“La mujer equivocada”
Brianna leyó el mensaje varias veces.
Durante unos segundos no reaccionó. No porque no entendiera el mensaje, sino porque su mente se negó a procesarlo.
Su cuerpo respondió antes que ella: el pulso acelerado, las manos temblorosas, esa sensación incómoda instalada en su estómago.
Cuando volvió a leer el mensaje, lo hizo intentando encontrarle sentido. Recordó entonces la visita a la clínica semanas atrás: un procedimiento de rutina, algo médico, controlado, sin implicaciones mayores. Nada que justificara una prueba de embarazo.
Negó con la cabeza, casi con ironía, como si estuviera corrigiéndose a sí misma por haber permitido que una idea absurda tomara forma por unos segundos.
¿Qué estaba pensando?
Era imposible. No había escenario en el que eso pudiera ser real. Su vida y su relación apuntaban en la dirección contraria.
—Tesoro, ¿te sientes mal otra vez? —preguntó Berny, sin dejar de organizar unos documentos.
—Estoy loca —respondió, con una media sonrisa—. Me enviaron un mensaje de la clínica para recordarme una prueba de embarazo.
Berny dejó lo que hacía de inmediato, abrió los ojos de par en par y se llevó una mano a la boca.
—¿Estás embarazada?
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿De quién?
Él hizo un gesto exagerado con los labios.
—Del jardinero, del mensajero, del portero... —bromeó—. No me digas que has estado haciendo “cositas” sin contarme.
—Qué chistoso. Terminemos de revisar estos documentos. Si Alexander manda a su asistente a buscarlos y no están listos, con la mala gana que me tiene, es capaz de venir y tirarme del edificio.
—Yo, con tal de que me sujete con esas manos grandes, dejo que me tire —suspiró Berny.
—Berny —ella rió suavemente—, estás mal. ¿De verdad te gusta Lennox?
—Ay, me encanta. Es de esos hombres que quieres cerca… aunque te esté torturando. ¿No te agrada ni un poco?
—No. Para nada.
—Aburrida.
Así, entre comentarios y risas, terminaron el día.
A la hora de salida, mientras Brianna y Berny caminaban hacia el ascensor, la tensión seguía instalada en el ambiente.
Alexander, que caminaba detrás, no observaba a las personas; sus ojos estaban fijos en los tacones de Berny. Maldijo entre dientes. Apretó la mandíbula hasta que un leve tic se marcó en su mejilla y apartó la mirada, irritado.
La influencia de los Livingston no era nueva, pero Brianna sí. Y con ella, habían llegado modificaciones visibles, decisiones rápidas, y una forma distinta de ejercer autoridad. Lo que otros llamaban renovación, él lo veía como desorden.
Y ya no le bastaba con tolerarla. La quería fuera.
Más tarde, en la mansión Livingston, el silencio de la habitación solo consiguió intensificar el cansancio que Brianna cargaba en el cuerpo. Se dio una ducha larga, intentando aplacar la persistente pesadez de su estómago, y se metió en la cama.
Fue entonces cuando su teléfono vibró en la mesita de noche. Al ver el nombre en la pantalla, suspiró entre el alivio y la desgana, y contestó.
—Hola, Lion —saludó, acomodándose contra las almohadas.
—Hola, mi amor. Te escuchas cansada —comentó él—. ¿Otra vez te sientes mal?
—Sí… creo que comí algo pesado. Los malestares son recurrentes.
Al otro lado de la línea se escuchó una risa ligera, demasiado despreocupada para el gusto de Brianna.
—Llevo tanto tiempo fuera del país que, a estas alturas, solo un milagro explicaría que estés embarazada —bromeó él.
El recuerdo del mensaje de la clínica le atravesó la mente. El chiste no le causó la más mínima gracia.
—Qué pésimo gusto tienes para las bromas, Lion —respondió ella, con la voz gélida—. De verdad no estoy de humor. Buenas noches, hablamos después.
No esperó una respuesta. Terminó la llamada y dejó el teléfono a un lado de la cama, intentando ignorar la incómoda sensación que esas palabras le habían dejado.
A la mañana siguiente, en Monarca, el aire estaba cargado de una tensión incómoda.
Nadie hablaba más de lo necesario, y cada paso en los pasillos parecía darse con cautela, como si algo estuviera a punto de romperse.
Alexander revisaba los últimos balances del mercado Tache, una de las cuentas que manejaba Brianna.
Soltó una risa amarga. Volvió a leer, no porque dudara, sino porque su mente se resistía a procesarlo. Los números seguían ahí, intactos.
Esta vez no la mandó a llamar. Fue directamente a su oficina. Necesitaba verla reaccionar sin preparación.
Entró sin tocar. Sin anunciarse. Exactamente como ella solía hacer.
Brianna salió del baño con una mano presionando su estómago y el rostro ligeramente enrojecido. Su respiración aún no recuperaba el ritmo. Él la observó; notaba su malestar… y aun así, no preguntó.
Ella se obligó a caminar sin prisa, sin mostrar debilidad, y tomó asiento con una elegancia cuidadosamente construida.
—Señor Lennox, qué agradable visita —dijo, dejando caer un sarcasmo sutil—. ¿Qué le ofrezco para tomar?
Alexander no respondió.
Caminó hasta el escritorio con pasos medidos, sin apartar la mirada de ella. Depositó los papeles frente a Brianna, despacio.
—Me pregunto —colocó ambos brazos sobre el escritorio, inclinándose hacia ella— qué pasa por tu mente cuando firmas documentos como estos.
Brianna tomó la carpeta y la abrió sin mucho interés. Ya se estaba acostumbrando a sus dramas por cualquier tontería. Después de leer las primeras líneas, la cerró de golpe.
—Mmm… ¿y cuál es el problema?
Él ladeó la cabeza con suavidad, observándola, intentando descifrarla.
—Cálculos. Movimientos demasiado… convenientes. Pero supongo que lo llamarás “estrategia de mercado”.
—Y si lo sabes —replicó ella, alzando una ceja—, ¿qué haces aquí?
Él no respondió de inmediato. Bajó la mirada un instante, apretó la mandíbula y, cuando volvió a alzarla, había algo más frío en sus ojos.
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Editado: 15.08.2026