Año: 2048 – Ciudad: Tokio
Fecha: 28 de septiembre
Hora: 17:44
Durante las dos semanas siguientes, Carlos, Max y Smith estuvieron trabajando en la máquina del tiempo.
Sin resultados exitosos.
Aquella tarde, los dos amigos salieron de la universidad y emprendieron el camino hacia la estación de tren. El cansancio era evidente en sus rostros.
Habían pasado horas revisando cálculos, cambiando piezas y descartando teorías que parecían prometedoras, pero todas terminaban exactamente igual: en un fracaso.
Durante varios minutos caminaron en silencio.
—No hemos podido contactar de nuevo con Ari… —dijo Max.
Carlos levantó una ceja con expresión burlona.
—No dejes que te afecte tanto, jejeje.
La cara de Max se ruborizó ligeramente.
—¿A quién le está afectando?
Se cruzó de brazos y desvió la mirada hacia la calle.
Observó una de las grandes pantallas mientras caminaba.
—¿Ese es el nuevo anime de moda?
Carlos se giró para mirar la gran pantalla.
—Oh, ¿lo conoces?
Max negó ligeramente con la cabeza.
—Sofía me lo mencionó el otro día.
—¿Sofía? —preguntó Carlos.
Max sonrió levemente.
—Es mi hermana, ¿nunca te dije su nombre?
Carlos negó con la cabeza y se detuvo frente a una tienda.
—Espérame, voy a comprar algo para comer, que muero de hambre.
Puso un pie dentro y su cuerpo se tensó.
Se giró hacia Max y se acercó con prisa.
—¿Me prestas dinero?
Miró a los ojos de Max fijamente.
Max frunció el ceño.
—No tengo dinero, en este momento no hay mucha diferencia entre un mendigo y yo.
"No debí comprarle a Sofía lo que me pidió la otra vez…"
Se encogió de hombros.
Carlos soltó una ligera carcajada.
Permaneció en silencio unos segundos.
—…
—Smith es un gran profesor, ¿no?
Hizo una pausa.
—Aun así… siento que no estamos avanzando con la máquina del tiempo.
Max soltó un suspiro.
Abrió ligeramente los ojos.
—Carlos…
—Tengo que confesarte algo.
Miró la tienda unos segundos.
—¿Vamos a comer algo mientras hablamos?
Metió la mano al bolsillo y contó las pocas monedas que le quedaban.
—Yo invito.
Carlos arqueó una ceja.
—Bueno…
—Entonces vayamos a un lugar más tranquilo para hablar.
—Parece ser algo serio, ¿no?
Sonrió de lado y se metió a la tienda para comprar.
Hora: 19:30
Los chicos caminaron por un tiempo, hablando amenamente hasta que llegaron al laboratorio.
Carlos entró al pequeño departamento con una sonrisa.
—No hay lugar más relajante que este, jajaja.
Dio unos pasos y se dejó caer sobre el viejo sofá.
—Estos días estuve tan ocupado que casi no pude relajarme.
Max soltó una carcajada.
—Je, ni me lo digas…
—Cada que venía, este lugar estaba vacío.
Carlos puso los ojos en blanco.
—¿Ahora resulta que vienes más que yo a este lugar?
Soltó un bufido y desvió la mirada hacia el techo.
—¿Y bien? ¿De qué querías hablar?
Max apoyó una mano sobre el respaldo del sofá.
—Es sobre la máquina del tiempo.
—¿Realmente crees que es posible?
Carlos soltó un ligero bufido.
—No creo que sea imposible.
—Pero debo admitir que la escasez de resultados desmotiva a cualquiera.
Max guardó silencio unos segundos.
Recorrió con la mirada el laboratorio.
—…
—Este lugar se siente tan ajeno y familiar a la vez…
Carlos lo miró y alzó ligeramente una ceja.
—Je.
—¿Cómo es posible eso?
Se acomodó sobre el sofá, llevando las manos detrás de la cabeza.
—¿Te sientes bien?
Max entrecerró los ojos ligeramente.
—Carlos…
—La máquina del tiempo funciona.
Hizo una pausa.
—No…
—Aún no funciona.
—Pero funcionará.
La sonrisa de Carlos se desvaneció lentamente.
Una expresión de desconcierto apareció en su rostro.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Frunció el ceño.
—Llevamos semanas sin conseguir nada.
Max no apartó la mirada.
—…
—Te lo puedo asegurar, la máquina funciona.
Apretó los dientes y hundió los dedos en el respaldo del sofá.
Carlos se rascó la cabeza, confundido.
—¿Qué…?
Abrió la boca para hablar nuevamente, pero fue interrumpido por Max.
—Carlos… —dijo Max.
Justo después de que Max abrió la boca…
Las luces comenzaron a parpadear.
Una.
Dos.
Tres veces.
Carlos levantó la vista.
—¿Qué demonios…?
Afuera del laboratorio, el silencio inusual generaba una atmósfera incómoda.
Max sintió que se le hacía difícil respirar.
Respiró hondo.
—Carlos…
—La máquina del tiempo funciona.
Hizo una pausa.
—Lo sé, porque yo…
—He viajado en el tiempo.
Carlos abrió los ojos ligeramente.
Y la luz del techo terminó por quemarse.
Carlos permaneció inmóvil durante varios segundos.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Ah…
—Pensé que me ibas a decir algo serio.
Miró con aburrimiento a Max.
Negó con la cabeza lentamente.
Max permaneció inmóvil.
Su expresión no vaciló ni un segundo.
—Vamos, Max. Aunque pongas esa cara es imposible que hayas dicho eso en serio —dijo Carlos.
Max se llevó una mano a la frente. Las palabras se le atoraban en la garganta, repitiéndose en su cabeza como un eco roto.
—Es la verdad, no estoy bromeando.
—Viajé en el tiempo, para salvarte.
Carlos abrió ligeramente los ojos.
Max tragó saliva.
—En menos de tres meses morirás…
—Por eso he vuelto.
Carlos arqueó una ceja y su expresión se volvió seria.
—Max…
—Creo que tu enfermedad se está agravando.
Max golpeó el sofá con la palma de su mano. Frustrado por su incapacidad para hacerse entender.