Embarazada de mi enemigo

Capítulo 01

“Algo está cambiando”

En el décimo piso del edificio de finanzas Monarca, tras un imponente escritorio de madera oscura, Brianna permanecía inmóvil en su sillón. Tenía la mirada perdida en un punto fijo.

Sentía que, si se movía lo más mínimo, algo en su interior se desmoronaría, robándole el aliento y dejándola sin fuerzas.

—Tesoro, tienes que… —empezó su asistente al entrar, pero se detuvo en seco al verla—. ¡Ay! ¿Qué tienes? Estás pálida.

Berny avanzó de inmediato, dejó los documentos sobre el escritorio sin cuidado y se inclinó hacia ella con preocupación. Brianna no pudo responder. Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera contener lo que ya sabía que era inevitable.

Pero no funcionó.

La náusea regresó, igual que las dos veces anteriores esa misma mañana. Se incorporó de golpe y prácticamente corrió hacia el baño privado.

Berny se quedó en la puerta con el gesto torcido, atrapado entre la preocupación y el evidente disgusto. Detestaba ese tipo de situaciones; no sabía manejarlas.

—Me muero… —murmuró Brianna entre jadeos, aferrándose al borde del lavamanos—. Berny… ayúdame.

Él hizo una mueca, pero aun así se acercó. Le sostuvo el cabello con una mano mientras, con la otra, se cubría la nariz.

—Ay, qué horror… —giró el rostro—. Tesoro, de verdad, no sirvo para esto.

Pasaron varios minutos antes de que Brianna lograra estabilizar su respiración. Se lavó el rostro con agua fría y, al alzar la vista, se encontró con su reflejo: pálida, con el rímel corrido, irreconocible incluso para sí misma.

Su cuerpo llevaba días enviándole señales extrañas.

Intentaba convencerse de que era estrés, agotamiento o cualquier otra cosa.

Pero cada explicación que encontraba duraba menos que la anterior.

—Estoy enferma, Berny —dijo en voz baja—. Desahuciada.

—No seas dramática —respondió él, sin dureza—. Pero sí… tenemos que ir al hospital.

Un estallido de voces rompió el momento. No eran murmullos ni una discusión: eran gritos de desesperación.

Salieron y se quedaron de pie en el umbral, observando la escena.

Una empleada estaba de rodillas, suplicando entre lágrimas que no la despidieran. Frente a ella, Zulema la observaba con una frialdad casi insultante, como si aquello no fuera más que una molestia menor en su día.

—Qué mujer tan pesada… —susurró Berny, llevándose una mano al pecho con dramatismo.

Brianna alzó apenas una ceja, pero en sus ojos apareció un destello más oscuro.

—Cómo quisiera desaparecerla —murmuró entre dientes.

—Y yo quitarle el marido.

Ella giró la cabeza hacia él con una mirada de reproche.

—¡Ay, solo decía! —se defendió Berny, encogiéndose de hombros.

Brianna no tenía ánimos para una confrontación, mucho menos con esa mujer. Su cuerpo se sentía débil, su estómago revuelto… pero había algo que le revolvía aún más: la injusticia desplegada frente a sus ojos.

Tragando saliva para contener el malestar, se enderezó con lentitud. Alisó su traje con un gesto automático y avanzó. Berny la siguió. El sonido firme y cortante de sus tacones comenzó a imponerse en el pasillo.

—Levántate —ordenó Brianna a la empleada con una firmeza que no admitía réplica.

La mujer dudó, pero empezó a incorporarse.

—No interfieras —dijo Zulema, clavando la mirada en Brianna—. Esta situación no te concierne.

—Una empleada está llorando de rodillas en medio del pasillo. Claro que me concierne.

—Lo que te concierne es tu departamento. Yo estoy manejando un problema de rendimiento.

—¿Y eso justifica humillarla delante de todos?

—No la estoy humillando. Estoy tomando una decisión empresarial.

Brianna sostuvo su mirada sin pestañear.

—Entonces toma la decisión en privado. Porque esto parece más un espectáculo que una evaluación de desempeño.

El rostro de Zulema se tensó.

—No conoces el contexto.

—Explícamelo.

—Incumplió objetivos durante tres meses consecutivos.

—Y aun así merece respeto.

Zulema cruzó los brazos.

—Cuidado, Brianna.

—¿Es una advertencia?

—Es un consejo.

—Entonces te daré uno también: aquí todos somos empleados. Tu matrimonio no te convierte en dueña de esta empresa.

Un silencio cayó de golpe.

A la espalda de Brianna, Berny tuvo que morderse el labio inferior para contener una sonrisa.

Brianna desvió la mirada hacia la joven que aún temblaba.

—Vuelve a tu puesto.

No fue una sugerencia. Fue una orden.

Y esta vez nadie discutió.

Como si nada hubiera pasado, todos volvieron a sus labores.

El día continuó… pero no con la misma atmósfera.

Tras una reunión con otros empresarios, Alexander regresó a Monarca con el gesto endurecido y una irritación evidente. No cruzó palabra con nadie. Avanzó directo a su oficina; todo a su alrededor carecía de importancia.

Su asistente entró poco después y le pidió que revisara unos documentos. Tomó los papeles y comenzó a leerlos sin demasiado interés. De repente, se detuvo en seco.

No se movió del sillón. Mantuvo la vista fija en los documentos durante unos instantes. Luego dejó la carpeta sobre el escritorio y alzó la mirada. La dureza contenida en sus ojos bastaba para anunciar problemas.

—¿Quién demonios aprobó este proyecto?

Su asistente apenas parpadeó. Revisó la tableta con cautela.

—La señorita Livingston.

Alexander dejó escapar una risa sin humor.

—Tenía que ser ella.

Siempre encontraba una forma distinta de desafiarlo.

—¿Quiere que la llame?

Tardó unos segundos en responder.

—Tráela. Ahora.

Minutos después, Brianna entró a la oficina sin prisa. No pidió permiso, no bajó la mirada y, definitivamente, no parecía alguien intimidada por el hombre más poderoso del edificio.

—¿Ahora qué hice? —preguntó, cruzándose de brazos.

Alexander la evaluó durante unos segundos.




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