oscuridad se convirtió en el delirio y el delirio se tornó un recuerdo… El aire helado de la plaza había dejado de azotarme, el conteo cesó y fue sustituido por el sonido estruendoso de un generador. Al abrir mis ojos, vi mi tienda en la Colonia y alrededor un grupo de niños, entre los cuales estaba Matthy.
Corrían tras risas y gritos de excitación infantil, se lanzaban al suelo, exclamaban “las traes” cuando se topaban entre ellos. Aquella era la imagen de unos niños y una gente que, a pesar de lo jodido que estaba el mundo donde nos había tocado vivir, todavía se daban el lujo de sonreír y amar… Miré hacia todas partes y me convencí de una vez por todas de que elegir la Colonia era apostar por la vida y la esperanza; elegir la Colonia también era elegir a Matthy.
Aquella imagen quedó borrada por el golpe de realidad de volver a abrir los ojos.
Miré a ese viejo de mierda con toda la fuerza emocional que mis pupilas pudieran descargar.
—Hazlo —fue la única palabra que salió de mi boca.
—¿Qué? —dijo él frunciendo el ceño. Su cara de desconcierto me llenó de una excitación embriagadora.
— Que lo hagas, dispara, pero no te diré nada de mi Colonia. Toda esa información que pides me la llevaré conmigo hasta la tumba.
La mano de Bill que sostenía el revólver comenzó a temblar y sus ojos se habían abierto todo lo que sus cuencas arrugadas le permitieron. Él bajó el arma y se llevó su otra mano al rostro, la pasó por su frente y dio un suspiro. Luego se volvió hacia mi con los ojos bañados en una ola de frialdad. Su rostro había adquirido su tono calculador y desinteresado.
—¿Sabes qué? —expresó mientras cambiaba el arma de mano. —Si quieres llevarte tu mierda de Colonia a la tumba, pues te daré el gusto.
Finalmente, levantó el cañón del revólver y me apuntó.
No me quedó más que cerrar mis ojos y volver a sumergirme con resignación en mi mundo interior, donde Matthy estaba esperándome frente a la tienda, con la sonrisa más cálida que podía dibujar en su rostro. Sus mejillas, rosadas por el sol, sostenían el brillo de sus ojos. Comenzó a correr hacia mí, surcando un camino lleno de esperanzas y futuro.
—¡Mamá! —vociferó con el mayor de los júbilos, hasta que nuestros caminos se juntaron. Él me abrazó con tal fuerza que casi nos caemos; a la vez me llenó la cara de besos, besos que enjugaron las lágrimas que derramaba en el silencio.
—Lo hice por ti, mi niño… lo hice por ti —fue lo último que le dije, antes de que un disparo en la distante realidad me desconectara de mi pensamiento.
Mis hombros se tensaron, mi respiración se cortó. Aceptaba la realidad de que el disparo ya había sido dado, pero… ¿Por qué no sentía dolor? No notaba el ardor que dicen que se siente al ser atravesado por una bala.
Abrí los ojos y allí estaba Luke con mi fusil en las manos y los ojos abiertos como platos. El cañón escupía humo en dirección al cielo. Bill lo enjuició con su mirada y el revólver apuntando al suelo.
—Lo siento, papá, se me fue un dispa…. —Antes de terminar la frase, un nuevo disparo se precipitó desde la distancia.
Luke cayó tras el impacto de aquella bala, un golpe limpio y certero en la parte derecha de la nuca. Sus sesos se desperdigaron por el suelo y la sangre tiñó las ropas y la cara de Bill.
—¡Noooo! —aulló Billy, lanzando el revólver al suelo y precipitándose sobre el cuerpo de su hijo. Su voz se rompió bajo un llanto ahogado y seco; era el clamor de un hombre que decía no tener corazón y que recién había descubierto que aquello no era cierto. Allí estaba su corazón, tirado en el suelo, sin rostro… sin vida.
Los otros hermanos se pusieron en alerta, moviendo las cabezas de un lado a otro mientras el hilo rojo del francotirador se revolvía en el aire, buscando a su próxima víctima.
Ron y Benny se hicieron a un lado, dejándome caer al suelo mientras desenfundaban sus armas. Aproveché para lanzarme hacia la cápsula del inhalador y, al cogerlo, me lo eché nuevamente en el bolsillo de mi chaqueta. Caminé a gatas hasta el centro del monumento de la plaza y me cubrí.
Otro disparo se escuchó en la distancia.
—¡Benny! —gritó uno de los hermanos.
—¡Son dos, son dos y está en la maldita torre, ya los vi! ¡Ricky, Ron, cubra…!
Un nuevo disparo calló la boca de Clinton, que ahora yacía hecho un mar de carne, sangre y sesos en el suelo. Bill, por su parte, seguía a los pies del cadáver de su hijo, soltando unos alaridos desgarradores que traspasaban la frontera de su propia insensibilidad.
—¡Papá, vamos! —dijo Ron agarrando del abrigo al viejo. Este le apartó la mano con violencia.
—Déjame… no me voy a ir sin mi hijo… sin mi Luke… —Bill acariciaba el rostro desfigurado del muchacho con las manos temblorosas y manchones de sangre corriéndole por la barba.
—Papá… él está… muerto.
El viejo no respondió; permanecía en la misma posición susurrando el nombre de Luke junto a unas palabras que no llegaba a comprender.
Observar cómo aquel hombre se desmoronaba y se hacía conscientemente carne de cañón me hizo, por primera vez, sentir empatía hacia él.
—Papá… pa… —Volvió a repetirse el proceso, pero esta vez contra Ron, que cayó de cara al suelo con un agujero en la garganta.
Ricky, que había salido a correr, fue alcanzado primero en la pierna, y luego, cuando ya se arrastraba por el suelo, otro proyectil le destruyó los sesos.
Solo quedábamos Bill y yo contra aquellos desconocidos y claramente aquel hombre sería la siguiente víctima en el menú de los depredadores.
La atmósfera de aquel lugar había cambiado en cuestión de segundos; el olor a pólvora, sangre y muerte ahora gobernaba, mientras que el silencio solo era roto por los alaridos desgarradores de Bill.
No sé si me acabó por mover la lástima, o tal vez la inconsciencia; pero ante aquella imagen no pude evitar ponerme delante de Bill con los hombros extendidos. Tal vez el hombre que me secuestró y casi me dispara merecía aquella muerte, pero no aquel padre desastrozado; él merecía respeto.
—¡Hijos de puta, ya basta, ya causaron demasiadas muertes, déjenlo estar!.— dije. Nadie volvió a disparar. El silencio gobernó por unos segundos la plaza, ante de que en la distancia unos gritos guturales se hicieran con mi atención.
—¡Jennifer! —una voz tan antigua como conocida se escuchó en lo alto de una de las torres… Era… no, no podía ser posible…
—¡¿Aaron!?.
—¡Sí, Jenidi, soy yo! —De adentro de la caseta encima de la torre salió la cara desaliñada de Aaron, uno de los exploradores de la Colonia que hacía algún tiempo se habían perdido.
—¡¿Qué haces defendiendo al maldito mercenario, hace un momento te quería matar!?
No logré contestar; aquella presencia, aquel fantasma salido de la misma nada, había sellado mi boca.
—¡Jennifer! —Otra voz conocida, otro fantasma que salía de la madriguera; era Derry, el cual estaba en uno de los extremos de la caseta.
—De… de —No lograba articular palabra alguna.
A la distancia, unos aullidos humanos se levantaban junto al alba. Era una horda pequeña de forasteros que corría hacia mi dirección.
—¡Sin tantas explicaciones, sube! —dijo Aaron.
Por un momento me costó reaccionar, pero al segundo llamado de él volví en sí y me dirigí hasta Bill.
—Bill, si te quieres salvar, tienes que venir conmigo.
El viejo me miró con aquellos ojos negros inyectados en sangre. Su rostro estaba pálido y ausente. Sobre sus párpados pendían dos bolsas de carne que le estiraban la cara hacia abajo. Realmente parecía que aquel hombre había bajado 20 kilos en un instante.
—No… mira lo que le hicieron tú y los tuyos a mi hijo…
—Bill, por favor, tienes que venir —dije mientras me acercaba hacia él.
—¡No! —exclamó mientras se llevaba el cadáver de Luke contra su pecho. —No te acerques… Ustedes mataron a mi Edison… y ahora… mira lo que le hicieron a Luke…
Alcé la vista al escuchar cómo se acentuaban las pisadas de los forasteros. Cada vez estaban más cerca.
—¡Jennifer! —La voz de Derry me sobresaltó, captando inmediatamente mi atención—. ¡Rápido, ya vienen!
—Bill, yo no tuve nada que ver con la muerte de Luke… si fuera por mí, esto nunca hubiera acabado así. Ven conmigo, tú todavía te puedes salvar.
—¿Para qué?… si todo lo que tenía está disperso por esta maldita plaza.
—Bill…
—¡Basta!, déjame solo. ¡Desaparece!
Aquellas fueron sus últimas palabras antes de darse la vuelta con el cadáver en brazos. Yo di mi último vistazo al viejo, que en aquella posición de pronunciada curvatura parecía haber adquirido 80 años de más.
Antes de que la melancolía echara raíces, tomé mi rumbo en dirección a las escaleras de la torre. No tardé mucho en llegar a la cúspide.
En la cima, Derry me ayudó a pararme y yo rápidamente fui hacia el andén de la caseta.
—¿Por qué te preocupa tanto ese tipo? —me dijo Aaron, quien cargaba sin afán su rifle francotirador. No le contesté.
Al llegar los forasteros, no tardaron en lanzarse hacia Bill. Eran cinco en total, tres hombres y dos mujeres. El viejo no se defendió, ni siquiera alzó la vista cuando se acercaron frenéticamente. Los cascarones hombres lo agarraron por los brazos, torso y cabello, en tanto que las chicas lo inmovilizaron por los pies. Lo alzaron en el aire y prendieron su carrera por un camino de rumbo desconocido. Bill, mientras tanto, calló, aferrándose hasta el final al cadáver de Luke, el cual ahora quedaba plantado en el suelo, esperando a que el tiempo lo hiciera uno con la naturaleza.
Me resultaba tan irónico como desagradable pensar que al final, el cazador había resultado presa.
—Jenidi… —dijo Aaron poniendo una mano sobre mi hombro. Yo la aparté con brusquedad y me di la vuelta.
—¿Por qué, Aaron, por qué tenían que matar a un niño?
—Jen, eras tú o ellos. ¿Qué preferías, que dejara que te asesinaran?
—Sí, Jen, nosotros solo hicimos lo que creíamos correcto… por ti.
—Pero matar a un niño…
—En este mundo todo se vale, Jenidi.
“Mierda es mierda, aunque huela y se vea diferente”. —Sí… ya me han dicho cosas parecidas, pero eso sigue sin justificar lo que hicieron.
Aún procesaba la idea de que tuviera al frente mío a los dos hombres que llevaban desaparecidos más de dos meses. Los mismos que todos habían declarado muertos y se habían negado a salir a buscar. Allí estaban, tan llenos de vida como el día que salieron de la Colonia.
Sus ropas estaban sucias y sus barbas crecidas; seguían siendo ellos más allá del tiempo. Aunque… había algo extraño en sus ojos, algo escondido más allá de sus pupilas. Era como una luz tenue y blanca que se paseaba por todo el interior del iris. No recordaba haberme percatado de un detalle así en otros tiempos. O no lo habían tenido antes, o simplemente era algo que yo había olvidado.
—Sea como sea, nos alegra verte —dijo Derry tras una sonrisa ancha, interrumpiendo mis pensamientos.
—Hay cosas que aquí no cuadran… ¿Qué hacen aquí?, ¿por qué nunca volvieron al campamento?
Ambos se miraron como preguntándose en silencio quién iniciaría la historia. Finalmente, Aaron se dispuso a hablar.
—Cuando nos enviaron aquí, fuimos sorprendidos con que Sinderwhare estaba viviendo un brote masivo de forasteros. Nos pillaron por sorpresa y, de hecho, a Derry casi lo hacen un cascarón; tuvimos que salir huyendo hasta el interior del pueblo y refugiarnos en el primer lugar que encontráramos, un lugar donde además ellos no nos pudieran interceptar.
—Exacto, por eso nos subimos aquí, porque los muy cabrones no saben subir escaleras de mano. O bueno, la mayoría, porque hay otros que sí lo han intentado, pero rápidamente les hemos dado de baja —dijo Derry riendo y tocándose la UV que guardaba en su funda.
—Entonces, nos hemos quedado aquí; a veces bajamos para buscar recursos, pero luego volvemos y nos resguardamos. Todo hasta que esa maldita plaga pierda terreno y podamos salir pitando de aquí. Entonces, hoy D. me despertó diciendo que escuchaba voces y golpes en la plaza; nos asomamos y fue cuando vimos al hombre que defendías apuntando algo en el suelo con su arma. Fue ahí cuando me di cuenta de que te tenía secuestrada. Te reconocí y simplemente no lo pensé dos veces, recogí mi arma, apunté y disparé.
—Y yo hice lo mismo. —Derry seguía riendo; él siempre reía. A veces llegaba a creer que era tonto, o al menos así lo hacía desde que se me declaró cuando teníamos 15 años. Desde ese día, no paraba de hablar conmigo con aquella estúpida mueca dibujada en el rostro. Algunas viejas costumbres no se pierden.
Yo paseé mi mirada, posándola primero en Aaron y luego en Derry, consciente de que todavía había cosas que no cuadraban en su historia.
—Pero, ¿por qué no han vuelto a la Colonia? Desde que yo llegué aquí, si he visto ocho forasteros, es mucho.
Aaron se ruborizó y miró a Derry de reojo, el cual fue perdiendo gradualmente su sonrisa.
—¿Cómo así? —respondió; su voz sonaba temblorosa y distante— si ayer mismo tuvimos una cantidad exagerada de forasteros paseándose por esta plaza.
—Sí… —agregó Derry recobrando su sonrisa acompañada con una risa pujada —Ayer fue un día complicado hasta para conseguir comida.
Hablando de comida, si su versión de la historia era consistente, al menos dentro de la caseta debían de tener algún tipo de envoltorio o latas de conservas abiertas. Intenté mirar dentro, pero Aaron se interpuso discretamente ante mi rostro.
—Pero, ¿y tú? —dijo con un tono de curiosidad mientras ladeaba la cabeza y daba unos pasos al frente que me hicieron retroceder —¿Qué haces aquí en el pueblo?
—¿Qué hago aquí?, pues arriesgar la vida por mi hijo. También maté a un forastero, descubrí historias de la antigua guerra, fui secuestrada y luego vi morir a uno de los hijos de mi secuestrador, que de hecho, mataron mis amigos, unos amigos que aparecieron en condiciones misteriosas y que ahora me mienten por alguna razón.
Aaron dio un respingo y contuvo el aire con los ojos bien abiertos; Derry refugió su mirada ante una seriedad forzada y cargada de misterio.
—¿Mentirte, nosotros? No, Jenidi, nunca te haríamos eso. —La luz en los ojos de Aaron comenzó a agitarse con fuerza; era algo que llamaba e hipnotizaba, un destello tan hermoso como escalofriantemente misterioso. Cerré los ojos y bajé por un momento la vista;
—¿Qué pasa, estás bien? —replicó Aaron poniendo una de sus heladas manos sobre mi hombro. Yo levanté la mirada y la fijé nuevamente en sus ojos. La luz había vuelto a ser estética en el centro de sus pupilas.
—Sí, es solo que… ustedes están diferentes.
—Nosotros solo queremos volver a la Colonia.
—Sí —repuso Derry, quien ahora era el que tenía la luz revoloteando en su iris —Extrañamos mucho nuestro hogar.
—¿Podemos ir contigo, Jenidi?
Aquellas palabras me achinaron la piel de pies a cabeza. Algo no estaba bien en aquellos dos, algo no estaba bien en sus voces, sus ojos, en el brillo de su rostro. ¿Quiénes eran aquellos que tenía frente a mí? Definitivamente no eran los exploradores que salieron de la Colonia y mucho menos mis amigos.
Di unos pasos hacia atrás, pegándome casi a la escalerilla.
—No… no creo que debamos ir juntos —alcancé a decir. Detrás de mí comencé a sentir el calor de los primeros rayos del sol que se levantaban en el horizonte.
—¿Por qué no? —dijo Derry, con las luces aún zizagueando en sus ojos —Nosotros te vamos a proteger en el camino, Jen, como hicimos ahorita.
—Porque no quiero… ustedes vayan por su lado si desean ir y yo iré por el mío. —Estaba al borde de la escalerilla.
Aaron mudó su rostro, dejando ver una oscuridad casi sobrenatural que sobresalía de él.
—Es una pena —dijo—, hubiéramos disfrutado tanto el viaje.
La luz del sol se extendió hasta llegar a la caseta y golpear de frente a aquellos dos. Y entonces fue cuando una imagen desconcertante me hizo comprender qué era lo que no estaba bien allí, o mejor dicho, quiénes no estaban bien. Todo proyectaba sombras alargadas que se dibujaban hasta donde la vista me permitía ver, menos Aaron y Derry, de los cuales solo se podía detallar en la pared la forma flotante de sus armas.
—No… —Alcancé a decir antes de que Derry extendiera los brazos hacia mí. Lo esquivé como pude y, al borde de la desesperación, me lancé de aquella torre de más de cinco metros de altura.
Mi antebrazo derecho gimió tras el contacto con la loza. Al moverme, una punzada electrizante me recorrió todo el brazo hasta llegar al pecho. Me toqué el hombro con la otra mano y fue como accionar un nervio expuesto. Me puse de pie; las piernas me castañearon ante el peso de mi cuerpo. Di un paso y junto a él se me fueron las fuerzas. Mi cuerpo parecía haber accionado todas las alarmas de dolor. El simple hecho de caminar sería una odisea, pero tenía que hacerlo, tenía que huir. Finalmente, entre el titubeo ondulante de mis piernas y el escozor del brazo, me di a la fuga.
Ante mí, la plaza parecía hacerse un camino eterno. Cojeaba en dirección opuesta a la torre, estando a unos metros del monumento céntrico y el cadáver del niño Luke.
El sonido estruendoso de un disparo y el rebote de la bala en el suelo me hicieron saltar. Desvié mi mirada hacia la torre y allí estaba Aaron, con el rifle de francotirador en la mano y la mira roja apuntando hacia mis piernas. Derry, por su parte, dio un salto desde la caseta, cayendo con felina agilidad, como lo había hecho el forastero del coloso de hierro.
Volví la mirada hacia adelante e intenté apresurar el paso. Las plantas de los pies parecían gritarme “¡ya no podemos más!”. Aun así, me forcé casi que a correr. Era como si caminara sobre carbón encendido.
Otro estruendo se escuchó en la distancia y una bala pasó por al lado de mi cabeza como si fuera un rayo.
A la distancia se escuchaban los pasos firmes de Derry; juraba que si me volvía a verlo, estaría allí, con su estúpida mueca impresa en el rostro.
—No queremos matarte, Jedini —dijo Derry con una voz gutural marcada—, solo queremos ir contigo a la Colonia.
Conocía de sobra su tono de voz como para saber que aquella no lo era.
Otra ráfaga fue disparada, impactando ahora esta contra el monumento de la plaza. Había llegado hasta el cadáver de Luke. Cerca de él descansaba ensangrentado el revólver que Bill había usado contra mí. Lo recogí en una maniobra rápida pero dolorosa y comencé a disparar a ciegas en dirección a mi perseguidor.
Cada disparo lo sufría como si fuera a mí, no tanto por el doloroso retroceso del arma (que también), sino por saber que estaba disparando a lo que quedaba de Derry, mi amigo de la infancia y enamorado eterno.
El revólver quedó sin munición al tiempo que Aaron daba otro disparo que me rozó la oreja. Un sonido corrosivo y palpitante se apoderó de mi tímpano. Me llevé la mano del brazo doliente hacia allí sin dejar de correr, ignorando las palpitaciones de mi hombro.
Finalmente, salí a la carretera con Derry pisándome los talones. Corrí en dirección a un edificio que decía en su cristalería cuarteada: Ferretería.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.