El olor a óxido y hollín me raspaba la garganta y me causaba un coquilleo incómodo en la nariz. Sabía que era cuestión de tiempo que él me encontrara, ya fuera por lo evidente de mi escondite o mis constantes estornudos silenciosos.
Había soltado el revólver en la entrada del lugar y lo reemplacé con un martillo, uno grande de base plana y alargada.
El brazo me seguía latiendo con fuerza; todo movimiento, por más simple que fuera, era un estallido constante de sensaciones desagradables.
Abajo de aquella mesa no podía ver qué sucedía, pero escuchaba sus pasos, el olfateo constante y, cómo no, también su voz.
—¿Por qué te escondes de mí, Jen? Anda, sal, yo no quiero hacerte daño.
Sus palabras sonaban tan sinceras como el grito de ayuda de la voz de dentro de la mole metálica. Pero no caería; su muela barata no tenía ningún otro efecto compasivo en mí, más allá de aquella añoranza distante por la vida de mi compañero. Oh, Derry, no quería que las cosas acabaran así, créeme que no.
—Vamos, Jen, sabes que te voy a encontrar. ¿Recuerdas cuando éramos niños y jugábamos a las escondidas? Siempre te encontraba bastardilla; hoy no será diferente.
Mi corazón retumbaba con firmeza en un azote que llegaba hasta mi oído sordo. El escozor en la nariz se volvía cada vez más molesto, más invasivo, más insoportable.
—Uno, dos, tres, listos o no, allá voy. ¿No decíamos así, Jenidi?
Derry estaba muy cerca; podía sentir su respiración agitada batiéndose contra el aire que respiraba. Por debajo de la mesa vi sus pies y pantalón; vi además cómo todavía sobre su funda descansaba la UV. Esa era mi única forma de salvación, tenía que agarrarla de alguna manera si quería detener a Derry (o más bien, a lo que lo controlaba)
Inevitablemente, como si el destino me odiase con todas sus fuerzas, acabé estornudando de forma estruendosa.
— ¡Aquí estás dijo él apartando de un solo golpe la mesa —Yo siempre te encuentro, Jen, siempre!
Al instante alcé el martillo y lo inserté contra su mejilla. El brazo dañado parecía querer salir volando junto al martillo. Yo me aferré con fuerzas a él, dejándome caer a un costado.
Derry acabó con el rostro impreso en una de las estanterías y luego se precipitó contra el suelo. Yo me abalancé contra él y agarré la funda de la UV con mano libre. Él puso una de sus manos descomunales sobre la mía.
—¡No! —vociferó con aquella voz gutural y los la luz en los ojos revoloteando como un colibrí.
Volví a alzar el martillo, acabando por dar un golpe a su mano invasora. No la apartó. Seguí asestando martillazos, hasta que el hueso quedó expuesto y la mano deformada. Ya no me importaba el dolor, ni el brazo desmontado, solo me dejé mover por el instinto primitivo que me llamó a golpearlo hasta desarticularlo. Le aparté lo que quedaba de su mano y di un tirón a la funda de la UV. La linterna salió disparada hacia la mesa volcada.
Yo salté rápidamente en esa dirección, pero Derry se aferró a mi pierna con la mano sana.
— ¡No te dejaré, maldita zorra, no te dejaré!
Sus uñas se clavaron sobre mi pantalón mientras intentaba llevarme hacia él
Comencé a soltar patadas con la pierna libre; alguna se escapó hacia su cabeza varias veces, haciendo que él me soltara y yo diera un impulso hacia la UV. La agarré y me levanté lo más rápido que pude. Finalmente, lo apunté.
—Jen —su voz había cambiado y su mirada era la de un cordero a punto de ser degollado —si lo haces...voy a morir. —Sonaba convincente y lacerante; sus palabras penetraban más allá de mi conciencia, haciéndome dudar por momentos si jalar del encendedor. Pero sus ojos, sus ojos no mentían; la criatura seguía ahí y aprovecharía cualquier oportunidad para lanzarse sobre mí.
—No… tú no eres Derry, ya no.
—Si lo soy Jenidi, soy tu amigo, el mismo que te llevaba flores todos los días cuando teníamos 15 años, al que, a pesar de que rechazaste, nunca dejó de amarte. El que haría cualquier cosa por ti… incluso no hacerle caso a “ellos”.
¿Cómo ignorar el poder de sus palabras?
Mis manos temblaban ante un peso que no me dejaba apretar el encendedor. Un nudo se apoderó de mi garganta y mis piernas amenazaron con desplomarse.
—Jen… suelta el arma.
—¡No! —otra voz, más profunda y reconocible, escapó de su garganta —¡Dispara Jen, no le hagas caso...! —aquel , ¿era el verdadero Derry? Fuera sí o fuera no la respuesta, aquello me separó de mi letargo y me inyectó cierto grado de convicción.
—¡No! —La voz gutural volvía a hacer presencia —¡No dispares, Jen, no enciendas la luz, hazlo por mí, por…!
—¡Hazlo… ya no… puedo soportarlo más..!
Otra vez la voz enterrada que salía como un gusano escarbando la tierra.
Derry comenzó a contorsionarse y a soltar unos alaridos escalofriantes. Finalmente, guiada por sus últimas palabras, apreté el encendedor, haciendo que un haz de luz violeta se lanzara contra él.
Mi amigo sufrió el mismo destino de los otros forasteros, no hubo nada épico ni diferencial en su muerte más allá de aquella opresión que me carcomía por dentro. Se que el me dio su visto bueno, se que el me lo pidió, pero verlo hecho un amasijo de carne en el suelo, destruyó algo dentro de mi, algo que sabía que más nunca se restauraría. Aquella no fue una victoria, fue una necesidad amarga.
La linterna castañeaba al son de mis piernas; todos los dolores se volvieron a acentuar y por un momento caí de rodillas.
—¿Por qué?...Derry —mis ojos se inundaron de lágrimas que nunca cayeron. No era momento para derrumbarme, debía de seguir, debía de salir de la manera que fuera de aquel pueblo de mierda. Ya había sido mucho de Sinderwhare; demasiado tiempo oliéndole el culo al mundo.
Me levanté a tientas y me dispuse hacia la salida del lugar no sin dar un último vistazo a la cual sería... la tumba de amigo.
Salí de la ferretería, con un martillo en la mano y la UV recogida en mi cinturón; miré de un lado a otro, intenté enfocar en dirección a la torre de la plaza. Aaron no estaba allí. Tampoco estaba en la calle; ni en la derecha ni en la izquierda, ¿dónde podía estar el maldito?
Me llevé una de las manos al bolsillo de la chaqueta tras un pellizco mental que me advirtió sobre la medicina. Allí seguía
Caminé un poco hacia adelante. El silencio era tan abrumador como el sol de la mañan que quemaba el asfalto.
Cada ventana rota era un ojo ciego que me observaba. Cada coche oxidado, una trampa potencial. El silencio no era ausencia de sonido; era presencia de atención. Sinderwhare me observaba. Y en algún lugar, Aaron también.
Retomé mis pasos con la guardia en alto, volviendo por el rumbo que ya antes había tomado para llegar hasta allí.
Dije adiós a la plaza y hola a la farmacia. La pasé de largo dando un vistazo ( y esperaba que el último) al cadáver del pequeño de la forastera. Caminé por el callejón donde estaba el trozo de piel de cerdo mosqueado en el suelo.
El camino estaba demasiado tranquilo, pero sentía como si todo el pueblo tuviera ojos y observara con atención táctica cada paso que daba.
Nada de Aaron; parecía que se había fundido con el silencio y la soledad del lugar.
Llegué hasta el edificio del tronco sonriente; de día parecía aún más estúpido que en la noche. Sus colores, a pesar del tiempo, eran chillones y su sonrisa tenía un aspecto tétrico, algo que decía: nunca me vas a olvidar, así como nunca vas a olvidar Sinderwhare.
Aparté la vista y seguí mi camino.
Delante de mí se dibujaba la carretera, pasiva, silenciosa, extensa, lista para ser recorrida, lista para ser conquistada. Cerré los ojos y pude escuchar la voz de Matthy que se susurraba con el viento: Vuelve, mamá.
Sonreí ante la calidez de la idea de que pronto lo volvería a ver. En aquel momento Sinderwhare quedaba atrás, al igual que Bill, Luke, Derry....y Aaron.
—Ya voy hijo mio, mamá vuelve pronto. — Rspondí al tiempo que veía como mi sombra se extendía por el suelo como queriendo llegar primero que yo a la Colonia.
Volví a llevar la mano al bolsillo de mi chaqueta, la cápsula repiqueteó contra mi mano; no pude evitar sonreír. Di un paso al frente y así, emprendí mi nuevo destino.