Capítulo 22 – Quiebre
Año: 2048 – Ciudad: Tokio
Fecha: 7 de agosto
Hora: 13:42
La puerta del laboratorio se abrió de golpe y la silueta de Max se asomó.
Max echó un vistazo al laboratorio hasta divisar a Carlos sentado cerca de la “Zona de Trabajo”.
Entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Qué haces?
Avanzó a través de la habitación y apoyó los antebrazos en el respaldo del sofá.
Carlos giró la cabeza ligeramente y esbozó una sonrisa.
—Estoy terminando de reparar esta televisión.
—Ayer me faltó poco, pero estaba muy cansado, así que lo dejé para hoy.
Max arqueó una ceja.
—Ya veo…
—Pero ¿para qué la reparas? Se ve bastante vieja.
Carlos esbozó una sonrisa.
—Jejeje…
—Parece que me equivoqué contigo.
—No tienes tanta visión como pensaba.
Con gestos dramáticos, se levantó de la silla y se volteó hacia Max.
—¡Esta televisión se convertirá en una pieza clave de mi laboratorio!
Max se llevó una mano a la barbilla.
—¿Tu laboratorio, eh?
Soltó un bufido.
—Ilumíname entonces, King Scientist.
—¿Para qué usarás esa televisión?
Hizo una pausa.
Miró a Carlos de arriba abajo.
Entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Por qué… no llevas tu bata de laboratorio?
—¿El gran científico de la década se cansó de llevar la bata?
Carlos apretó ligeramente los dientes.
—¡El gran científico del siglo! Ya te lo dije varias veces, demonios.
Soltó un suspiro y extendió su brazo hacia el costado, señalando la televisión.
—¡Convertiré esta televisión en un visualizador de ondas!
El laboratorio quedó en silencio.
Carlos carraspeó ligeramente.
—Ejem… Acá es cuando debes sorprenderte y preguntarme para qué lo usaré…
—Entonces, yo te contestaré y demostraré por qué soy el gran científico del siglo.
Max negó con la cabeza.
—Está bien, está bien… ¿Para qué vamos a usar el visualizador de ondas?
Carlos esbozó una sonrisa y se acomodó la bata con movimientos exagerados.
—Ya que insistes en saber…
—Jejeje.
Se movió hacia un lado y señaló la cafetera industrial.
—Estaba pensando un poco las cosas.
—Oh, eso sí que es raro —interrumpió Max.
Carlos lo señaló con el dedo.
—¡Cállate! —respondió molesto.
Carraspeó nuevamente.
—La cosa es…
—Cuando terminemos la máquina del tiempo habrá que hacer experimentos, ¿verdad?
Se llevó una mano a la barbilla.
—Y experimentar con nosotros mismos puede ser arriesgado.
—Entonces, usando este visualizador de ondas: ¡podríamos convertir un mensaje de texto en una onda y mandarlo al pasado usando la máquina del tiempo!
—No solo eso, ¡también podríamos analizar las ondas universales!
La expresión de Max se congeló.
“¿Enviar mensajes al pasado…?”
“¿Analizar ondas universales?”
“¿Cómo es que… las cosas avanzaron tanto?”
Arqueó una ceja.
—Y ¿para qué analizaríamos las ondas universales…?
Carlos se llevó una mano al cabello y lo peinó hacia atrás.
—Je.
—Imaginaba que no lo entenderías.
—Supongo que habrás escuchado de Hugh Everett, ¿no?
Max abrió los ojos con sorpresa.
Recordó la conferencia de Smith en la otra línea de tiempo.
La teoría de los cascarones vacíos.
Del observador cambiante.
Sin darse cuenta, apretó los puños.
—Sí… lo conozco.
Carlos se acomodó nuevamente la bata con movimientos dramáticos.
—Bien, eso hace las cosas más fáciles.
—Si logramos analizar las ondas universales, ¡podremos ver el valor de cada onda!
—Cada universo debe tener un valor distinto…
Max abrió la boca.
Las palabras se atoraron en su garganta.
—Eso… significa…
Carlos asintió ligeramente, entendiendo lo que quería decir Max.
—Sí.
—Si podemos identificar ese valor, podremos confirmar que los mundos han cambiado... y quizá, en un futuro...
—…¡podamos viajar entre los mundos!
Hizo una pose dramática y levantó la cabeza.
Max dio un paso hacia atrás por instinto.
“¿Viajar entre mundos…?”
“¿Es que acaso estás loco?”
Su cuerpo tembló ligeramente.
“Esto es más de lo que avanzamos en el otro mundo…”
“Tengo que impedir el desarrollo de la máquina… no puedo dejar que esos sujetos nos descubran.”
“No…”
“Las cosas ya no son igual que antes.”
Intentó moverse, pero su cuerpo no respondió.
“¿Y si ya es muy tarde…?”
Permaneció inmóvil varios segundos.
Carlos esbozó una sonrisa confiada.
—Bien, assistant.
—Pronto terminaré de reparar la máquina y podremos empezar con las modificaciones.
—Te encargo las modificaciones del televisor. Yo terminaré la máquina del tiempo.
Soltó una gran carcajada.
—¡Pronto cambiaremos la historia del mundo para siempre!
Max enterró los dedos en el respaldo del sofá.
Apretó los dientes con todas sus fuerzas.
—¡YA BASTA!
El grito hizo que Carlos se girara de golpe.
Su expresión de confianza desapareció por completo.
—…
Miró fijamente a Max por unos segundos.
Max se encorvó lentamente, aferrándose al respaldo del sofá.
—Ya para con eso… —dijo con voz quebrada.
—Por favor…
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Carlos se preocupó y se acercó a Max.
—Oye, assistant…
—¿Qué pasa?
Intentó colocar su mano sobre el hombro de Max.
Max lo apartó bruscamente.
—¡SOLO DETENTE!
—¡Ya no trabajes más en esa máquina!
Se mordió el labio inferior para intentar controlarse.
Carlos frunció el ceño.
—¿Algo ha pasado?
Max bajó la cabeza lentamente.
—Nada… —dijo casi inaudible.