En el lamento de mis noches.
En el lamento de mis tardes.
En el lamento del día.
Las paredes oyeron.
Ellas sintieron.
El piso se volvió una cubeta, reteniendo esas lágrimas de aquellos lamentos.
La araña de rincón pensaba en que, juntando los días de lágrimas, alcanzarían para tres descargas del excusado.
El baño se hacía pequeño.
Mi refugio me apretaba, me asfixiaba.
En mi casa o en el trabajo.
Daba igual: lloraba para escapar.
El momento de desborde no medía horario ni lugar, mientras estuviera solo.
Ocho metros no eran una solución viable, pero a veces llegaba a agarrarle cariño.
¿Qué vería en esos segundos?
¿Me dolería?
¿Sería instantáneo?
¿Llorarían?