Año: 2050 – Ciudad: Tokio
Fecha: 01 de marzo
Hora: 20:58
Como la aplicación ya estaba ocupada coordinando el viaje que le había pedido a Sofía hace unos minutos, el sistema no le permitía solicitar un segundo auto para él.
No le quedaba de otra. Tenía que ir a pie.
Corrió por las calles asfaltadas, esquivando farolas y peatones nocturnos, sin saber por cuánto tiempo hasta que los pulmones le empezaron a arder.
Finalmente, el edificio del laboratorio apareció ante él.
Antes de cruzar el umbral, se encorvó y se apoyó sobre sus rodillas, tratando desesperadamente de recuperar el aliento mientras el sudor le corría por la frente.
Al empujar la puerta, el lugar de siempre lo recibió con una atmósfera extraña, desprovista de la calidez habitual.
—Todo parece estar bien... —susurró, intentando convencerse a sí mismo.
Recorrió con la mirada la habitación en penumbra.
Su vista se posó sobre la mesa de trabajo. Allí, descansaba la máquina del tiempo.
Como si lo estuviera esperando.
“Lo siento, voy a necesitar más tiempo para pensar las cosas...”
De repente, una llamada de teléfono lo sacó de sus pensamientos.
—¿Hola?
—¡Max! ¡Hijo!
Se escuchó la voz quebrada de su madre al otro lado.
—¿¡Mamá!? ¿¡Qué pasó!?
—¡Ven al hospital, rápido! ¡Es Sofía...!
El teléfono resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un golpe seco.
—No...
El mundo pareció detenerse.
Con las manos temblando de forma descontrolada, Max se agachó y recogió el aparato, pegándoselo de nuevo a la oreja.
—Mamá... ¿Qué pasó con Sofía? —consiguió articular, con la garganta completamente cerrada.
Pero del otro lado de la línea ya no hubo respuestas claras, solo se escuchaban sollozos desgarradores.
Max no esperó a que su madre siguiera hablando.
Cortó la comunicación, guardó el celular y salió disparado del laboratorio, dejando atrás la máquina del tiempo mientras la desesperación lo consumía.
Hora: 23:53
Max llegó al hospital con el corazón latiendo a mil por hora y la respiración agitada.
Corrió por los pasillos, ignorando las miradas de los enfermeros y revisando desesperadamente cada habitación.
—¡Sofía!
Nadie respondió.
Su voz se perdió en el eco del frío pasillo blanco.
Al girar una esquina, el tiempo se congeló.
Vio a su madre de rodillas en el suelo, ahogada en llanto.
A su padre completamente inmóvil frente a una puerta, con la mirada perdida en la nada.
Junto a ellos, un par de oficiales que tomaban notas en silencio.
Sintió que el mundo se detenía.
Un médico con bata blanca se le acercó lentamente, con una expresión sombría.
—¿Usted es el hermano de la paciente…?
Max no pudo responder. Solo asintió con la cabeza.
—Lo sentimos mucho. Hicimos todo lo posible en el quirófano, pero... llegó sin signos vitales.
—Sufrió una herida por arma blanca en el abdomen. Según la policía, se resistió a un asalto en la terminal del tren...
Max comenzó a jadear erráticamente.
Sintió su corazón encogerse.
—…
“¿Qué...?”
Las piernas de Max temblaron ligeramente y perdió el equilibrio, apoyándose contra la pared.
“¿Sofía? ¿Muerta...?”
Empezó a hiperventilar.
El aire entraba en sus pulmones, pero no lo oxigenaba, y poco a poco fue perdiendo las fuerzas.
“Es mentira... Tiene que ser mentira.”
“Aún no hemos recuperado el tiempo perdido.”
“¿Un asalto? ¿Cómo es posible? ¿No había un montón de personas ahí?”
“¿Fue porque la dejé sola...?”
Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas, calientes y amargas.
“Es mi culpa... Yo la dejé morir. Yo la maté.”
“Yo. Fui yo. Es mi culpa.”
“Sofía, lo siento.”
“Si no hubiera ido al laboratorio...”
“Si hubiera esperado el taxi con ella...”
“Si hubiera ignorado ese presentimiento...”
“Sofía seguiría viva.”
“Ojalá pudiera cambiar la decisión que tomé...”
Max empezó a llorar con fuerza.
Intentó mantenerse de pie.
Pero las piernas dejaron de responderle.
Cayó de rodillas sobre el frío suelo del hospital.
Las lágrimas golpeaban el suelo una tras otra.
“...”
“¿Y si pudiera cambiarlo?”
La idea apareció en su mente de forma repentina, como un destello cegador en mitad de la oscuridad.
Algo cruzó por su mente.
La máquina.
Seguía ahí.
Esperándolo.
“Todavía puedo salvarla…”
“Aunque tenga que volver a empezar.”
Se puso de pie con dificultad.
Las piernas le temblaban como gelatina, pero esta vez no volvió a caer.
Se dio media vuelta, dando la espalda al dolor de sus padres…
Y comenzó a correr.
Afuera las nubes negras habían cubierto todo el cielo y una lluvia torrencial empezó a azotar la ciudad.
Max salió del hospital bajo la tormenta sin importarle nada.
Corrió.
Se resbaló en el asfalto mojado.
Cayó al suelo, raspándose las palmas.
Se volvió a levantar de inmediato.
Las piernas le dolían.
Los pulmones le ardían.
Pero no podía permitirse detenerse.
Si lo hacía.
Volvería a pensar.
Y si volvía a pensar…
Tal vez nunca tendría el valor de hacerlo.
Mientras corría, los recuerdos comenzaron a invadirlo en ráfagas dolorosas.
Sofía dando sus primeros pasos.
Sofía escondiéndose detrás de él cuando tenía miedo.
Sofía pidiéndole ayuda con la tarea.
Sofía riéndose por cualquier tontería.
Sofía diciendo:
—Hermano… Su última sonrisa en la estación del tren.
Sintió su estómago retorcerse por la culpa y el dolor.